sábado, 7 de abril de 2018


Pintura que muestra el episodio del submarino navegando por el Támesis

CORNELIUS DREBBEL Y EL SUBMARINO QUE SE PASEÓ POR EL TÁMESIS (CON EL REY DENTRO)


¿Cuál es el primer submarino del que se tiene información fidedigna? Por lo que sabemos, dos siglos antes de los prototipos de Narciso Monturiol e Isaac Peral, allá por el siglo XVII, Cornelius Drebbel, un extraordinario polímata holandés comparable a Edison o incluso Da Vinci, fue el responsable de construir los primeros sumergibles operativos que registra la historia.
Hacia la segunda década del siglo, Drebbel ya era toda una celebridad que se rifaban las cortes de media Europa. Pintor, grabador, cartógrafo, alquimista e ingeniero, había fabricado toda suerte de artilugios que producían asombro a propios y extraños. Entre sus invenciones, se encuentran modelos de máquinas de “movimiento perpetuo”, fuentes, una linterna mágica, una cámara oscura, microscopios compuestos con lentes convexas, un horno portátil equipado con termostato (uno de los primeros mecanismos de regulación automática de la historia), y aparatos precursores del barómetro y del termómetro. Además, participó activamente en el desarrollo de explosivos y detonadores, así como en el diseño y ejecución de numerosas obras públicas y de sistemas rudimentarios de aire acondicionado.
Pero, además de todo eso, entre 1620 y 1624, mientras trabajaba en Inglaterra para la Royal Navy, Drebbel construyó un total de tres submarinos dirigibles de madera recubiertos de cuero, cada uno mayor que el anterior, hasta el punto de que, según la documentación disponible, el último era capaz de transportar hasta dieciséis pasajeros. La propulsión era a remo (doce de los pasajeros eran remeros), con los remos asomando fuera del casco a través de orificios sellados con cuero impermeable. De acuerdo con las descripciones contemporáneas, la nave contaba con una escotilla, un timón y un sistema de depósitos de agua hechos con piel de cerdo que servían para hacer ascender o descender el submarino, además de ir equipado con tubos sostenidos por flotadores que permitían el suministro de aire.
Según las crónicas, el genial inventor hizo una demostración pública de este tercer modelo en el río Támesis, delante de miles de personas y con el mismísimo rey James I como testigo. A tenor de lo relatado, el artefacto habría permanecido sumergido durante tres horas, realizando el viaje de ida y vuelta de Westminster a Greenwich a una profundidad de entre cuatro y cinco metros. Además, habría tenido lugar una prueba de inmersión con el rey como pasajero, de modo que puede decirse que el bueno de James fue el primer monarca de la historia que navegó por debajo del agua. Al rey, la experiencia debió resultarle satisfactoria, ya que se sabe que durante mucho tiempo mantuvo a Cornelis bajo su protección.
Con todo, el episodio está envuelto en las brumas de la leyenda, y de hecho hay estudiosos que estiman que las referencias de la época pueden estar muy exageradas, y que el famoso submarino pudo no ser más que una nave semi-sumergible que se habría desplazado rio abajo impulsada por la corriente. Otros, por el contrario, hablan de la posibilidad de que los conocimientos químicos de Drebbel le permitiesen incluso desarrollar un sistema para producir oxígeno a partir de nitrato potásico, una especulación originada en su día por un comentario del químico Robert Boyle, a quien un pasajero del submarino le habría narrado que el holandés tenía "un licor químico" capaz de sustituir "la quintaesencia del aire".
En cualquier caso, y a pesar de las numerosas pruebas a las que se sometió al submarino, el Almirantazgo no le vio mucha utilidad a la idea, de modo que el sorprendente sumergible no llegó nunca a ser producido en masa ni a entrar en combate. Por lo demás, y por extraño que pueda parecer, las maravillosas cualidades del genial holandés no le sirvieron para terminar su vida envuelto en riquezas. Por el contrario, murió en Londres en 1633 en medio de la pobreza, sin llegar a sospechar que sus asombrosos inventos serían recordados para siempre y que, varios siglos más tarde, un cráter de la Luna sería bautizado en su honor.
¡Hasta pronto!