viernes, 13 de mayo de 2016

La fugitiva, su sobrino y el amanecer de la era Atómica


Representación de la fisión del núcleo del átomo de uranio-235
 
 

La fugitiva, su sobrino, y el amanecer de la Era Atómica

 
Nacida en Austria, Lise Meitner fue una auténtica lumbrera que llevaba varias décadas trabajando en Alemania con su colega Otto Hahn cuando tras el Anschluss  de 1938 se vio obligada a salir corriendo para evitar que los nazis la detuviesen por ser de ascendencia judía. Por suerte, consiguió escapar cruzando la frontera holandesa equipada con un anillo de la madre de Hahn que éste le regaló para que pudiese sobornar a los guardias fronterizos, y llegar hasta Suecia, donde entró a trabajar en un inhóspito laboratorio de un instituto adjunto a la Universidad de Estocolmo. Desde allí se carteaba con Hahn, quien procuraba ponerle al tanto de las investigaciones que había iniciado con ella y que ahora llevaba a cabo junto a Fritz Strassman, y que consistían en bombardear uranio con neutrones para ver lo que pasaba.
En diciembre de aquel año, la brillante fugitiva llevaba meses intrigada por los extraños resultados de los alemanes, que creían haber identificado isótopos de radio como consecuencia del bombardeo. Esto era muy raro, porque el átomo de radio tiene cinco protones menos que el de uranio y tanto las predicciones teóricas como los experimentos llevados a cabo hasta la fecha indicaban que en las colisiones de partículas fundamentales con núcleos atómicos solo podían producirse elementos con dos protones menos o bien con uno más. Entonces la exiliada Lise recibió una nueva carta de Hahn en la que este le explicaba que lo que en realidad habían encontrado era bario, un elemento químicamente parecido al radio pero con la mitad de tamaño del átomo de uranio. Esto ya era el colmo. ¿Podía tratarse de un error? Meitner lo dudaba, porque sus colegas alemanes eran dos químicos excelentes, pero los resultados eran tan extravagantes que el propio Hahn le rogaba a la genial austriaca «... quizá tú puedas sugerir alguna explicación fantástica. Nosotros nos damos cuenta de que esto no puede realmente producir bario».
A Meitner no se le ocurría nada, pero tenía un sobrino, Otto Robert, de apellido Frisch, que era muy inteligente y también se dedicaba a la física. Robert tenía la costumbre de pasar las navidades con su tía, y aunque estaba a punto de trasladarse a Inglaterra, trabajaba todavía en Copenhague, por lo que no le costó gran cosa visitarla en la pequeña ciudad de Kungälv, donde estaba descansando con unos amigos. Allí la encontró reflexionando sobre la carta de Hahn, y se sintió intrigado de inmediato. Meitner, por su parte, agradeció de veras el poder charlar con alguien que pudiese  entender el problema. Un día, caminando por el bosque nevado (Frisch equipado con sus esquíes), los dos familiares se pusieron a especular sobre el tema hasta que, estimulados el uno por el otro, se les ocurrió la por aquel entonces totalmente descartada posibilidad de que un núcleo atómico pudiera partirse. Entonces, se sentaron en un tronco y, por increíble que pueda parecer, calcularon rápidamente que uno de los isótopos del uranio podía ser lo suficientemente inestable como para que su núcleo se rompiese en dos pedazos al recibir el impacto de un neutrón. Lise también calculó la masa de los hipotéticos productos de la rotura, encontrando con asombro que había una diferencia de masa con respecto al átomo original que, de acuerdo con la célebre ecuación de Einstein, equivalía a la energía que adquirían los primeros al separarse.
Preso de la excitación que todo científico experimenta cuando presiente que ha descubierto algo verdaderamente extraordinario, el inquieto sobrino regresó a Copenhague y habló de sus especulaciones al gran físico Niels Böhr, quien al escucharle no pudo menos que exclamar: «¡Qué idiotas hemos sido todos! ¡Esto es maravilloso!»
Antes de escribir el artículo que les haría célebres tanto a él como, sobre todo, a su tía, Frisch también le preguntó a un biólogo del laboratorio cómo se llamaba el proceso por el que una célula se dividía en dos. A los pocos segundos, el sobrino más listo de Lise Meitner había bautizado el mecanismo descubierto por los dos químicos alemanes con el nombre de fisión nuclear, cambiando el mundo para siempre e inaugurando una nueva etapa en la historia de la humanidad.
¡Hasta pronto!