viernes, 11 de diciembre de 2015

Cuando la química puso patas arriba el arte


Cristo con la adúltera, el cuadro que casi le cuesta la horca a Van Meegeren
 
 

Cuando la química puso patas arriba el arte


Han Van Meegeren siempre se sintió incomprendido por sus padres. Él quería ser artista y su padre no le apoyaba. Sin embargo, en la escuela conoció a un profesor que también era pintor, que le mostró las maravillosas obras de Johannes Vermeer, y que le habló de los hermosos colores que utilizaban aquellos artistas de la llamada Edad de Oro neerlandesa.  Quizá por eso, el joven Han desarrolló cierta animadversión por el impresionismo que dominaba la escena artística a principios del siglo XX. Era bueno en arquitectura, dibujo y pintura, y tras casarse consiguió un trabajo de profesor de dibujo. Para completar sus ingresos, dibujaba carteles e ilustraciones, y pintaba bellos retratos que impresionaban por su parecido con las técnicas de los viejos maestros. Quizás por capricho, e influido por falsificadores como Theo van Wijngaarden, el bueno de Meegeren empezó también a pintar imitaciones.
Pero hacia 1928, tras separarse y volverse a casar, se encontró con la oposición creciente de la crítica, que le consideraba falto de originalidad, en un tiempo en el que el cubismo y el surrealismo campaban a sus anchas. Entonces, Han se enfadó y decidió demostrar al mundo que el no solo los imitaba, sino que podía pintar mejor que Vermeer y compañía. Así, en 1932 comenzó a prepararse para la falsificación perfecta. Compró lienzos auténticos del siglo XVII y, utilizando materiales como el lapislázuli (silicato de alúmina, cal y sosa, de color azul intenso), el albayalde (carbonato de plomo, blanco) o el cinabrio (sulfuro de mercurio, de tono rojo oscuro), preparó sus colores mediante las antiguas fórmulas que había estudiado. Usaba pinceles similares a los de los maestros holandeses  y, una vez terminadas, calentaba las pinturas al horno y las sometía a tratamientos químicos que las envejecían. Después las enrollaba para aumentar las grietas y las bañaba en tinta china.
Tras varios años perfeccionando sus métodos, el intrépido falsificador se lanzó a conquistar el  mercado. Sus trabajos incluían imitaciones perfectas de los mejores maestros clásicos flamencos, tales como Vermeer,  Frans Hals, Pieter de Hooch y Gerard ter Borch. En 1936, pintó Los discípulos de Emaus, consiguiendo que un famoso experto de arte lo aceptase como un original perdido de Vermeer. A continuación el cuadro fue vendido a la Rembrandt Society por el equivalente a varios millones de dólares de hoy, y llegó a ser orgullosamente exhibido en varias exposiciones. Con el dinero recaudado, Han se compró una mansión cerca de Niza, pero al comenzar la Segunda Guerra Mundial regresó a Holanda, donde amasó una inmensa fortuna con sus maravillosas falsificaciones. En 1942, y a pesar de haber entrado en decadencia a causa de sus adicciones, le colocó un Vermeer falsificado a un comerciante de arte quien, a su vez, se lo vendió a uno de los jerarcas nazis, Hermann Göring. Este lo ocultó, junto con muchas otras obras de arte robadas por él y por sus colegas, en una vieja mina de sal, lo que, a la postre, resultó ser fatal para el viejo estafador. Cuando al final de la guerra los aliados se incautaron del tesoro expoliado, siguieron la pista del “Vermeer” y detuvieron a Han, acusándole de colaboracionista y saqueador de la propiedad cultural holandesa, algo que podía llevarle a la horca. Ante semejante panorama, a Van Meegeren no le quedó otra que confesar. Al principio no le creyeron, pero cuando pidió que le llevaran a la celda un lienzo y comenzó a duplicar el cuadro de Vermeer titulado Jesús entre los doctores, sus captores cambiaron de opinión. Durante el juicio, los expertos fueron capaces de encontrar en las pinturas restos de algunos agentes químicos que no existían trescientos años atrás, notablemente la resina de formaldehido, con lo que consiguieron demostrar el engaño. El gran estafador fue condenado a un año de prisión, aunque falleció de un infarto a finales de 1947, por lo que nunca llegó a cumplir la condena.
Tan impresionantes eran las falsificaciones de Van Meegeren, que durante décadas ha existido cierta polémica acerca de si algunas no serían en realidad auténticas obras de Vermeer. El que sin duda llegó a ser el mejor falsificador de todo el siglo XX, obligó a los expertos del mundo del arte a echarse en brazos de los químicos con objeto de poder discriminar la autenticidad de las pinturas, marcando un antes y un después de las obras de este gran embaucador, que convirtió la imitación en un arte y condujo a la química a un papel protagonista en la peritación. A los expertos, la lección les sirvió para comprobar que cerca del 40% de las pinturas que circulan por el mundo son falsas. A él, sin embargo, le quedo un consuelo. Después de todo, había demostrado que pintaba tan bien como el legendario Vermeer (*)
¡Hasta pronto!
(*) A fecha de hoy, los cuadros de Van Meegelen que se encuentran en el Rijksmuseum de Amsterdam reciben tantas visitas como los auténticos.

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