sábado, 21 de noviembre de 2015

El extraño grabado de un cometa renacentista

El grabado de la página 494 del Chronicon
 

El extraño grabado de un cometa renacentista


En 1557, el humanista alsaciano Conrad Lycosthenes publicaba su Prodigiorum ac ostentorum chronicon(*), uno de los libros de maravillas más famosos de todo el Renacimiento. Demostrando un conocimiento enciclopédico sobre todo tipo de curiosidades, Lycosthenes ilustró su obra con infinidad de hermosos grabados, que se extienden a lo largo de un texto repleto de prodigios, donde seres monstruosos se dan la mano con supuestos sucesos extraordinarios acaecidos desde la antigüedad. Entre ellos, se cuentan numerosos fenómenos en el cielo, incluyendo cometas, soles dobles o triples, eclipses, parhelios, cruces luminosas, columnas de fuego, e incluso “batallas” entre ejércitos de las nubes. Lycosthenes consultaba todas las fuentes disponibles, ya fuesen las Sagradas Escrituras o los panfletos de la época, y por eso la mayor parte del contenido del libro carece de credibilidad.
 
De entre todos los sucesos descritos en el libro, quizá el más curioso sea el que aparece en la página 494, en la que se relata como en Arabia, en 1479, se pudo observar “un cometa en forma de haz agudísimo, y como con diversos puntos distintos”, en el que podía verse “una guadaña”. La peculiaridad no está tanto en el texto en latín como en el grabado que lo acompaña, que muestra un extraño objeto parecido a la punta de un cohete o a un proyectil dividido en dos mitades, con la parte inferior sombreada y cubierta de pequeños círculos, además de la “guadaña”. Así, el cometa tiene toda la pinta de un objeto artificial, en lo que constituye una representación única y muy alejada de la que el autor utiliza habitualmente en el resto del libro para describir este tipo de fenómenos, que siempre son dibujados como estrellas con la típica cola o, en su defecto, como bolas llameantes.
 
¿Es el extraño grabado de la página 494 del Chronicon la representación de una nave aérea en pleno siglo XVI, tal y como muchos partidarios de que nos han visitado los extraterrestres sugieren? Casi seguro que no. Tal y como el propio escritor afirma, la imagen representa tan solo un cometa (o quizá un meteorito), por lo que la semejanza con un cohete o un proyectil no sería más que otra paraeidolia. Además, se trata de un libro que está atiborrado de sucesos distorsionados o simplemente inexistentes. En la época en la que vivió Lycosthenes, Europa seguía siendo un lugar dominado por la superstición, en el que las noticias de los nuevos descubrimientos geográficos, adornados con la descripción de lugares maravillosos y animales fabulosos hacían que se disparase la imaginación de la gente. Los editores renacentistas, que lo sabían perfectamente, aprovechaban las nuevas técnicas de impresión para ilustrar los textos con figuras espectaculares de seres imposibles y señales prodigiosas, que invariablemente iban seguidas de calamidades expuestas con todo lujo de detalles.
 
Entonces, ¿hubo, o no, algo inusual en los cielos de Arabia en 1479? Es difícil de decir, sobre todo teniendo en cuenta que el texto señala una supuesta observación que habría tenido lugar casi cien años antes de la edición del libro y a miles de kilómetros de distancia. Además, no se conserva ninguna referencia independiente de este fenómeno, por lo que resulta imposible comprobar qué parte del dibujo representa la descripción que pudiesen haber proporcionado los testigos y qué parte es de la propia cosecha del autor. Por este motivo, el “cohete de Lycosthenes” ha quedado, tal vez para siempre, como un curioso ejemplo de la imaginación de las gentes del Renacimiento a la hora de representar lo que con toda probabilidad no sea más que un simple cometa.
 
¡Hasta la semana que viene!
 
(*) Lykosthenes, K.: Prodigiorum ac ostentorum chronicon quae praeter naturae ordinem, motum, et operationem, et in superioribus & his inferioribus mundi regionibus, ab exordio mundi usque ad haec nostra tempora, acciderunt. Ed. H. Petrl. Basilea, 1557.

sábado, 7 de noviembre de 2015

“Wow”, la señal más extraña del firmamento


Impresión original de la señal Wow con la anotación al margen
 
 

“Wow”, la señal más extraña del firmamento


Como es bien sabido, en los años 70 del siglo XX la NASA comenzó el patrocinio de los programas de investigación SETI (*), destinados a la posible detección de emisiones procedentes de civilizaciones extraterrestres. La mayoría de estos programas analizan señales electromagnéticas recibidas por radiotelescopios, con la esperanza de encontrar alguna que muestre las características propias de un mensaje alienígena. A día de hoy, de entre el ingente número de señales recibidas tan solo unas pocas han llegado a ser candidatas, pero ninguna de ellas ha sido observada más de una vez, por lo que su origen artificial no ha podido comprobarse. La más enigmática de estas sospechosas fue la llamada señal “Wow”, detectada el 15 de agosto de 1977, a las 23:16, por el radiotelescopio Big Ear, en Ohio.
Procedente de la zona oriental de la constelación de Sagitario, cerca del cúmulo globular M55, la señal duró 72 segundos y fue registrada en papel por la computadora del laboratorio. Días después, cuando el joven profesor Jerry R. Ehman descubrió la insólita secuencia, no pudo por menos que anotar, preso de la excitación, la célebre expresión al lado de la señal. En efecto, durante el rastreo las señales se traducían a una secuencia de letras y números, cada uno de los cuales indicaba su intensidad. En el caso de Wow, la secuencia "6EQUJ5" en el segundo canal de la computadora implicaba que la señal había alcanzado una intensidad treinta veces superior a la del ruido de fondo, algo que nunca volvería a ser experimentado, ni antes ni después, por el radiotelescopio.
Pero, ¿qué es lo que hacía de Wow una señal tan particular? En primer lugar, la frecuencia utilizada para la escucha era la del hidrógeno neutro, considerada como de utilización probable por parte de una supuesta cultura alienígena para las comunicaciones interestelares, y estaba dentro del espectro donde está prohibida la emisión de radio por las leyes internacionales, lo que casi descartaba una posible contaminación. En segundo lugar, la onda detectada era de un tipo conocido como continua (CW), muy apropiada para ser enviada a largas distancias porque puede ser escuchada a niveles de intensidad muy bajos. Además, la duración de 72 segundos era exactamente la esperada de una señal de origen extraterrestre captada por el Big Ear, ya que coincidía con el período durante el que este radiotelescopio fijo podía observar un punto cualquiera del espacio dada su ventana de observación y el efecto de la rotación de la Tierra. Por último, la señal había sido emitida en un rango de frecuencias mucho más estrecho que el habitual en las fuentes naturales de radiación.
Sin embargo, y a pesar de haberla vuelto a buscar docenas de veces, la misteriosa señal no ha vuelto a ser escuchada, lo que reduce en gran medida las posibilidades de que fuese de origen artificial. Las posibles alternativas, todas ellas sin comprobar, incluyen una emisión de radio de un satélite artificial que atravesase esa órbita en ese instante, el reflejo en la basura espacial de una señal de origen terrestre o un evento astronómico de origen natural y de gran potencia. Las dos primeras posibilidades son poco creíbles, ya que la señal de un satélite se habría detectado repetidamente y ya hemos comentado que no había emisiones de origen terrestre a esa frecuencia.
¿Fue Wow el lejano rescoldo de un acontecimiento catastrófico de origen galáctico, el resultado de una extraordinaria coincidencia de origen artificial terrestre, o la primera llamada de una civilización alienígena, enviada quizás hace eones desde un remoto lugar del cosmos? Puede que nunca lo sepamos. La ausencia de una señal repetida parece apuntar hacia hipótesis alternativas, aunque todas ellas están pendientes de comprobar. Mientras tanto, Wow sigue siendo, y es probable que lo sea durante mucho tiempo, uno de los enigmas no resueltos más conocidos de toda la historia de la ciencia, y quizá lo más cerca que hemos estado hasta ahora de toparnos fuera de nuestro mundo con algo de origen artificial.
¡Hasta la semana que viene!

(*) Siglas en inglés de Search for ExtraTerrestrial Intelligence. Este artículo es una ampliación de parte del material que aparece en nuestro nuevo libro sobre astrobiología y búsqueda de la vida extraterrestre.