viernes, 27 de marzo de 2015

El THTR-300, un antiguo reactor nuclear de torio
 

El boy scout radiactivo

 
Todos los que hemos estudiado química un poco en serio recordamos la presencia en los laboratorios de algún compañero algo“friki”, de esos que gustan bombardear el campo de fútbol de enfrente con pequeños cohetes fabricados con crisoles y mechas de magnesio. Pero, para “friki”, nadie mejor que el bueno de David Charles Hahn, un chaval de Detroit que en la década de los 90 saltó a la fama por haber intentado poner en marcha un reactor nuclear en el jardín de su casa.
David no era un estudiante modelo, ni mucho menos, pero se sentía fascinado por la química. Además, no tenía malos sentimientos, ya que soñaba con solucionar los problemas energéticos de la especie humana produciendo energía nuclear barata con un equipo doméstico. Para ello, comenzó a cartearse con funcionarios del gobierno norteamericano que, por increíble que pueda parecer, se creyeron que el intrépido adolescente era un tal “profesor Hahn”, que iba en busca de datos para diseñar unos experimentos en clase. Con la información obtenida, a Hahn se le ocurrió que no sería difícil poner en marcha nada menos que un reactor reproductor de fisión de tipo termal, en el que el isótopo de torio-232 absorbe un neutrón, convirtiéndose en torio-233, que a su vez decae por desintegración beta, transformándose primero en protactinio-233 y luego en uranio-233, el combustible que vuelve a iniciar el ciclo y que de esta manera sostiene la actividad del reactor.
Provisto de un delantal de plomo de dentista, el joven aprendiz de brujo compró un gran número de mantos de recambio para lámparas de torio (muy utilizadas en la industria), quemándolas con un soplete hasta obtener unas cenizas que trató a continuación con el litio que sacó de baterías abiertas con unas tenazas. Haciendo reaccionar el litio con las cenizas, consiguió purificar torio en cantidad suficiente como para envolver el núcleo del pequeño reactor, que construyó con un bloque de plomo perforado. A partir de miras telescópicas, también obtuvo tritio (un isótopo del hidrógeno) con el que fabricar el moderador de neutrones. Ya solo le faltaba el material fisible que originase la reacción, por ejemplo, un poco de uranio-235 para irradiar el torio. Pero esto era un auténtico problema, de hecho el mismo que afrontaron durante la Segunda Guerra Mundial los científicos del célebre “Proyecto Manhattan”. El uranio-235 se encuentra en la naturaleza en una proporción muy baja con respecto al uranio-238 habitual, por lo que hay que “enriquecerlo”, algo extremadamente difícil y que requiere instalaciones complejas. Primero, David se paseó inútilmente por medio estado de Michigan con su Pontiac equipado con un contador Geiger. A continuación, adquirió mineral de uranio de la República Checa e intentó enriquecerlo con métodos rudimentarios. Cuando comprobó que no había nada que hacer, fabricó una ingeniosa “pistola de neutrones”, utilizando americio radiactivo que robó de detectores de humo. Sin embargo, la pistola no funcionó.
A pesar de ello, y aunque el reactor se mantuvo siempre muy lejos de la masa crítica (el famoso físico atómico Al Ghiorso estimó que la cantidad de material fisible reunido por el adolescente era un billón de veces inferior a la necesaria para tener éxito irradiando el torio), alcanzó niveles de radiactividad mil veces superiores a las normales. El que fuese bautizado por la prensa como “el Boy Scout radiactivo”, se asustó y desmanteló el reactor, justo antes de ser detenido por la policía durante un incidente casual. Al registrar su Pontiac, los agentes descubrieron los materiales radiactivos y entraron en pánico, desencadenando una “Respuesta de Emergencia Radiológica Federal” que involucró al FBI, a la Comisión Reguladora Nuclear y a la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos, que se encargó de limpiar el cobertizo y enterrar los desechos radiactivos.
Aunque el intrépido adolescente se salió de rositas dada su evidente buena voluntad, nunca volvió a disfrutar de un protagonismo como el de aquellos días. En 2007, David Hahn fue arrestado por intentar robar detectores de humo (que manía con el americio), aunque su ingreso en prisión fue suspendido para que pudiese recibir tratamiento contra la radiación.
De modo que si alguna vez queréis fabricar un reactor nuclear en el patio de casa, más arriba tenéis la receta. El problema es el material fisible de partida, pero siempre podéis intentar construir primero una gigantesca factoría para su purificación. Y, a ser posible, que no se entere el FBI.
¡Hasta pronto!

viernes, 13 de marzo de 2015

El alquimista de la Era Atómica

Relieve de la Catedral de Amiens con supuesta simbología alquímica
 

El alquimista de la Era Atómica

 
En 1926, el editor Jean Schemit recibía la visita de un enigmático individuo de corta estatura que le hablaba de la existencia de un misterioso lenguaje escondido en las catedrales góticas que él estaba dispuesto a revelar. Semanas más tarde, Eugène Canseliet, un joven escritor y alquimista, entregaba a Schemit un manuscrito supuestamente obra de un extraño personaje que respondía al seudónimo de Fulcanelli. Así, ese mismo año se publicaba en Paris El misterio de las catedrales, un libro que a pesar de una tirada inicial de tan solo 300 ejemplares produjo una impresión tan profunda en ciertos medios intelectuales franceses que terminó convirtiéndose en una de las obras ocultistas más famosas de todo el siglo XX. A este siguió, tres años más tarde, Las moradas filosofales, otra de las obras sobre alquimia más leídas de todos los tiempos.
 
En estos dos libros, Fulcanelli defiende con innegable maestría y una buena dosis de datos enigmáticos que el simbolismo de la alquimia juega un papel muy relevante en las esculturas y las vidrieras que adornan las enormes catedrales góticas que se extienden por toda Europa. Para sus seguidores, y muy principalmente para Canseliet, Fulcanelli sería un hombre elegante y culto que habría llegado a desentrañar los secretos de la materia hasta el punto de lograr auténticas transmutaciones y haberse convertido en poco menos que inmortal. Sin embargo, la fama de Fulcanelli no adquirió dimensión global hasta que Jacques Bergier, un ingeniero químico de origen ruso que fue también alquimista y espía y que había trabajado con el físico nuclear francés André Helbronner antes de la Segunda Guerra Mundial, desveló en El retorno de los brujos, el best-seller que escribió con Louis Pauwels en 1960, una supuesta conversación que habría tenido lugar con alguien que podría ser Fulcanelli en un laboratorio de la Sociedad del Gas, en Paris, en el transcurso de la cual, años antes del descubrimiento de la fisión nuclear, el misterioso alquimista habría intentado alertar a los investigadores franceses acerca de los peligros de manipular la energía del átomo, dando a entender que los alquimistas conocían el secreto desde hacía mucho tiempo.
 
La extraña conversación, que se produjo en ausencia de testigos y cuya veracidad no puede comprobarse, despertó el interés de muchos ocultistas a lo largo y ancho del planeta que intentaron seguir el rastro de este hombre que supuestamente habría desaparecido al final de la guerra para evitar que el gobierno norteamericano le interrogase acerca de sus conocimientos. En 2002 apareció una nueva obra firmada por el autor, siendo esta la última referencia que se tiene de él, aunque a todas luces se trata de una obra apócrifa.
 
Pero, ¿quién se escondía en realidad detrás del seudónimo de Fulcanelli? Se ha especulado con muchos nombres, empezando por el del propio Canseliet, pero las pruebas apuntan más bien hacia el pintor francés Julien Champagne, otro ocultista a quien Canseliet admiraba profundamente y que no era otro que el misterioso visitante que fue a ver al editor en 1926. Resulta que la caligrafía de algunos fragmentos atribuidos a Fulcanelli es prácticamente idéntica a la de Champagne y además existen otras pistas en las obras del legendario alquimista que apuntan hacia la autoría del pintor. Champagne y Canseliet, que junto a otros formaban la “Fraternidad de Heliópolis”, habrían construido el mito de Fulcanelli por vanidad y quizás para granjearse un prestigio dentro de los ambientes esotéricos que proliferaban en la Francia de entreguerras.
 
En cuanto a El misterio de las catedrales y Las moradas filosofales, se sospecha que son probablemente obras inspiradas en los escritos de los eruditos y ocultistas franceses Pierre Dujols y René Adolphe Schwaller de Lubicz, de quienes el pintor habría obtenido las ideas y los datos necesarios para completar ambos libros. En cualquier caso, Champagne murió en 1932 llevándose a la tumba el secreto de quien era Fulcanelli, y nosotros nunca sabremos la verdad acerca de la célebre conversación de Bergier en aquel laboratorio de la Sociedad del Gas en Paris, aunque seguimos estando razonablemente seguros de que los alquimistas nunca llegaron a sospechar los auténticos secretos que se esconden en el corazón de la materia.
 
¡Hasta pronto!