jueves, 29 de enero de 2015

El vidrio irrompible que hizo enfedar a Tiberio


Busto del emperador Tiberio
 

El vidrio irrompible que hizo enfadar a Tiberio


El emperador romano Tiberio (el “divino”, según sus contemporáneos), era conocido por su capacidad como comandante, pero también por sus perversiones sexuales y por  la dejación de funciones de la que hizo gala a medida que avanzaba su gestión, hasta el punto de retirarse a Capri delegando el gobierno en personajes como Macro o el detestable Sejano. En palabras de Plinio el Viejo, “fue el más triste de los hombres”, un oscuro gobernante refugiado en sí mismo que nunca quiso realmente ser emperador.

Quizás la progresiva falta de interés de Tiberio por el buen gobierno y su obsesión por proteger su entorno inmediato puedan explicar su comportamiento en la anécdota que tanto Plinio como Petronio relatan al respecto de un genial artesano que había descubierto la forma de elaborar un vidrio casi irrompible, en la línea del Duralex® moderno. Según ambos escritores, este emprendedor de nombre desconocido estaba tan orgulloso de su invento que las noticias llegaron a la corte del emperador, quién hizo llamarle para que hiciese una demostración. Una vez allí, delante de todos, el artesano dejó caer un hermoso jarrón de cristal que transportaba, sin que el choque con el duro suelo de mármol le ocasionara el menor daño. A los murmullos de asombro de la concurrencia siguió la tranquila pregunta de Tiberio: ¿Alguien más conocía el secreto de la elaboración? El orgulloso artesano contestó que no, seguramente buscando el reconocimiento y la gloria, pero el despiadado emperador ordenó su ejecución de inmediato. ¿El motivo? Tiberio contaba con una de las mejores colecciones privadas de cristal de toda Roma, en una época en la que se producían maravillosas obras maestras, tales como el célebre “vaso de Portland”. Temeroso de que su colección de quebradizo cristal perdiese todo su valor, el retraído emperador quiso que el artesano se llevase el secreto del vidrio irrompible a la tumba.

A priori, podría parecer que la historia es de dudosa veracidad, sobre todo teniendo en cuenta lo mal que les caía Tiberio a Plinio y a Petronio. Sin embargo, los detalles que proporcionan ambos historiadores hacen pensar que el artesano, quizá por casualidad, llegó a utilizar arena u otro tipo de sedimentos con un alto contenido de borato sódico, más conocido como bórax, el componente fundamental de los vidrios irrompibles. En efecto, según estos escritores se trataba de un vitrium flexible hecho de martiolum, un material que para nosotros es desconocido, pero cuyo nombre puede derivarse de Maremma, una región de la Toscana donde había grandes depósitos de bórax. Estos depósitos fueron explotados durante el siglo XIX, dando como resultado que Italia fuese el primer productor mundial de esta sustancia durante más de treinta años. Por tanto, el vidriero pudo haber recogido material que estuviese alrededor de las aguas estancadas o fuentes de vapor de la región y cuya adición al vidrio habría producido el efecto relatado.

Sea cual sea la verdad, el secreto del desdichado artesano murió con él, y el vidrio irrompible desapareció de la faz de la Tierra y de la memoria de los hombres durante más de dieciocho siglos, hasta que hacia 1880 fue descubierto (o más bien “redescubierto”, si la historia de Tiberio es cierta) por tres alemanes, comenzando a ser comercializado con el nombre de Pyrex. Así, finalmente, resucitó el vidrio irrompible, esa sustancia milagrosa resistente a los golpes y a los cambios bruscos de temperatura que un buen día llegase a crear un humilde artesano romano y que el mundo se perdió durante siglos por culpa del carácter amargado de un sombrío emperador celoso de preservar su fortuna.
¡Hasta pronto!

jueves, 15 de enero de 2015


Retrato del emperador, obra de Tiziano
 
 

La amalgama que salvó a Carlos


Es bien sabido que Carlos I de España y V de Alemania, el poderoso emperador que protagonizó gran parte del siglo XVI, pasó toda su vida guerreando contra sus numerosos enemigos, notablemente el rey de Francia, Francisco I, el sultán otomano, Suleimán “El Magnífico” y los príncipes electores alemanes. También son célebres sus problemas para financiar las interminables guerras que llevaron a España al borde de la quiebra a finales de su reinado. Es menos conocido, sin embargo, como la amalgama de mercurio salvó al emperador de un desastre todavía mayor pocos años antes de su fallecimiento.
Hacia 1550, la extracción de plata en las colonias de América, concretamente en el Virreinato de Nueva España, estaba literalmente en las últimas ya que las mejores explotaciones estaban agotadas y muchas de las menas disponibles gozaban de una ley tan escasa que no eran adecuadas para la fundición. La escasez correspondiente en el suministro de plata hacia la metrópoli estaba poniendo contra las cuerdas al emperador, que necesitaba un flujo creciente del mineral procedente del Nuevo Mundo para pagar sus cuantiosas deudas. La situación estaba llegando al límite cuando Bartolomé de Medina, un próspero comerciante sevillano, decidió viajar a América para poner en marcha un procedimiento secreto para extraer la plata que, al parecer, le había transmitido un misterioso artesano alemán.
Como era de esperar, el ansioso emperador mostró de inmediato el máximo interés por el viaje del comerciante quien, tras mucho experimentar, en 1555 dio con el método que llegó a conocerse como “beneficio del patio”, en el cual el mineral de plata pulverizado se mezclaba durante semanas con salmuera y mercurio en grandes patios con ayuda de caballos y otros animales. Después, la amalgama resultante se calentaba en hornos que separaban el mercurio de la plata. El  éxito del nuevo procedimiento resultó espectacular, extendiéndose su aplicación por todo el virreinato, así como más tarde sobre el Perú. Como resultado de ello, la producción anual de plata en las colonias se disparó, multiplicándose por 15 en el transcurso de los siguientes cuarenta años. Como los españoles tenían el cuasi-monopolio del mercurio debido a la posesión de las minas de Almadén, que en aquella época producían la práctica totalidad del metal líquido que se obtenía en el planeta, el nuevo método de extracción de la plata permitió a los españoles continuar financiando sus guerras europeas.
Carlos V, que ya estaba viejo, pudo por fin respirar un poco, aunque se vio obligado a transferir el control de la gran mina de cinabrio a los banqueros alemanes Fugger durante algún tiempo, ya que como efecto secundario, y al margen de provocar una inflación monetaria galopante en el continente, la que fuese una de las innovaciones tecnológicas más trascendentales de aquel siglo ocasionó que se disparase la demanda de mercurio. En cualquier caso, el emperador pudo salvar la cara durante algún tiempo, aunque falleció un par de años después dejándole a su hijo Felipe una herencia envenenada, plagada de deudas y donde todos los ingresos previstos de la corona se encontraban comprometidos de antemano. En cuanto al “beneficio del patio”, siguió utilizándose durante siglos, contribuyendo a sostener las maltrechas finanzas de la corona mientras mantenía a legiones de trabajadores en régimen de semiesclavitud. A pesar de todos los avances tecnológicos, el procedimiento se ha perpetuado hasta nuestros días, siendo utilizado habitualmente en la Amazonia, con el consiguiente perjuicio para el medio ambiente debido a la toxicidad inherente al mercurio, un elemento químico que salvó a un imperio y permitió a un viejo gobernante seguir pagando sus deudas.
¡Hasta la próxima!