viernes, 11 de diciembre de 2015

Cuando la química puso patas arriba el arte


Cristo con la adúltera, el cuadro que casi le cuesta la horca a Van Meegeren
 
 

Cuando la química puso patas arriba el arte


Han Van Meegeren siempre se sintió incomprendido por sus padres. Él quería ser artista y su padre no le apoyaba. Sin embargo, en la escuela conoció a un profesor que también era pintor, que le mostró las maravillosas obras de Johannes Vermeer, y que le habló de los hermosos colores que utilizaban aquellos artistas de la llamada Edad de Oro neerlandesa.  Quizá por eso, el joven Han desarrolló cierta animadversión por el impresionismo que dominaba la escena artística a principios del siglo XX. Era bueno en arquitectura, dibujo y pintura, y tras casarse consiguió un trabajo de profesor de dibujo. Para completar sus ingresos, dibujaba carteles e ilustraciones, y pintaba bellos retratos que impresionaban por su parecido con las técnicas de los viejos maestros. Quizás por capricho, e influido por falsificadores como Theo van Wijngaarden, el bueno de Meegeren empezó también a pintar imitaciones.
Pero hacia 1928, tras separarse y volverse a casar, se encontró con la oposición creciente de la crítica, que le consideraba falto de originalidad, en un tiempo en el que el cubismo y el surrealismo campaban a sus anchas. Entonces, Han se enfadó y decidió demostrar al mundo que el no solo los imitaba, sino que podía pintar mejor que Vermeer y compañía. Así, en 1932 comenzó a prepararse para la falsificación perfecta. Compró lienzos auténticos del siglo XVII y, utilizando materiales como el lapislázuli (silicato de alúmina, cal y sosa, de color azul intenso), el albayalde (carbonato de plomo, blanco) o el cinabrio (sulfuro de mercurio, de tono rojo oscuro), preparó sus colores mediante las antiguas fórmulas que había estudiado. Usaba pinceles similares a los de los maestros holandeses  y, una vez terminadas, calentaba las pinturas al horno y las sometía a tratamientos químicos que las envejecían. Después las enrollaba para aumentar las grietas y las bañaba en tinta china.
Tras varios años perfeccionando sus métodos, el intrépido falsificador se lanzó a conquistar el  mercado. Sus trabajos incluían imitaciones perfectas de los mejores maestros clásicos flamencos, tales como Vermeer,  Frans Hals, Pieter de Hooch y Gerard ter Borch. En 1936, pintó Los discípulos de Emaus, consiguiendo que un famoso experto de arte lo aceptase como un original perdido de Vermeer. A continuación el cuadro fue vendido a la Rembrandt Society por el equivalente a varios millones de dólares de hoy, y llegó a ser orgullosamente exhibido en varias exposiciones. Con el dinero recaudado, Han se compró una mansión cerca de Niza, pero al comenzar la Segunda Guerra Mundial regresó a Holanda, donde amasó una inmensa fortuna con sus maravillosas falsificaciones. En 1942, y a pesar de haber entrado en decadencia a causa de sus adicciones, le colocó un Vermeer falsificado a un comerciante de arte quien, a su vez, se lo vendió a uno de los jerarcas nazis, Hermann Göring. Este lo ocultó, junto con muchas otras obras de arte robadas por él y por sus colegas, en una vieja mina de sal, lo que, a la postre, resultó ser fatal para el viejo estafador. Cuando al final de la guerra los aliados se incautaron del tesoro expoliado, siguieron la pista del “Vermeer” y detuvieron a Han, acusándole de colaboracionista y saqueador de la propiedad cultural holandesa, algo que podía llevarle a la horca. Ante semejante panorama, a Van Meegeren no le quedó otra que confesar. Al principio no le creyeron, pero cuando pidió que le llevaran a la celda un lienzo y comenzó a duplicar el cuadro de Vermeer titulado Jesús entre los doctores, sus captores cambiaron de opinión. Durante el juicio, los expertos fueron capaces de encontrar en las pinturas restos de algunos agentes químicos que no existían trescientos años atrás, notablemente la resina de formaldehido, con lo que consiguieron demostrar el engaño. El gran estafador fue condenado a un año de prisión, aunque falleció de un infarto a finales de 1947, por lo que nunca llegó a cumplir la condena.
Tan impresionantes eran las falsificaciones de Van Meegeren, que durante décadas ha existido cierta polémica acerca de si algunas no serían en realidad auténticas obras de Vermeer. El que sin duda llegó a ser el mejor falsificador de todo el siglo XX, obligó a los expertos del mundo del arte a echarse en brazos de los químicos con objeto de poder discriminar la autenticidad de las pinturas, marcando un antes y un después de las obras de este gran embaucador, que convirtió la imitación en un arte y condujo a la química a un papel protagonista en la peritación. A los expertos, la lección les sirvió para comprobar que cerca del 40% de las pinturas que circulan por el mundo son falsas. A él, sin embargo, le quedo un consuelo. Después de todo, había demostrado que pintaba tan bien como el legendario Vermeer (*)
¡Hasta pronto!
(*) A fecha de hoy, los cuadros de Van Meegelen que se encuentran en el Rijksmuseum de Amsterdam reciben tantas visitas como los auténticos.

sábado, 21 de noviembre de 2015

El extraño grabado de un cometa renacentista

El grabado de la página 494 del Chronicon
 

El extraño grabado de un cometa renacentista


En 1557, el humanista alsaciano Conrad Lycosthenes publicaba su Prodigiorum ac ostentorum chronicon(*), uno de los libros de maravillas más famosos de todo el Renacimiento. Demostrando un conocimiento enciclopédico sobre todo tipo de curiosidades, Lycosthenes ilustró su obra con infinidad de hermosos grabados, que se extienden a lo largo de un texto repleto de prodigios, donde seres monstruosos se dan la mano con supuestos sucesos extraordinarios acaecidos desde la antigüedad. Entre ellos, se cuentan numerosos fenómenos en el cielo, incluyendo cometas, soles dobles o triples, eclipses, parhelios, cruces luminosas, columnas de fuego, e incluso “batallas” entre ejércitos de las nubes. Lycosthenes consultaba todas las fuentes disponibles, ya fuesen las Sagradas Escrituras o los panfletos de la época, y por eso la mayor parte del contenido del libro carece de credibilidad.
 
De entre todos los sucesos descritos en el libro, quizá el más curioso sea el que aparece en la página 494, en la que se relata como en Arabia, en 1479, se pudo observar “un cometa en forma de haz agudísimo, y como con diversos puntos distintos”, en el que podía verse “una guadaña”. La peculiaridad no está tanto en el texto en latín como en el grabado que lo acompaña, que muestra un extraño objeto parecido a la punta de un cohete o a un proyectil dividido en dos mitades, con la parte inferior sombreada y cubierta de pequeños círculos, además de la “guadaña”. Así, el cometa tiene toda la pinta de un objeto artificial, en lo que constituye una representación única y muy alejada de la que el autor utiliza habitualmente en el resto del libro para describir este tipo de fenómenos, que siempre son dibujados como estrellas con la típica cola o, en su defecto, como bolas llameantes.
 
¿Es el extraño grabado de la página 494 del Chronicon la representación de una nave aérea en pleno siglo XVI, tal y como muchos partidarios de que nos han visitado los extraterrestres sugieren? Casi seguro que no. Tal y como el propio escritor afirma, la imagen representa tan solo un cometa (o quizá un meteorito), por lo que la semejanza con un cohete o un proyectil no sería más que otra paraeidolia. Además, se trata de un libro que está atiborrado de sucesos distorsionados o simplemente inexistentes. En la época en la que vivió Lycosthenes, Europa seguía siendo un lugar dominado por la superstición, en el que las noticias de los nuevos descubrimientos geográficos, adornados con la descripción de lugares maravillosos y animales fabulosos hacían que se disparase la imaginación de la gente. Los editores renacentistas, que lo sabían perfectamente, aprovechaban las nuevas técnicas de impresión para ilustrar los textos con figuras espectaculares de seres imposibles y señales prodigiosas, que invariablemente iban seguidas de calamidades expuestas con todo lujo de detalles.
 
Entonces, ¿hubo, o no, algo inusual en los cielos de Arabia en 1479? Es difícil de decir, sobre todo teniendo en cuenta que el texto señala una supuesta observación que habría tenido lugar casi cien años antes de la edición del libro y a miles de kilómetros de distancia. Además, no se conserva ninguna referencia independiente de este fenómeno, por lo que resulta imposible comprobar qué parte del dibujo representa la descripción que pudiesen haber proporcionado los testigos y qué parte es de la propia cosecha del autor. Por este motivo, el “cohete de Lycosthenes” ha quedado, tal vez para siempre, como un curioso ejemplo de la imaginación de las gentes del Renacimiento a la hora de representar lo que con toda probabilidad no sea más que un simple cometa.
 
¡Hasta la semana que viene!
 
(*) Lykosthenes, K.: Prodigiorum ac ostentorum chronicon quae praeter naturae ordinem, motum, et operationem, et in superioribus & his inferioribus mundi regionibus, ab exordio mundi usque ad haec nostra tempora, acciderunt. Ed. H. Petrl. Basilea, 1557.

sábado, 7 de noviembre de 2015

“Wow”, la señal más extraña del firmamento


Impresión original de la señal Wow con la anotación al margen
 
 

“Wow”, la señal más extraña del firmamento


Como es bien sabido, en los años 70 del siglo XX la NASA comenzó el patrocinio de los programas de investigación SETI (*), destinados a la posible detección de emisiones procedentes de civilizaciones extraterrestres. La mayoría de estos programas analizan señales electromagnéticas recibidas por radiotelescopios, con la esperanza de encontrar alguna que muestre las características propias de un mensaje alienígena. A día de hoy, de entre el ingente número de señales recibidas tan solo unas pocas han llegado a ser candidatas, pero ninguna de ellas ha sido observada más de una vez, por lo que su origen artificial no ha podido comprobarse. La más enigmática de estas sospechosas fue la llamada señal “Wow”, detectada el 15 de agosto de 1977, a las 23:16, por el radiotelescopio Big Ear, en Ohio.
Procedente de la zona oriental de la constelación de Sagitario, cerca del cúmulo globular M55, la señal duró 72 segundos y fue registrada en papel por la computadora del laboratorio. Días después, cuando el joven profesor Jerry R. Ehman descubrió la insólita secuencia, no pudo por menos que anotar, preso de la excitación, la célebre expresión al lado de la señal. En efecto, durante el rastreo las señales se traducían a una secuencia de letras y números, cada uno de los cuales indicaba su intensidad. En el caso de Wow, la secuencia "6EQUJ5" en el segundo canal de la computadora implicaba que la señal había alcanzado una intensidad treinta veces superior a la del ruido de fondo, algo que nunca volvería a ser experimentado, ni antes ni después, por el radiotelescopio.
Pero, ¿qué es lo que hacía de Wow una señal tan particular? En primer lugar, la frecuencia utilizada para la escucha era la del hidrógeno neutro, considerada como de utilización probable por parte de una supuesta cultura alienígena para las comunicaciones interestelares, y estaba dentro del espectro donde está prohibida la emisión de radio por las leyes internacionales, lo que casi descartaba una posible contaminación. En segundo lugar, la onda detectada era de un tipo conocido como continua (CW), muy apropiada para ser enviada a largas distancias porque puede ser escuchada a niveles de intensidad muy bajos. Además, la duración de 72 segundos era exactamente la esperada de una señal de origen extraterrestre captada por el Big Ear, ya que coincidía con el período durante el que este radiotelescopio fijo podía observar un punto cualquiera del espacio dada su ventana de observación y el efecto de la rotación de la Tierra. Por último, la señal había sido emitida en un rango de frecuencias mucho más estrecho que el habitual en las fuentes naturales de radiación.
Sin embargo, y a pesar de haberla vuelto a buscar docenas de veces, la misteriosa señal no ha vuelto a ser escuchada, lo que reduce en gran medida las posibilidades de que fuese de origen artificial. Las posibles alternativas, todas ellas sin comprobar, incluyen una emisión de radio de un satélite artificial que atravesase esa órbita en ese instante, el reflejo en la basura espacial de una señal de origen terrestre o un evento astronómico de origen natural y de gran potencia. Las dos primeras posibilidades son poco creíbles, ya que la señal de un satélite se habría detectado repetidamente y ya hemos comentado que no había emisiones de origen terrestre a esa frecuencia.
¿Fue Wow el lejano rescoldo de un acontecimiento catastrófico de origen galáctico, el resultado de una extraordinaria coincidencia de origen artificial terrestre, o la primera llamada de una civilización alienígena, enviada quizás hace eones desde un remoto lugar del cosmos? Puede que nunca lo sepamos. La ausencia de una señal repetida parece apuntar hacia hipótesis alternativas, aunque todas ellas están pendientes de comprobar. Mientras tanto, Wow sigue siendo, y es probable que lo sea durante mucho tiempo, uno de los enigmas no resueltos más conocidos de toda la historia de la ciencia, y quizá lo más cerca que hemos estado hasta ahora de toparnos fuera de nuestro mundo con algo de origen artificial.
¡Hasta la semana que viene!

(*) Siglas en inglés de Search for ExtraTerrestrial Intelligence. Este artículo es una ampliación de parte del material que aparece en nuestro nuevo libro sobre astrobiología y búsqueda de la vida extraterrestre.

viernes, 23 de octubre de 2015

Imagen medieval donde un boticario entrega un remedio en un recipiente
 

Polvo de oro y remedios medievales

 
Sobre los curiosos procedimientos medievales para curar enfermedades y sanar a los enfermos, se han escrito auténticos ríos de tinta. En Occidente, en concreto, algunos de los detalles de los pintorescos y a menudo lamentables métodos utilizados por los médicos de la época (llamados “físicos” por aquel entonces) han quedado registrados en multitud de documentos donde se muestra el predominio de la superstición y el pensamiento mágico en los métodos de aquellos que supuestamente deberían ser depositarios de la ciencia. De entre todos los tratamientos propuestos por estos galenos, uno de los más extraños quizá haya sido el empleo del oro como remedio para las enfermedades.
Para la mayoría de los médicos medievales, los metales poseían propiedades curativas, y siendo considerado el oro el más perfecto y noble de ellos, no es de extrañar que lo viesen como un remedio muy eficaz. Así, por ejemplo, en el siglo XI Constantino el Africano escribía desde Sicilia que el oro tiene la propiedad de aliviar un estómago dañado y reconforta a los temerosos y a aquellos que sufren de dolencias del corazón... es eficaz contra la melancolía y la calvicie”. Por supuesto, el oro tenía que ser suministrado en trocitos muy pequeños para que el cuerpo pudiese asimilarlo, y además debía mezclarse con otros componentes para dar lugar a lo que se consideraba como un buen medicamento. Así, en el siglo X el cordobés Abulcasis explicaba cómo obtener polvo de oro para uso terapéutico frotando una pieza grande con un paño de lino y lavándolo en agua dulce. Esta costumbre medieval perduró durante el Renacimiento, ya que se conservan varias recetas de los siglos XV y XVI, una de las cuales es especialmente pintoresca. Dice así:
Toma las presentaciones de plata, cobre, hierro, plomo, acero, oro, calamina de plata y de oro, estoraque, de acuerdo con la actividad o inactividad del paciente. Ponlos en la orina de una niña virgen el primer día, el segundo día en vino blanco caliente, el tercer día en jugo de hinojo, el cuarto día en claras de huevo, el quinto día en la leche de una mujer que esté amamantando a una niña, el sexto día en vino tinto, el séptimo día en claras de huevo. Y ponlo todo en una retorta en forma de campana y destílalo a fuego lento. Y guarda el destilado en un recipiente de oro o plata”.
Esta receta se suponía que era eficaz contra la lepra, las manchas de la piel, las enfermedades oculares, e incluso para prevenir el envejecimiento, pero había otras destinadas a cauterizar las heridas, donde el oro se consideraba que contribuía a que la curación fuese más rápida y completa. Asimismo, durante los siglos XVI y XVII se empleó el oro para recubrir píldoras de medicamentos con la esperanza de enmascarar su mal olor o sabor.
A medida que la ciencia médica progresaba, la utilización de los metales preciosos en medicina decayó hasta prácticamente desaparecer, aunque hoy en día parece estar resucitando de la mano de medicamentos contra la artritis reumatoide, la malaria, el SIDA o la enfermedad de Chagas. También podría usarse para la detección y tratamiento del cáncer en forma de nanopartículas, que en teoría podrían calentarse lo suficiente como para destruir las células cancerosas, aunque esta última aplicación todavía requiere el encontrar un revestimiento adecuado que permita al organismo asimilar correctamente el medicamento. En cualquier caso, las nuevas aplicaciones del oro en la medicina son tan solo un pálido reflejo de una época pasada en la que curar a los enfermos era un ejercicio que tenía mucho más de magia que de ciencia.
¡Hasta la próxima!

domingo, 11 de octubre de 2015


Grabado con la imagen del "autómata"


El increíble fraude de “el Turco”


Lejos de ser algo exclusivo de nuestros días, la fascinación por los autómatas y la inteligencia artificial ha acompañado a nuestra especie desde los tiempos de Herón de Alejandría (ver “una camarera automática” en este mismo blog), e incluso con anterioridad. La costumbre de engañar a los incautos con supuestas maravillas, también. Por eso no es de extrañar que la historia de la ciencia esté jalonada de fraudes. Uno de los más descarados, y a la vez de mayor éxito, fue la del supuesto autómata-ajedrecista conocido como “el turco”.
“El turco” era una cabina de madera con un tablero de ajedrez y un mecanismo de relojería en su interior, que incorporaba un maniquí vestido con túnica y turbante (de ahí el nombre) y que había sido construido por el ingeniero e inventor húngaro Wolfgang von Kempelen en 1770 como consecuencia de una especie de apuesta con la archiduquesa María Teresa de Austria. Desde el momento en que vio la luz por primera vez hasta que fue destruido por un incendio en 1854, el “turco” recorrió Europa durante más de ocho décadas, derrotando uno tras otro a casi todos sus oponentes, incluyendo a algunos de los mejores jugadores de ajedrez de la época y a muchos personajes famosos, como Napoleón Bonaparte o Benjamín Franklin. Durante las actuaciones, se mostraba el interior de la cabina para que los espectadores pudiesen comprobar que no había nada más que engranajes y espacio vacío. Todo apuntaba a que se trataba de una auténtica maravilla de la técnica, pero en realidad se trataba de un truco de magia.
Tal y como reveló el hijo de su último propietario, el “turco” era manipulado por una persona escondida en su interior, siempre un excelente jugador de ajedrez. El jugador se ubicaba en el espacio oculto comprendido entre la zona donde estaban los engranajes y la parte posterior de la cabina, y se desplazaba en una silla montada sobre rieles. Siguiendo los movimientos en el tablero gracias a unos indicadores magnéticos situados debajo del mismo, jugaba en un pequeño tablero secundario que había en el interior. Para mover el brazo del autómata, utilizaba lo que era en esencia un pantógrafo(*), y contaba también con controles para mover la cabeza, los ojos, e incluso para hacer ruido con el mecanismo de relojería, con objeto de disimular sonidos como el de la tos. Asimismo, disponía de un sistema para comunicarse con la persona que coordinaba el espectáculo.
Aunque hoy en día pueda parecer increíble que, a pesar de los cientos de exhibiciones públicas, nadie se diese cuenta del truco y no se filtrase el secreto de alguna manera, la verdad es que el pseudo-autómata se mantuvo en activo durante ochenta y cinco años, pasando al menos por las manos de cuatro propietarios y unos quince operadores ocultos, en lo que es un ejemplo impresionante del poder del ilusionismo. Su constructor, un auténtico genio olvidado de finales del siglo XVIII, tuvo la suficiente habilidad como para completar un ingenioso mecanismo de manipulación oculta, complementado con una minuciosa puesta en escena, donde las puertas de la cabina se abrían en un orden preciso y todos los movimientos del maestro de ceremonias estaban pensados para despistar a la audiencia.
Sin embargo, y aunque "el turco" es la más famosa de sus obras, von Kempelen fue, más allá de un brillante estafador, un inventor e ingeniero de primera fila entre cuyas producciones se encuentran varias asombrosas máquinas parlantes, una de las cuales fue más tarde adquirida por uno de los propietarios de “el turco” para que pudiera decir “jaque”… ien la lengua deseada!
¡Hasta pronto!

(*) Un pantógrafo es un mecanismo articulado en el que unas varillas están conectadas de tal manera que se pueden mover desde un pivote.

viernes, 25 de septiembre de 2015


Una espada con señales de corrosión tan solo en la empuñadura
 

El misterio de las espadas del ejército de terracota


Desde que en 1974 saliese a la luz el fantástico ejército de terracota, cerca de Xi’an, en China, se han escrito ríos de tinta sobre esta auténtica maravilla de la antigüedad, catalogada como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde finales de los años ochenta del pasado siglo. Sin embargo, y a pesar de las décadas transcurridas desde el descubrimiento, hay rompecabezas que todavía los científicos no han sido capaces de resolver. Uno de los más enigmáticos es el de las espadas de bronce que forman parte del equipamiento de los guerreros.
 
Pero, ¿qué tienen de enigmáticas unas vulgares espadas de bronce? Pues que, después de más de dos milenios, lejos de estar completamente corroídas y cubiertas de la típica pátina de color verdoso, las espadas de los soldados de terracota están fundamentalmente intactas, conservando tanto su filo como el gris metalizado del metal original. ¿El motivo? La presencia de un revestimiento de óxido de cromo de entre 10 y 15 micrones que ha protegido el bronce a través de los siglos. Si tenemos en cuenta que las propiedades del cromo como aditivo protector contra la corrosión no se descubrieron hasta finales del s XIX (el propio elemento no fue identificado como tal hasta 1798), la cuestión de la procedencia del que se encuentra en las célebres espadas no es en absoluto baladí.
 
Una posible explicación es que el cromo provenga de la contaminación accidental del bronce durante el proceso de forjado. En efecto, algunos investigadores piensan que la fundición del metal pudo llevarse a cabo en presencia o en la cercanía de minerales con un cierto contenido de cromo, cuyos átomos habrían emigrado a la superficie de las espadas en el ambiente reductor de las fraguas. Una vez en su sitio, y como es sabido, el cromo captura todo el oxígeno que entra en contacto con la superficie del metal, formando una capa protectora de óxido. El problema de esta explicación es que no da cuenta de por qué la empuñadura de las armas está corroída. ¿Cómo podrían migrar los átomos de cromo solamente hasta el cuerpo de la espada, eludiendo el mango? ¿Quizás las empuñaduras se forjaron en un ambiente diferente?
 
Ante estas cuestiones, un sector todavía minoritario de expertos, entre los que se encuentran los propios encargados de cuidar y restaurar al ejército de terracota, opina que tal vez los antiguos metalúrgicos chinos desarrollaron algún tipo de técnica de cromado, al descubrir, puede que por casualidad, que al mezclar ciertos minerales con el bronce los objetos metálicos quedaban protegidos contra la corrosión. Por último, hay quien piensa que el porcentaje de cromo es demasiado bajo como para proporcionar una protección tan efectiva, de modo que el motivo por el que las espadas se han conservado de la forma en que lo han hecho hay que buscarlo en otra parte.
 
¿Cuál es el secreto que se esconde detrás de este misterio? Probablemente aun tardaremos tiempo en saberlo, y es posible que nunca lo averigüemos con certeza. La hipótesis de la contaminación accidental parece factible, pero la ausencia de cromo en las empuñaduras apunta hacia un tratamiento deliberado, algo que de confirmarse implicaría que unos desconocidos pioneros de la metalurgia descubrieron un formidable  tratamiento anticorrosión más de dos mil años antes que sus colegas occidentales.
 
¡Hasta pronto!

viernes, 11 de septiembre de 2015

El "platillo volante" que apenas llegó a volar

El Avrocar S/N 58-7055
 

El "platillo volante" que apenas llegó a volar

 
Para asombrarnos con historias extraordinarias, no hace falta recurrir a las pseudociencias, sino que basta con echarle un vistazo a la realidad. Y como ejemplo de ello, nada más adecuado que recordar el frustrado alumbramiento del  Avrocar, el ultrasecreto “platillo volante” proyectado por la US Air Force al comienzo de la Guerra Fría.
Los “platillos volantes” forman parte de la mitología colectiva de la humanidad desde que la prensa norteamericana bautizase de esta forma a los objetos no identificados avistados por el piloto Kenneth A. Arnold cerca del Mount Rainier, el 24 de junio de 1947. Para el gran público, estos “platillos” siempre han estado asociados a supuestas visitas de extraterrestres, por lo que muchos se sorprenderían al comprobar que las grandes potencias llegaron a experimentar muy en serio durante décadas con naves de forma discoidal, un diseño que fue finalmente abandonado debido a sus problemas de estabilidad y gobernabilidad. De entre todos estos proyectos, el más célebre es el del VZ-9 Avrocar.
El Avrocar fue desarrollado por la compañía canadiense Avro Aircraft Limited, como parte de un proyecto secreto del ejército del aire de Estados Unidos cuya finalidad era la fabricación de un caza que pudiese alcanzar velocidades y altitudes hasta entonces inimaginables. El hecho de que su diseñador original, Jack Frost, concibiese la idea poco después de unirse a la firma también en junio de 1947, ha hecho pensar a muchos que Frost se vio influido de alguna manera por el relato de Arnold. Frost, que había trabajado para los ingleses durante la Segunda Guerra Mundial en el diseño de los primeros aviones supersónicos, pensó en utilizar el llamado “efecto Coandă” para generar el despegue vertical de un vehículo en forma de disco, en el que el empuje lo proporcionaría un nuevo motor de forma también discoidal que el ingeniero británico había desarrollado.
Desde muy pronto, el ejército norteamericano se mostró interesado por las ideas de Frost, ya que los aviones con despegue vertical podían ser muy útiles en el contexto de una entonces previsible guerra nuclear, en la que era de esperar que las bases aéreas convencionales quedasen pronto inutilizadas. Además, los diseños más avanzados de Frost parecían prometer un buen rendimiento tanto a velocidades supersónicas como subsónicas, algo que hasta entonces no ofrecía ninguna de las ideas alternativas. Si bien al principio los costes del proyecto crecieron tan rápidamente que el gobierno llegó a desvelar el secreto a la prensa con objeto de recaudar fondos adicionales, tanto la empresa canadiense como el gobierno norteamericano terminaron por financiarlo con grandes cantidades de dinero. Se llegaron a estudiar una gran variedad de diseños y se pusieron en marcha prototipos cuyos detalles se filtraron a la prensa, que llegó a decir que los OVNIs eran, en realidad, "platillos" fabricados por los rusos.
Tras varios incidentes de gravedad en las pruebas con los motores, en 1958 se abandonó la idea del “gran platillo volante” y Frost propuso diseñar un vehículo más pequeño, una especie de “jeep volador” que podría sustituir eventualmente a los helicópteros, al que bautizó como Avrocar. El ejército norteamericano volvió a comprar la idea y ordenó la fabricación de dos prototipos. Sin embargo, el proyecto afrontó un sinfín de problemas de índole tanto burocrática como técnica, estos últimos debidos fundamentalmente a la imposibilidad práctica de hacer despegar correctamente y después gobernar a los prototipos en vuelo. Los aparatos mostraban defectos aerodinámicos y problemas técnicos de toda índole, de modo que el más avanzado de ellos apenas se levantaba del suelo, era muy lento y, además desprendía cantidades inaceptables de calor y de ruido. Finalmente, el proyecto fue cancelado en diciembre de 1961 y los dos célebres prototipos terminaron en museos. Así terminó la historia de uno de los más extraordinarios proyectos de ingeniería aeronáutica de todos los tiempos, un costoso fiasco cuyos detalles técnicos, sin embargo, inspiraron a los ingenieros para la posteridad. Con el tiempo, los aviones convencionales de despegue vertical (VTOL en siglas) se convirtieron en un hecho, y la NASA ha retomado la vieja idea de Frost para desarrollar algunos prototipos con vistas a un futuro aterrizaje en Marte aunque, de momento, parece que siguen sin resolverse los muchos problemas técnicos asociados al vuelo de aparatos con forma circular.
¿Será que los extraterrestres lo saben hacer mejor? (*)
¡Hasta pronto!
(*)La historia del Avrocar es una prueba más de lo inconsistentes que resultan las teorías de la conspiración según las cuales los gobiernos conservan desde hace décadas restos de platillos volantes estrellados de origen extraterrestre. Si fuese así, ¿no veríamos platillos americanos y rusos por todas partes? ¿O es que acaso los ingenieros humanos son tontos?

domingo, 5 de julio de 2015

Representación de Pushpaka, el vimana del rey-demonio Ravana.


La guerra atómica que nunca

existió


Si hay una convicción arraigada entre los partidarios de la teoría (por llamarla de alguna manera) de los antiguos astronautas, es la de la existencia de indicios de una guerra nuclear que habría tenido lugar en la India hace miles de años.
El mito, desarrollado en los años sesenta y setenta del siglo XX, parte de tres supuestas evidencias que han sido repetidas hasta la saciedad y que pueden encontrase en cientos de páginas web. La primera consiste en la mención que se haría en el Mahabhárata, el célebre poema épico del subcontinente, a armas de gran potencia disparadas desde astronaves denominadas vimanas, cuyos efectos serían muy similares a los de las explosiones nucleares. La segunda tiene que ver con el supuesto hallazgo, en las ruinas de la antigua ciudad de Mohenjo Daro, en Pakistán, de indicios que apuntarían a que la ciudad sufrió un ataque con armas nucleares. Estos hallazgos incluirían una especie de epicentro con bloques de roca vitrificada, niveles de radiación por encima de lo normal y esqueletos dispuestos como si sus dueños hubiesen sido sorprendidos por una catástrofe repentina. Por último, según ciertos relatos, algunos exploradores del siglo XIX y comienzos del XX se habrían topado, en ruinas sin edad perdidas en las intrincadas selvas de la India, con extraños restos de construcciones fundidas por un calor abrasador y hasta con espeluznantes cadáveres envueltos en una especie de vidrio. Todo apuntaría pues a que en el remoto pasado de la India sucedió algo verdaderamente extraordinario. El problema es que, por desgracia (o por suerte para los antiguos  habitantes del subcontinente) todo es falso.
Resulta que, en realidad, no existe ningún lugar en el Mahabhárata ni en los demás escritos antiguos de la India donde se hable de nada parecido a las armas nucleares, como puede comprobar cualquiera que se moleste en leerlos. Las famosas referencias que manejan los partidarios de la teoría de los antiguos astronautas proceden de traducciones incorrectas o alteradas, ya sea de forma genuina o intencionada, de los textos clásicos. En cuanto a los célebres vimanas, son originalmente descritos como palacios volantes de los dioses, en muchos casos enormes y llenos de lujosas estancias, provistos de ruedas y tirados por animales, a modo de carros, no siendo hasta una época muy tardía cuando empiezan a perder el tiro de los animales. De hecho, la mayoría de las descripciones de vimanas utilizadas por los partidarios de la teoría de los antiguos astronautas proceden de la traducción inglesa de 1952 de un libro, el Vymaanika-Shaastra, supuestamente escrito en 1918 por un autor al que, según él, el texto le fue revelado por un espíritu(*).
Pasando a las ruinas de Mohenjo Daro, su excelente estado de conservación ya de por si nos dice que no parece muy creíble que sufriesen una explosión atómica, cuya onda de choque tendría que haber barrido unas estructuras hechas a base de ladrillos de barro. El grupo de esqueletos encontrados juntos perteneces a épocas muy diferentes, separadas en algún caso por unos mil años, y no muestran ninguna señal de muerte repentina, sino que fueron enterrados deliberadamente, siendo su buen estado de conservación consecuencia de la sequedad del clima en la zona. Por otra parte, los niveles de radiación en la localidad son normales y los supuestos bloques de “roca vitrificada” no son más que cerámica sometida a la acción del fuego.
Con respecto a los relatos de exploradores, casi todas las referencias proceden de No es terrestre, un best seller publicado en los años setenta por un escritor y periodista italiano. En su obra, el autor se refiere a dos exploradores y un oficial británico que resultan completamente inidentificables, salvo por el parecido de su apellido con el de ciertos escritores de relatos de ciencia-ficción. En cualquier caso, no parecen existir menciones anteriores o independientes de estos relatos, ni los supuestos hallazgos han sido corroborados hasta la fecha por ningún arqueólogo.
En resumen, la historia de los vimanas y su guerra nuclear prehistórica no es más que otra leyenda urbana alimentada por ciertos escritores del siglo XX, que sin embargo lleva décadas de repercusión mediática, como demuestra el bulo que circuló hace unos años acerca de un supuesto viaje de los líderes mundiales a Afganistán por causa de… ¡un auténtico vimana encontrado en una cueva!
¡Hasta pronto!
(*) Escrito en forma de manual técnico, el contenido es una sarta de disparates.

viernes, 19 de junio de 2015

El día que la NASA hizo el ridículo

Concepción artística de la Mars Climate Orbiter
 

El día que la NASA hizo el ridículo

 
El 11 de Diciembre de 1998 despegaba de Cabo Cañaveral un cohete Delta II 7425 que transportaba la Mars Climate Orbiter (MCO), la última y flamante sonda de la NASA destinada a la exploración de Marte antes del fin de siglo. La MCO formaba parte del programa Mars Surveyor 98, cuyo objeto era el estudio del clima en el planeta rojo, y estaba destinada, entre otras cosas, a analizar la dinámica en la atmósfera marciana del agua y el dióxido de carbono.
 
Al poco tiempo de despegar, los técnicos de control que hacían el seguimiento de la nave comenzaron a detectar frecuentes desviaciones en la trayectoria de la sonda, que requerían correcciones muy por encima de lo habitual. Se trataba de un comportamiento anómalo que los controladores pusieron en conocimiento de los responsables del proyecto, los cuales, sin embargo, no llegaron a ordenar una investigación. Como consecuencia de ello, cuando tras nueve meses y medio de viaje la nave se acercó a su destino, el error acumulado en la trayectoria se vio empeorado por el efecto de la gravedad marciana, la sonda entró en órbita a tan solo 57 Km de la superficie, en lugar de los 140-150 previstos, y quedó destrozada por la fricción con la atmósfera del planeta.
 
Para la NASA, el desastre de la Mars Climate Orbiter fue un golpe muy duro que se vio agravado por las embarazosas conclusiones que se derivaron de la posterior investigación. En efecto, no solamente los gestores del proyecto habían hecho caso omiso del aviso de los controladores (alegando que nadie había efectuado una solicitud formal de investigación), sino que se descubrió que la anomalía tenía su origen en un increíble error de colegial basado en los sistemas de medida utilizados. Como venía siendo habitual, el Jet Propulsion Laboratory de Pasadena había programado los sistemas de navegación de la sonda utilizando el sistema métrico decimal, y los controladores pensaban que estaban enviando los datos a la nave en ese formato. Sin embargo, la empresa fabricante de la MCO, la Lockheed Martin, era una compañía norteamericana que empleaba el sistema de medidas inglés (el de las millas, yardas, pies y pulgadas). Por extraño que pueda parecer, durante los meses que los equipos de la NASA y la Lockheed estuvieron trabajando juntos en el diseño de la sonda nadie se dio cuenta de que estaban empleando software programado con dos sistemas de unidades diferentes, de modo que la infortunada Mars Climate Orbiter recibía las señales de impulso en libras x segundo y las interpretaba como newtons x segundo, lo cual resultó decisivo para que una nave espacial de 125 millones de dólares se transformase en un montón de chatarra.
 
Como es lógico, la NASA intentó responsabilizar del bochornoso incidente a la Lockheed Martin, alegando que la poderosa compañía privada estaba obligada mediante contrato a convertir sus medidas al sistema métrico decimal, pero nada podía disipar la sensación de ridículo generalizado, pues resultaba difícil de entender como semejante error había pasado desapercibido durante meses a los ingenieros de la NASA y a sus ordenadores.
 
Como dijo Edward Weiler, director adjunto de la agencia estadounidense "La gente a veces comete errores", aunque a veces estos errores resulten difíciles de explicar. En cualquier caso, la década de los noventa del pasado siglo no fue una de las épocas más afortunadas de los norteamericanos en materia de patinazos, como lo demuestra el hecho de que la embajada China en Belgrado fuese bombardeada por la OTAN  por causa de que la CIA utilizaba mapas obsoletos de la capital. En el caso de la Mars Climate Orbiter, los americanos pagaron la resistencia de su industria a abandonar sus peculiares unidades de medida, sufriendo lo que podría considerarse como la “venganza” del sistema métrico decimal.

¡Hasta pronto!

jueves, 4 de junio de 2015

Geólogos en la Gran Esfinge


La Gran Esfinge de Guiza. A sus pies, la célebre "Estela del Sueño"
 
 

Geólogos en la Gran Esfinge


En el año 1991, el geólogo estadounidense Robert M. Schoch hizo pública su teoría de que el desgaste que presenta la Gran Esfinge de Guiza no es compatible con la erosión causada por el viento o por la la arena, sino únicamente por el efecto de una lluvia persistente. Dado que, según sus datos, el último período lluvioso registrado en Egipto sería muy anterior a la IV dinastía, Schoch concluía que la célebre estatua habría sido esculpida en una época tan temprana como el 5º o el 6º milenio a.C., es decir, mucho antes de que la civilización egipcia entrase en escena.
Con el tiempo, el heterodoxo geólogo ha apoyado su hipótesis en estudios sísmicos de la zona que mostrarían una erosión diferencial, demostrativa de que los egipcios de la IV Dinastía trabajaron sobre algo construido con anterioridad, así como en el hecho de que los bloques de caliza utilizados para construir los vecinos templos “del Valle” y “de la Esfinge”, que fueron extraídos del mismo lecho de roca a partir del cual se labró la Esfinge, presentan un tipo de erosión similar al de la gran escultura. Para Schoch, el revestimiento de granito que cubre ambos templos fue colocado posteriormente, en la época del faraón Kefrén, que es la generalmente admitida como fecha de construcción de la Esfinge. De igual modo, los egipcios habrían convertido la cabeza de la escultura, que originalmente habría representado a un león, en un retrato del faraón, lo cual explicaría su evidente desproporción con respecto al resto del cuerpo. Por su parte, el geólogo británico Colin Reader presentó una hipótesis alternativa a la de Schoch, admitiendo que la Esfinge es anterior a Keops o Kefrén, pero que probablemente procede de las primeras dinastías, mientras que la destacada erosión observada en el lado meridional de la pared que rodea la escultura se debería a la escorrentía del agua provocada por la topografía de la explanada de Guiza, más que a la lluvia en sí misma. La presencia de las canteras de Keops y Kefrén demostraría la mayor antigüedad de la estructura ya que, una vez quedasen establecidas, el camino del agua se vería bloqueado, no pudiendo seguir adelante con la erosión.
A pesar del atractivo de las teorías de Schoch y Reader, la mayoría de los geólogos y arqueólogos no están, sin embargo, nada de acuerdo con ellas, en especial con la primera. En primer lugar, no se ha encontrado nada en Egipto que apunte a la existencia de una cultura sofisticada anterior a unos 5.000 años, y es evidente que la Esfinge se encuentra plenamente integrada en el complejo funerario de Kefrén. Aunque eso por sí mismo no prueba que fuese esculpida entonces, el estudio de la secuencia de construcción de los dos templos parece mostrar, más allá de toda duda, que el del Valle precede al de la Esfinge, mientras que los bloques de caliza con los que está hecho este último proceden del mismo estrato que los de la gran estatua, lo cual implica que ésta también se construyó con posterioridad al templo del Valle. Estos templos tienen una estructura similar a la de muchos otros de la IV Dinastía, lo que avala la idea de que son contemporáneos. Los geólogos, por su parte, apuntan entre otras razones a la formación de cristales de sal para explicar parte del proceso de erosión, aunque tanto Schoch como Reader replican que ninguna de las alternativas propuestas permite explicar el tipo de erosión observada en la parte posterior de la esfinge, así como en algunas zonas del cuerpo. Asimismo, indican que las superficies de otros monumentos tanto contemporáneos como posteriores nunca muestran un aspecto similar. Por otro lado, la mayoría de los geólogos consideran que las conclusiones de Schoch acerca de los estudios de sismología llevados a cabo son precipitadas y muy cuestionables, dado que la supuesta erosión diferencial puede ser achacada simplemente a la distinta consistencia de las zonas de la roca.
Para echar más leña a la disputa, los últimos estudios climatológicos demuestran que la transición de un clima húmedo a otro mucho más seco se produjo en realidad mucho después de lo que opina Schoch, por lo que cierta erosión debida a la lluvia pudo muy bien tener lugar durante la IV Dinastía(*). En cuanto al pequeño tamaño de la cabeza, la mayoría de los arqueólogos piensan que, simplemente, los egipcios aprovecharon una protuberancia natural en la roca, sin preocuparse demasiado por las proporciones. Por supuesto, la total ausencia de inscripciones y documentos en los monumentos de la época no ayuda a arrojar luz sobre la polémica.
A día de hoy, el debate continúa, alimentado por la enorme popularidad que la hipótesis de Schoch tiene entre los creyentes en supuestas civilizaciones desaparecidas. Sin embargo, la integración de la Gran Esfinge dentro del complejo de Kefrén, los análisis que avalan la secuencia de su construcción, el resto de las pruebas arqueológicas y el estudio comparativo de la célebre cabeza con otras efigies del hijo de Keops, apuntan a que la estatua fue tallada durante la IV Dinastía, por no hablar de que no existe el menor rastro de una cultura en la zona que fuese anterior a la egipcia y que tuviese los medios y la tecnología necesarias para acometer semejante obra.
Queda por aclarar el espinoso asunto de la erosión del muro, un enigma rodeado de incógnitas que podría avalar la hipótesis de Reader, lo que, sin embargo, retrasaría la cronología de las primeras fases de la construcción de la escultura más famosa del planeta como mucho unos cientos de años, pero que en modo alguno nos llevaría, como les gustaría a los partidarios de Schoch, a una fecha anterior en miles de años al Egipto de los faraones.
¡Hasta pronto!

(*) Aún hoy en día el clima de Egipto se caracteriza por lluvias escasas, pero torrenciales.

jueves, 21 de mayo de 2015

La tumba líquida de Qín Shi


El primer emperador según una representación del s XIX
 
 

La tumba líquida de Qín Shǐ


Si hay un descubrimiento arqueológico que ha alimentado la imaginación del gran público ese es, sin duda, el del llamado “ejército de terracota”, una impresionante colección de más de seis mil estatuas diferentes de guerreros, caballos y carros de combate que protegían el tránsito al otro mundo de Qín Shǐ Huáng Dì, el legendario primer emperador de China. Las figuras ocupan una parte del gigantesco mausoleo de dos kilómetros cuadrados de superficie, que según las crónicas tardó 38 años en ser construido por cientos de miles de obreros y en cuyo interior se oculta todavía la tumba con los restos mortales del emperador.
 
Sin embargo, y aunque fue localizado desde hace décadas, el gobierno chino no autoriza todavía a los arqueólogos la entrada al interior del recinto, a pesar de las inimaginables riquezas que se supone contiene. ¿El motivo? Las trampas mortales que según los escritos antiguos se encuentran por doquier, dispuestas a liquidar al primero que se aventure a entrar en la tumba, así como la presencia en ella de elevados niveles de mercurio, ese tóxico metal líquido con el que se dice que el emperador ordenó rellenar el cauce de los ríos que atravesaban un enorme mapa de sus dominios, situado bajo una simulación del cielo nocturno en el que relucientes piedras preciosas hacían las veces de estrellas.
 
Qín, que vivió en el siglo tercero antes de nuestra era, fue un gran militar y estadista, pero también un megalómano donde los hubiera. Tras derrotar a todos sus rivales, terminando con el llamado “Período de los Reinos Combatientes”, hacia 221 a.C. unificó un enorme territorio bajo su control y comenzó a llevar a cabo una serie de obras faraónicas por las que debía ser recordado para toda la eternidad, incluyendo entre ellas una gigantesca red de carreteras, la célebre Gran Muralla y el mausoleo. Pero además, y a medida que envejecía, Qin se obsesionó con la inmortalidad, buscando por todos los medios la forma de conseguirla. Entre otras muchas intentonas, en una ocasión envió una expedición a una mítica montaña en la que supuestamente residía un mago con más de mil años de edad, y se dice que mandó quemar cualquier libro que no estuviese enfocado en los secretos de la alquimia y el elixir de la inmortalidad. Enormes recursos del reino fueron desviados a la insensata búsqueda y muchos sabios murieron simplemente para que Qín comprobase si eran capaces de resucitar.
 
Tras comprobar que nada de esto funcionaba, el anciano emperador volcó sus esperanzas en el mercurio, la brillante “plata líquida” a la que los chinos atribuían propiedades curativas para heridas y fracturas, además de para mejorar la salud y, por supuesto, alargar la vida. Tan fascinado como desesperado, Qín exigió a sus médicos y alquimistas que le aplicasen un tratamiento a base de mercurio que le volviese inmortal. Bajo la amenaza de una muerte segura en caso de no complacerle, los galenos de la corte suministraron a Qín píldoras de mercurio y polvo de jade que acabaron por matarle, dándose la paradoja de que un guerrero que sobrevivió a innumerables batallas y varios intentos de asesinato acabó sucumbiendo a su propia obsesión por no dejar de vivir.
 
En cualquier caso, en descargo de Qín hay que decir que no fue el único monarca de la antigüedad obsesionado con el mercurio. Los faraones se lo aplicaban en forma de ungüento y los griegos y los romanos hacían cosméticos con él. Por su parte, los gobernantes mayas y árabes construían piscinas de este metal líquido y la creencia en sus propiedades milagrosas se extendió a lo largo de la Edad Media por toda la Cristiandad. Por tanto, no juzguemos con demasiada dureza al bueno de Qín Shǐ Huáng. Después de todo, no hizo más que emplear el mercurio para buscar aquello que tantos humanos hemos anhelado a través de las religiones; trascender esta vida terrenal y asegurarnos el futuro en el “más allá”.
 
¡ Hasta pronto!

viernes, 8 de mayo de 2015


La xilografía de Hans Glaser, tal y como se conserva en Zúrich
 
 

La “batalla” del cielo de Núremberg


De acuerdo con lo reflejado en una famosa xilografía confeccionada en Alemania por el grabador e impresor Hans Glaser, entre las 4 y las 5 de la mañana del 14 de Abril de 1561 tuvo lugar frente a la ciudad de Núremberg un extraño fenómeno celeste, que ha sido interpretado por muchos como una prueba irrefutable de la visita de naves extraterrestres a nuestro planeta. En efecto, según la descripción de Glaser, un gran número de personas pudo contemplar aquel día  cómo durante la salida del Sol:
“Primero el sol mostró y fue visto con dos trazos de color sangre, medio redondos como la luna menguante directamente a través del sol, y en el sol, encima, debajo y a ambos lados destacaban orbes redondos de color sangre y en parte azulados o del color del hierro, también negros. Lo mismo a ambos lados y en placas circulares alrededor del Sol- había semejantes orbes de color sangre y los otros en gran número, colocados tres en fila, algunas veces cuatro en cuadrado, también muchos solos. Y entre tales orbes se han visto muchas cruces de color sangre, y entre tales cruces y orbes había tiras de color sangre…Mezclados junto con otros destacaban dos tubos grandes, uno a la derecha y otro a la izquierda, en estos pequeños y grandes tubos había tres, cuatro o más orbes. Estos comenzaron a luchar todos juntos, los orbes en el Sol se movieron hacia los que estaban a los lados, de modo que, los que estaban fuera, entraron junto con los orbes fuera de los tubos grandes y pequeños dentro del sol. También los tubos se movieron unos hacia los otros como los orbes y todos lucharon y batallaron unos con otros durante cerca de una hora. Y después de la batalla, que se desplazó durante un rato dentro y otra vez fuera del sol de un lado a otro con la mayor violencia, agotado el uno por el otro, todo cayó (como se ha dibujado arriba) desde el sol y el cielo a la tierra, como si ardiese todo junto y desapareció poco a poco sobre la tierra en una gran humareda. Después de estos sucesos, se ha visto algo como una lanza negra de gran longitud y grosor, el eje desde donde sale el sol y la cabeza hacia donde se pone…
¿Estamos pues ante la descripción de una auténtica “batalla celeste” entre naves alienígenas, en la más pura tradición de Star wars? El sentido común nos dice que parece raro que un combate de semejante magnitud y duración fuese observado solo desde Núremberg y que no se haya conservado resto alguno de las supuestas naves siniestradas. Además, nótense las continuas referencias a la simetría del fenómeno, así como la aparente ausencia de ruido, algo insólito en una confusa batalla. Pero, si no se trató de un combate aéreo, ¿qué fue lo que sucedió aquella mañana?
El análisis detallado de la descripción que da Glaser apunta a un fenómeno atmosférico conocido como “parhelio”, en el que partículas de hielo acumuladas en nubes altas actúan a modo de prismas, reflejando y refractando la luz de modo que se observan manchas brillantes de colores, que en muchos casos se asemejan a esferas o a cruces(*). En las mañanas frías de las altas latitudes de Europa Central, este infrecuente fenómeno no es excepcional, y los reflejos, que incluyen arcos, halos, “tiras” y “orbes” de distintos colores, se sitúan alrededor del astro de forma simétrica y luego se van desplazando a medida que el sol se eleva en el firmamento, algo que puede explicar los movimientos descritos por los testigos, ya que el relato no menciona que los objetos disparasen rayos o proyectiles, sino que parecían dirigirse los unos hacia los otros. La curiosa “lanza negra” y la “humareda” se asocian también a filamentos que se producen en las nubes cargadas de cristales, así como a las sombras que proyectan.
En la época en la que se produjo el avistamiento, que por supuesto fue interpretado en su día en términos religiosos, las xilografías hacían a menudo las veces de lo que hoy se conoce como prensa sensacionalista, centrándose en la descripción de fenómenos e incidentes extraños o de carácter violento. En este sentido, las ilustraciones que acompañaban a los textos estaban diseñadas para impresionar a la audiencia, incluyendo elementos de la propia cosecha del autor que servían para enriquecer la historia, haciéndola más atractiva y permitiendo la venta de más copias. De hecho, cerca de la cuarta parte de los sucesos narrados en estos auténticos “tabloides” del siglo XV hacían referencia a auroras boreales y otros fenómenos atmosféricos a los que podía dotarse de un sentido religioso, algo que convenía mucho a una Iglesia en guerra con la reforma protestante.
Por tanto, puede decirse casi con toda seguridad que la célebre “batalla de Núremberg” no fue más que un fenómeno atmosférico sorprendente al que la ambición de los editores y el pensamiento mágico típico de la época adornaron con una aureola de misterio. El mismo misterio que hoy en día los apóstoles de las pseudociencias siguen vendiendo a los incautos que tienen un conocimiento insuficiente de la verdadera realidad, esa que no necesita disfrazarse de nada para resultar de por si fascinante.
¡Hasta la próxima!
(*) De hecho, varios documentos medievales representan este fenómeno en forma de arcos y de cruces que rodean al astro rey.

jueves, 23 de abril de 2015


Uno de los montajes de Mumler
 
 

Fantasmas en exposición

 
William H. Mumler era un joven grabador y joyero, muy aficionado a la nueva técnica de la fotografía, que en 1861 descubrió, al hacerse un auto-retrato, como la forma misteriosa de una chica joven aparecía de manera enigmática en el negativo. Aunque tardó un tiempo en darse cuenta, lo que Mumler había descubierto por casualidad no era otra cosa que el célebre método de la doble exposición, consistente en disparar dos fotos seguidas, una detrás de la otra, sin pasar el carrete. De esta forma, se utiliza el mismo espacio para mostrar dos imágenes diferentes una encima de la otra, con resultados a menudo impresionantes. Hoy en día, la técnica parece trivial, pero durante la segunda mitad del siglo XIX protagonizó uno de los mayores escándalos de la denominada “edad de oro del espiritismo”.
Mumler, que por aquel entonces contaba con 29 años y era muy avispado, se dio cuenta de inmediato del potencial de la nueva técnica para engañar a los incautos. Alan Kardec había publicado cuatro años antes El libro de los espíritus, uno de los best-seller más influyentes de todo el siglo XIX, inaugurando la fiebre del espiritismo. Al  mismo tiempo, en Norteamérica la Guerra Civil estaba costando cientos de miles de vidas, llevando la angustia de los familiares a buscar desesperadamente cualquier indicio de la “supervivencia” de sus seres queridos. Al principio, Mumler hizo correr medio en broma la noticia de que había conseguido fotografiar a una prima suya ya fallecida, pero cuando comprobó la repercusión de la noticia decidió abandonar el oficio de joyero, instalando un estudio primero en Boston y después en Nueva York en donde fotografiaba a la gente potentada en compañía de los espíritus de los difuntos.
Por supuesto, el “fantasma de la prima” no era, con toda seguridad, más que el residuo de un negativo anterior capturado con la misma placa. Pero, por increíble que pueda parecer, tanto esta como todas las posteriores manipulaciones de Mumler, la mayoría de ellas consistentes en exposiciones previas de fotografías que el antiguo grabador solicitaba a los familiares con objeto de “facilitar la entrada en contacto” con el muerto, tuvieron un éxito arrollador, convirtiendo al antiguo grabador en un experto fotógrafo del “más allá” que cobraba a sus clientes cinco veces el precio de una fotografía normal.
Sin embargo, aunque sus extraordinarios montajes conseguían convencer a muchos escépticos, no todo el mundo se tragó los trucos de Mumler. Varios fotógrafos se dedicaron a explorar la técnica de la doble exposición y denunciaron lo que ellos consideraban un fraude, apuntando a que los supuestos espectros proyectaban sombras en direcciones distintas a las de las personas reales que aparecían en las fotografías, un indicio claro de la existencia de un montaje. Aparte de eso, a Mumler se le acusó de robar fotos, de incluir imágenes de personas que estaban vivas haciéndolas pasar por difuntos y de otras lindezas por el estilo. En 1869, las quejas contra el “fotógrafo de los espíritus” desembocaron en su detención, seguida de uno de los juicios más mediáticos de la época, en el transcurso del cual la acusación llamó a declarar al mismísimo P.T. Barnum, el polémico rey del show business que mostró al tribunal lo fácil que era trucar una fotografía. Sin embargo, la propia fama de embaucador de Barnum, responsable de fraudes resonantes como el de la “sirena de las Fidji” o el “gigante de Cardiff”, no ayudó demasiado a la causa y Mumler fue absuelto por falta de pruebas, algo que los partidarios del espiritismo celebraron como una gran victoria.
Mumler continuó haciendo fotos, algunas de ellas célebres como la que le hizo a la viuda de Lincoln con el fantasma de su marido, hasta su muerte en 1884, pero sus finanzas nunca se recuperaron de los gastos que le supuso el juicio. Mantuvo hasta el final que sus fotografías no eran un fraude, pero quemó todos los negativos poco antes de morir. Así, nadie ha podido comprobar en profundidad el tipo de trucos que utilizó este auténtico maestro de la fotografía, uno de los inventores del método de la doble exposición que puso todo su talento al servicio de los creyentes en el “más allá”.
¡Hasta pronto!

viernes, 10 de abril de 2015


El HMS Britannia, torpedeado en 1918 por el submarino alemán UB-50
 
 

Convoyes, submarinos y chapuzas matemáticas

 
Que las matemáticas son imprescindibles para el buen funcionamiento de la ciencia es bien sabido. Que lo son para la correcta administración de las naciones en tiempo de guerra también lo es. Sin embargo, no muchas personas están al tanto del curioso papel que el deficiente conocimiento de las matemáticas más sencillas por parte de algunos oficiales ingleses jugó en el desarrollo de la Batalla del Atlántico, durante la Primera Guerra Mundial.
 
A poco de comenzar la guerra, el Almirantazgo se vio sorprendido por la eficacia del submarino, un arma nueva que los alemanes utilizaban con gran habilidad, sobre todo como medio de sabotear las rutas comerciales de los aliados. Cuando en 1917 el almirante Tirpitz ordenó una campaña sin restricciones a lo largo de las costas inglesas, los aliados llegaron a perder más de tres millones de toneladas de buques mercantes en menos de seis meses, lo que puso a Inglaterra literalmente contra las cuerdas. La solución al problema era, obviamente, la implantación de un sistema de convoyes como el  que en tiempos inauguró el Imperio español, pero influyentes oficiales del Almirantazgo rechazaron la posibilidad porque les parecía que juntar los barcos simplemente aumentaría la probabilidad de que se produjesen pérdidas, sin pararse a pensar que el perímetro de unas naves agrupadas es mucho más fácil de defender que el de los barcos navegando por separado.
 
El colmo de los despropósitos tuvo lugar cuando el contraalmirante Duff, Jefe de la División Antisubmarina y un burócrata de la peor tradición, mantuvo a los miembros del Alto Mando en la higuera suministrándoles interminables estadísticas según las cuales la amenaza no era tan seria, ya que de entre unas cinco mil entradas y salidas semanales de barcos solo se perdían unos cuarenta, es decir, menos del 1%. Pero las estadísticas estaban mal. De hecho, terrible y ominosamente mal. Los subalternos de Duff no solo contabilizaban todo tipo de embarcaciones, incluyendo ferries, pequeños pesqueros y cosas por el estilo, sino que contaban todas las entradas y salidas de cada barco. Por increíble que pueda parecer, los ingleses tardaron meses en descubrir que el número real de barcos mercantes diferentes que entraban o salían cada semana del país era ¡tan solo de 130!, lo que significaba que cada semana los submarinos alemanes hundían ¡más de la cuarta parte! Como recuerda Geoffrey Reagan en su magnífica obra, The Guiness book of Naval Blunders, eso solo significaba una cosa: la paralización inminente de todo el comercio británico y la subsiguiente derrota de la Gran Bretaña.
 
Cuando el primer ministro Lloyd George recibió la noticia de que, a menos que hiciese algo en seguida, tendría que capitular ante los alemanes, no pudo por menos que exclamar, completamente atónito:
 
¡Qué asombroso error de cálculo! La metedura de pata en la que han basado toda su política es un batiburrillo aritmético que no habría sido perpetrado por el empleado más humilde de cualquier oficina.”
 
Amenazados de despido, los funcionarios del Almirantazgo montaron por fin un sistema de convoyes, aunque a regañadientes. De hecho, ordenaron que el sistema fuese puesto en práctica solamente para los barcos que volvían a casa, con la consecuencia de que, a partir de ese momento, los alemanes solamente hundían los que salían de casa. Entonces, al primer ministro se le agotó la paciencia y despidió fulminantemente a parte de la  cadena de mando, incluyendo al primer lord del mar, Sir John Jellicoe. Convenientemente escoltados, los convoyes comenzaron a surcar los mares casi sin oposición, el mal momento pasó y los otrora temibles sumergibles del káiser perdieron la batalla.
 
Por lo demás, dicen las malas lenguas que el nuevo lord del mar ordenó someterse a un curso acelerado de matemáticas a todos los miembros de la Oficina del Almirantazgo.
 
¡Hasta la próxima!