viernes, 21 de noviembre de 2014


Eric Welsh (segundo por la derecha) en una reunión
 

 Si envenenamos calcio con boro los rusos se quedan sin bomba

 
El comandante británico Eric Welsh fue uno de esos personajes fabulosos que produjo la Segunda Guerra Mundial.  Químico de profesión y afincado en Noruega, al comienzo de la guerra ingresó en el mítico SIS (*), precursor del célebre MI-6, para encargarse de la rama noruega de dicha organización. Entre sus actividades, que incluyeron más de cien acciones de inteligencia en la Noruega ocupada, destacan hazañas como el haber sacado de Dinamarca en 1940 al gran físico atómico Niels Böhr, poniéndolo fuera del alcance de los alemanes, o el haber sido el cerebro de la operación de sabotaje que tuvo lugar en 1943 en la fábrica de agua pesada Norsk Hydro, en Noruega, que supuso el golpe de gracia para el ya maltrecho programa nuclear alemán. Pero, por encima de todo, fue el principal impulsor de la Operación Spanner, una de las acciones fallidas de sabotaje más extraordinarias de la historia.
En el otoño de 1945, alarmados por el éxito del Proyecto Manhattan y la subsiguiente explosión de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, los soviéticos aceleraron su propio programa nuclear con objeto de equilibrar la balanza con los americanos en el terreno militar. Para ello, entre otras cosas, se hicieron con los servicios de ilustres científicos alemanes que habían participado en el fracasado proyecto nazi y con las instalaciones que se encontraban distribuidas por toda la zona oriental de la Alemania ocupada. Así, desde finales de 1946 tanto el OSS (desde 1947 la CIA) como el MI-6 empezaron a recibir noticias de que en la fábrica alemana de Bitterfeld se estaban produciendo grandes cantidades de calcio metálico que se exportaban a la URSS para la obtención de uranio de gran calidad mediante la reducción de fluoruro de uranio con calcio.
Pero químico como era, Welsh sabía que bastaba una pequeñísima cantidad de boro (por encima de una parte por millón) para detener una reacción nuclear ya que el isótopo de boro-10 tiende a absorber los neutrones para convertirse en boro-11. Los americanos habían producido en secreto boro-10 de gran pureza en el contexto del Proyecto Manhattan, y el legendario espía disponía de un agente en Bitterfeld que podía contaminar el calcio. A pesar de arrostrar diversas dificultades, el proyecto anglo-americano se puso en marcha a mediados de 1948, pues los aliados opinaban que los soviéticos no disponían de la tecnología necesaria para detectar cantidades ínfimas de boro en el calcio. Sin embargo, el proyecto se malogró. El misterioso hombre de Welsh que trabajaba en la factoría empezó a temer por su futuro al darse cuenta de que un simple test de absorción de neutrones mostraría a los rusos que una partida entera de uranio había sido inutilizada, lo que les haría sospechar inmediatamente de los trabajadores de la fábrica alemana. Además, la producción se detuvo durante meses, pues los rusos ya tenían suficiente. Finalmente, en Agosto de 1949 los soviéticos hicieron explotar en secreto su primer artefacto de prueba, adelantándose en casi un año a las estimaciones de los americanos, que habían infravalorado claramente la capacidad tecnológica del Imperio soviético y el estatus de su proyecto nuclear.
Como carecía ya de sentido, la Operación Spanner fue cancelada y el boro devuelto a Estados Unidos vía Londres, donde fue reciclado en secreto. Los rusos jamás tuvieron noticia alguna de la operación, a pesar de la presencia de los famosos espías inmortalizados en las novelas de John LeCarré, Donald McLean, por aquel entonces secretario del  U.S.-UK Atomic Policy Committee, y "Kim" Philby, el representante del MI-6 en la CIA, ya que Welsh prefería despachar directamente con el jefe del MI-6, el famoso “M” de las películas de James Bond.
Así terminó uno de los más ingeniosos y audaces intentos de sabotaje que registra la historia, del que el mundo no supo nada durante décadas, hasta que la CIA decidió desclasificar la documentación al respecto. La que revela que un buen día de 1948, a un legendario agente secreto con 20 años de experiencia como químico se le ocurrió estropear el programa nuclear ruso con tan solo un poquito de boro.
¡Hasta la próxima!
(*) Secret Intelligence Service

sábado, 8 de noviembre de 2014

Calavera conservada en el Museo Británico
 

El fraude de las calaveras de cristal

 
Conocidas desde hace ciento cincuenta años, las llamadas calaveras de cristal han sido popularizadas en novelas, series y películas de ciencia ficción, tales como la última entrega de la saga de Indiana Jones. Para muchos de los miembros del movimiento New Age o de la teoría de los antiguos astronautas estas esculturas talladas en cristal de cuarzo proceden sin duda de alguna civilización desaparecida, cuando no directamente de los extraterrestres, poseyendo incluso poderes extraordinarios que hacen palidecer de asombro a la ciencia moderna. Sin embargo, un examen atento de su historia y características muestra que se trata de objetos manufacturados, al menos en su mayoría, poco antes de ser aparentemente descubiertos, careciendo por completo de extraños poderes y no siendo, por tanto, nada misteriosos.
 
El más famoso de estos cráneos es el llamado Mitchell-Hedges, supuestamente encontrado en 1924 por la adolescente Anna Le Guillon Mitchell-Hedges mientras acompañaba a su padre adoptivo en una excavación en la antigua ciudad maya de Lubaantun, en Belice, donde el aventurero esperaba encontrar nada menos que las ruinas de la Atlántida. Sin embargo, y al margen de las evidencias que apuntan a que los detalles de la historia son en su mayoría inventados, existen pruebas documentales de que Mitchell-Hedges padre adquirió la pieza en Londres a mediados de la década de los cuarenta. Asimismo, las pruebas realizadas en los últimos años han demostrado que el cristal del que esta hecha la escultura ha sido tallado con una herramienta moderna, siendo probablemente una copia efectuada en los años treinta de la calavera que se exhibe en el Museo Británico desde 1898.
 
Esta última pieza, al igual que otra que se encuentra en París, en el Museo del muelle Branly, obraba originalmente en poder de Eugène Boban, un anticuario que comerciaba con artefactos precolombinos durante la segunda mitad del siglo XIX. Al igual que en el caso del Mitchell-Hedges, los exámenes realizados con microscopio electrónico y tomografía computerizada en la Institución Smithsonian delatan la utilización de herramientas comunes en la época mencionada. El año pasado, nuevos estudios sobre el cráneo de Paris han encontrado en él la presencia de carburo de silicio, un abrasivo que no empezó a utilizarse en los talleres hasta el siglo XX. Hoy en día, todas las pruebas disponibles apuntan a que varias de las calaveras fueron fabricadas en Alemania, probablemente entre 1867 y 1886, fechas que coinciden con las polémicas actividades de Boban, mientras que otras parecen ser copias posteriores de los originales decimonónicos.
Lo cierto es que, a finales del siglo XIX, el gran interés que suscitaban los sensacionales descubrimientos de las antiguas ruinas precolombinas en las selvas del Yucatán y otros lugares dieron pie a la proliferación de todo tipo de falsificaciones. Por un lado, los auténticos cráneos y máscaras de piedra de las antiguas civilizaciones de Mesoamérica son mucho más estilizados que las calaveras modernas y presentan evidencias claras del uso de herramientas más o menos primitivas. Asimismo, ninguno de los antiguos mitos y leyendas que se han conservado desde la época precolombina hace referencia a las calaveras de cristal. Es casi seguro que Boban ideó el fraude para obtener notoriedad, haciéndolo formar parte de su más que lucrativo negocio de tráfico de piezas arqueológicas, en el que se mezclaban auténticas antigüedades con falsificaciones más o menos descaradas. Algunas de tales piezas acabaron en los museos en una época en donde todas las instituciones competían por hacerse con los mejores ejemplares y no se hacían demasiadas preguntas, alimentando la leyenda de que las extrañas calaveras habían sido confeccionadas empleando una técnica asombrosa y desconocida. Una técnica que, sin embargo, solo cobra vida en los sueños de los seguidores de la teoría de los antiguos astronautas y en su indomable capacidad para negar toda evidencia.
¡Hasta pronto!