jueves, 19 de diciembre de 2013


Publicidad del  "Revigator"
 

Beba usted agua radiactiva

 
Lejos de ser una práctica moderna, la costumbre de aprovechar los descubrimientos científicos  para tratar de venderle a la gente remedios o cosméticos más o menos milagrosos es tan vieja como la propia ciencia. Aunque hay muchos ejemplos de ello, quizás el caso más extravagante fue la distribución industrial de productos radiactivos supuestamente beneficiosos para la salud durante las primeras décadas del siglo XX
Al poco tiempo de descubrirse el fenómeno de la radiactividad, comenzaron las especulaciones acerca de sus supuestos efectos beneficiosos para todo tipo de dolencias e inconvenientes. De esta forma, y sin esperar a que la actividad investigadora esclareciese cuales eran los verdaderos efectos de la radiación sobre el cuerpo humano, comenzó a desarrollarse una floreciente industria de productos radiactivos “milagrosos”, sobre todo en los Estados Unidos. Esta línea de productos incluía desde pastas de dientes, cremas de belleza, jabón, servilletas, pendientes o pisapapeles, hasta chocolate y botellas de agua irradiada. En este último caso, la idea era que el agua normal que bebemos estaría “desnaturalizada”, faltándole un componente esencial que no era otro que la radiación natural. Al asociar esta idea con la muy arraigada creencia en los beneficios para la salud asociados al consumo de agua procedente de determinados manantiales, los vendedores de humo consiguieron arrasar en el mercado.
Los anunciados beneficios de la radiactividad  parecían incontables: Podría curar la gota y el  reumatismo,  la diarrea y el dolor de estómago o la impotencia, la artritis y las lesiones de la piel. Según la carta que un tal Dr.Davis envió al “American Journal of Clinical Medicine”,  "la radioactividad previene la locura, despierta nobles emociones, retrasa el envejecimiento y da lugar a una vida espléndida, juvenil y dichosa."  Las marcas de productos radiactivos comenzaron a extenderse, con componentes tan peligrosos como las sales de uranio, de radio o de torio. Un producto llamado “Radioendocrinator”, con el equivalente a 250 microcurios de radiactividad, estaba diseñado nada menos que para ser colocado sobre el cuerpo, en la vecindad de diversas glándulas endocrinas. Otro, denominado “Revigator”, consistía en un carísimo dispensador  de agua irradiada del que se vendieron miles de ejemplares en las décadas de los 20 y los 30. La compañía propietaria de la patente, “Radium Ore Revigator Company”, abrió sucursales a lo largo y ancho de los Estados Unidos mientras las instrucciones del producto recomendaban el beberse un promedio de 6 o más vasos diarios y su publicidad aseguraba que “…la familia dispone de dos galones de auténtica, saludable agua radiactiva… la vía natural hacia la salud.”

Aunque estudios recientes han demostrado que el agua del “Revigator” era más peligrosa por su contenido de metales tóxicos (arsénico y plomo, sobre todo) que por su nivel de radiactividad, no puede decirse lo mismo de alguno de sus competidores. En concreto, el agua de cada una de las botellas de otro producto llamado “Radithor”, del que se vendieron  cientos de miles de unidades entre la clase pudiente norteamericana, contenía como mínimo un microcurio de radio 226 y otro de radio 228. Anunciado como “una cura para los muertos vivientes” y para la impotencia masculina,  el producto sacudió a la opinión pública en la primavera de 1932 al provocar la espantosa muerte de Eben Byers, un famoso millonario y deportista que consumía varias botellas de “Radithor” al día y que, en contraste con la publicidad, se convirtió en un auténtico muerto en vida antes de fallecer con los huesos destrozados por la radiación.
A partir de dicho incidente, la administración norteamericana se tomó en serio el asunto, prohibiendo el consumo incontrolado de productos radiactivos. Una decisión de lo más juiciosa pues, tal y como tituló el Wall Street Journal su artículo sobre el incidente Byers, "The Radium Water Worked Fine Until His Jaw Came Off" (*)
(*) “El agua de radio funcionó bien hasta que se le cayó la mandíbula”.
¡Hasta la semana que viene!

domingo, 8 de diciembre de 2013

La polémica de la "pila" de Bagdad

La vasija, el cilindro y la varilla, por ese orden.

La polémica de la "pila" de Bagdad


De entre todos los descubrimientos enigmáticos relacionados con la historia de la tecnología, quizás uno de los que ha hecho correr más ríos de tinta es el de la así llamada “pila (o batería) de Bagdad”. Para algunos, se trata de una prueba de que la electricidad era mejor conocida en la antigüedad de lo que se suponía. Para la mayoría, estamos únicamente ante un curioso objeto cuya utilidad real se desconoce, pudiendo ser desde una representación de Shiva a un contenedor de documentos. Ejemplo paradigmático de lo que se ha venido a denominar como “objeto fuera de su tiempo” (1), su estudio no ha dejado a nadie indiferente.

El objeto en cuestión es un pequeño jarrón de barro, de unos 15 cm de altura, que contiene en su interior un cilindro de cobre y una varilla de hierro. La boca del jarrón está unida al cilindro a través de un tapón de brea, y el cilindro está tapado en su base por un disco de cobre con los bordes doblados que sostiene otro tapón bituminoso. La costura del cilindro está soldada con una aleación de estaño. A su vez, la varilla de hierro parece haber estado revestida de una capa de aleación de plomo, y presenta muestras evidentes de corrosión.

El extraño artefacto, datado entre los años 248 a.C. y 226 d.C., cuando el actual Irak formaba parte del reino de los partos, fue examinado en 1957 por el arqueólogo alemán Wilhelm König, quién llamó la atención acerca de que el objeto tenía la apariencia de una pila electrolítica. Años más tarde, Willard F.M. Gray, un ingeniero norteamericano que trabajaba para la General Electric, construyó una réplica de la supuesta pila y experimentó con diversos electrólitos, hasta conseguir que el aparato generase una corriente de unos 0,5 Voltios empleando una disolución de sulfato de cobre. Por su parte, el egiptólogo alemán Arne Eggebrecht repitió el experimento en los años 70 utilizando zumo de uva, un electrólito mucho más accesible para los antiguos partos. En esta ocasión, el experimentador obtuvo una corriente de 0,87 V. Otros investigadores han obtenido voltajes cercanos a 1,5 V.

Estos experimentos han levantado una considerable controversia. Por un lado, algunos investigadores sospechan que el proceso de dorado y plateado al que han sido sometidas algunas joyas y otros objetos antiguos encontrados en la región podría haberse llevado a cabo utilizando electrólisis, en lugar de mediante martilleo y posterior calentamiento, por lo menos en algunos casos. Por otra parte, los escépticos argumentan que no hay prueba alguna de lo anterior, y que resultaría tan sorprendente que los antiguos partos hubiesen descubierto y utilizado el principio de la pila eléctrica unos 2,000 años antes de Volta que es preciso valorar otras alternativas.  De hecho, no se ha encontrado resto alguno del conductor de corriente que hubiese servido para cerrar el circuito, ni tampoco del electrólito original, lo que prácticamente descarta  que  la vasija haya sido empleada como pila. Además, lo cierto es que muchos dispositivos en dónde se utilizan dos metales diferentes son perfectamente capaces de generar una corriente eléctrica en determinadas condiciones, aunque no sea ese en absoluto su propósito. Por lo demás, la escasa potencia del aparato no parece que hubiese permitido obtener buenos resultados en un tratamiento de galvanizado, a no ser que el proceso hubiese durado largo tiempo, en cuyo caso la corrosión del aparato debería haber sido mayor.

Pero si no se utilizaba para la electrólisis, ¿para qué servía semejante objeto? No tenemos respuesta para eso, y es posible que nunca la tengamos. Al igual que muchas otras piezas valiosas, la curiosa “pila” de Bagdad fue robada en el año 2003 durante el saqueo del Museo Nacional de Irak y desde entonces no ha vuelto a aparecer.

¡Hasta la semana que viene!

(1)  Un “objeto fuera de su tiempo” desafía supuestamente la cronología establecida para el desarrollo de la ciencia y la tecnología. La mayoría de ellos son muy controvertidos, siendo considerados como sujeto de malas interpretaciones por parte de personas con pocos conocimientos científicos, cuando no simplemente como fraudulentos.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Pons (izda.) y Fleischmann (dcha.)
 

El fiasco de la energía barata

 
Hambrienta de energía y acosada por el cambio climático, la humanidad lleva décadas esperando el advenimiento de la fusión nuclear, la fuente de energía definitiva, inagotable y limpia, que nos libre para siempre del temor al agotamiento de los recursos naturales. Los innumerables problemas técnicos y la gigantesca inversión necesaria para confinar el deuterio a temperaturas similares a las del sol hacen que la espera resulte larga y difícil de asumir. Por eso, cuando ocasionalmente sale a la palestra alguna noticia sobre la “fusión fría” una supuesta forma de obtener la conversión del deuterio en helio a bajas temperaturas, a los devotos de las pseudociencias se les hace la boca agua, al menos durante el tiempo que dura la, por descontado, falsa alarma.
 
El más famoso incidente relacionado con la llamada “fusión fría” tuvo lugar en 1989, cuando los electroquímicos de la Universidad de Utah, Martin Fleischmann y Stanley Pons, creyeron genuinamente haberla encontrado. Mientras trabajaban en su laboratorio,  Fleischman y Pons detectaron una misteriosa emisión de energía en forma de calor, que incluso llegó a agujerear  la mesa, cuando se llevaba a cabo la electrólisis del agua pesada en presencia de electrodos de paladio. Espoleados por la perspectiva de hacerse ricos y pasar a la posteridad, y sin haber sometido sus resultados a revisión alguna, los dos intrépidos científicos anunciaron imprudentemente que habían encontrado un procedimiento mediante el que el deuterio se convertía en helio nada menos que a temperatura ambiente. La prensa mundial, siempre ávida de descubrimientos sensacionales, recogió la noticia, y Fleischmann y Pons se convirtieron de la noche a la mañana en celebridades.
 
Sin embargo, los descubrimientos “sensacionales” suelen mosquear bastante a los científicos más rigurosos. Desconcertados por el increíble resultado, varios grupos intentaron repetirlo con resultados nulos. Al poco tiempo, se organizó un congreso extraordinario en donde los dos electroquímicos quedaron desacreditados, al demostrarse que habían cometido todo un cúmulo de errores tanto en el desarrollo del experimento como en las técnicas de medición. A la misma conclusión llegó una comisión del gobierno estadounidense tras más de 5 meses de trabajo. En realidad, lo que sucede es que el paladio tiene una asombrosa capacidad para absorber el hidrógeno, en un proceso que todavía no se entiende del todo, pero que en modo alguno genera helio. Al parecer de la comunidad científica, las misteriosas emisiones de energía detectadas por Fleischmann y Pons no eran otra cosa que pequeñas explosiones químicas ocasionadas por la acumulación de hidrógeno, tal y como le había sucedido, por ejemplo, a los globos dirigibles tiempo atrás, o bien consecuencia de reacciones químicas provocadas por impurezas. Los dos electroquímicos simplemente se habían dejado llevar por sus sueños de gloria.
 
El inmediato descrédito de la “fusión fría”(*), un ejemplo paradigmático de “ciencia patológica”, no es más que otro recordatorio de lo importante que es el rigor para la mayor aventura de nuestra especie. Por lo demás, tendremos que esperar un poco más a que la auténtica fusión termonuclear llegue a tiempo de solucionar nuestros muchos problemas.
 
¡Hasta pronto!
 
(*) Desde el incidente descrito, se han producido y se siguen produciendo otros intentos de llevar a cabo la "fusión fría", aunque con el nuevo nombre de LENR (reacción nuclear de baja energía) con objeto de sortear la mala fama del nombre original. De momento, ninguno de ellos ha funcionado, aunque la utilización de láseres de alta potencia para provocar la ignición del deuterio podría resultar viable.

jueves, 7 de noviembre de 2013


Henry Cavendish
 

Cavendish, el científico excéntrico

 
Henry Cavendish (1731-1810) fue, probablemente, uno de los mejores científicos del siglo XVIII, conocido sobre todo por el descubrimiento del hidrógeno y por su famoso experimento de la balanza de torsión, que le sirvió para medir con gran precisión la densidad de la Tierra.
 
Sin embargo, la otra faceta por la que se ha hecho célebre tiene que ver con su extraña personalidad, caracterizada por una mezcla de excentricismo,  timidez y misoginia casi sin parangón en la historia de la ciencia y que ha llevado a pensar a muchos que el genial investigador británico era un autista de libro.
 
Cavendish, que era de familia noble, disponía de grandes recursos económicos que le permitían dedicar su tiempo a la ciencia. Vivía casi solo en una enorme mansión a las afueras de Londres, y, sin embargo, su vida social era prácticamente inexistente. Tenía un terror casi patológico al contacto humano, hasta el punto de entrar y salir por una puerta lateral e instalar una escalera privada por la que no permitía transitar a nadie, con objeto de no tener que encontrarse con ninguno de sus sirvientes cara a cara. Su ama de llaves tenía prohibido verle, recibiendo las instrucciones diarias por escrito. Dueño de una voz de timbre desagradable, evitaba por todos los medios a las mujeres, siendo un misógino irredento que, por supuesto, nunca se casó. En las raras ocasiones en que salía de casa, se vestía con ropas heredadas, la mayor parte pasadas de moda desde hacía casi un siglo.
 
Las únicas personas con las que Cavendish se sentía algo más cómodo eran otros científicos, pero su relación con ellos también estaba llena de rarezas y excentricidades. Aunque asistía regularmente a las sesiones de la “Royal Society”, nunca decía nada. Junto con hombres de la talla de Joseph Priestley, James Watt o William Herschel, formó parte de un curioso club denominado “Sociedad Lunar de Birmingham”, cuyos miembros se tachaban a sí mismos de “lunáticos” y se reunían, cual si de licántropos se tratase, únicamente en las noches de luna llena. Al margen de ello, el excéntrico científico experimentaba con la electricidad casi en secreto, aplicándose corrientes a sí mismo para estudiar cuales eran sus efectos.
 
El eminente astrónomo William Herschel nos ha dejado una muestra de primera mano del extraño carácter de Cavendish a través de una anécdota que le contó a su hijo y que se encuentra recogida en el excelente libro de Walter Gratzer, “Eurekas y Euforias” (*). Según ella, en una cena que tuvo lugar en 1786, Herschel estaba sentado al lado de Cavendish. Por aquel entonces, Herschel acababa de descubrir que las estrellas eran redondas, y toda la comunidad científica británica hablaba de ello. Sin embargo, su retraído vecino permaneció callado durante un buen rato, al cabo del cual le dijo repentinamente: “Me han dicho que usted ve las estrellas redondas, doctor Herschel”. “Redondas como un botón”, fue la respuesta del astrónomo. Siguió un largo silencio hasta que, hacia el final de la cena, Cavendish volvió a abrir sus labios para preguntar, con voz dubitativa: “¿Redondas como un botón?”. ”Exactamente, redondas como un botón”, repitió Herschel, y así terminó toda la conversación.
 
¡Hasta la semana que viene!
(*) Editorial Crítica.

jueves, 24 de octubre de 2013

Infantería australiana en Ypres, 1917
 

El científico que descendió al infierno

 
Fritz Haber (1868-1934) fue un científico muy peculiar. Pudo haber pasado a la historia únicamente como un gran benefactor de la humanidad. Sin embargo, y por razones psicológicas que parecen difíciles de comprender, Haber decidió poner todo su talento al servicio de la muerte, hasta el punto de haberse ganado a pulso el dudoso honor de ostentar el título de “padre de la guerra química”.
 
Hasta 1910, la única manera de obtener los codiciados nitratos para fabricar fertilizantes y explosivos era extraerlos de depósitos naturales, como el famoso “nitrato de chile”. Junto con su colega Carl Bosh, sobre esa fecha Haber desarrolló la síntesis catalítica del amoníaco a partir del nitrógeno atmosférico, un logro extraordinario por el que recibiría el Premio Nobel de Química en 1918. Los abonos nitrogenados desarrollados a partir del descubrimiento de Haber supusieron una revolución en la agricultura que está detrás de gran parte del crecimiento demográfico de la humanidad en el último siglo.
 
Sin embargo, y por mucho que dijera lo contrario, a Haber le importaban un bledo los fertilizantes. Era un fanático nacionalista con rasgos psicopáticos que únicamente intentaba dotar al Imperio Alemán con la capacidad de fabricar explosivos de nitrógeno de alta potencia. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se puso al frente del programa experimental de armas químicas del ejército, buscando por todos los medios como saltarse la Convención de La Haya de 1899 para la prohibición de las armas químicas que su gobierno había firmado.
 
Después de comprobar que los compuestos a base de bromo que venían utilizándose hasta la fecha producían poco más que la irritación de las mucosas, el grupo liderado por Haber experimentó con el cloro, hasta producir los terroríficos gases de los que nos hablan los libros de historia, en especial el fosgeno y el simpático “gas mostaza”, un agente vesicante que destruye las mucosas ocasionando espantosas lesiones y quemaduras. En ocasiones, el malvado químico llegó a dirigir personalmente los ataques en el campo de batalla con objeto de comprobar sus resultados. Aterrada al ver a lo que se dedicaba su marido, Clara, la primera mujer de Haber, se suicidó en el jardín de su casa pegándose un tiro.
Al acabar la contienda, y tras recibir el Nobel de Química por la síntesis del amoníaco, Haber fue acusado por las potencias aliadas de haber cometido crímenes de guerra (aunque ni que decir tiene que los aliados también habían utilizado gases), permaneciendo en Alemania hasta 1933, cuando se tuvo que exiliar por ser judío de origen. Murió al año siguiente, mientras buscaba refugio en Inglaterra, antes de poder comprobar como los nazis utilizaban un derivado de otro maléfico gas inventado por él, el Zyklón B, para asesinar a millones de personas en los campos de concentración, incluyendo a algunos de sus parientes.
 
Es lo que tiene el llevar a la ciencia hacia el lado oscuro. Pasas en poco tiempo del cielo al infierno.
 
¡Hasta la semana que viene!

jueves, 10 de octubre de 2013



Catedral de San Carlos de Bariloche
 

Perón, la fusión atómica

y los nazis de la Patagonia

Envuelta en un aura de misterio, la localidad de San Carlos de Bariloche, en la Patagonia argentina, siempre ha estado ligada a leyendas relativas a nazis escondidos (*) que han derivado en todo tipo de fantasías y especulaciones acerca del desarrollo de tecnologías revolucionarias (ovnis, propulsión anti-gravedad, etc…) en secretos laboratorios ubicados tanto en la misma Patagonia como en la vecina Antártida. Sin embargo, muchos de estos delirios tienen su origen en un pintoresco suceso que, por increíble que pueda parecer, es absolutamente verídico.
 
En la isla Huemul, situada en el lago Nahuel Huapi, al lado de esta famosa localidad, hay unas curiosas ruinas que todos los años atraen a cientos de turistas. Se trata de los restos del muy secreto “Proyecto Huemul”, en el que el gobierno de Juan Domingo Perón despilfarró el equivalente a 300 millones de dólares americanos durante la década de los 50 del pasado siglo intentando obtener energía barata mediante la fusión nuclear.
 
A finales de la II Guerra Mundial, algunos científicos alemanes habían llevado a cabo experimentos para estudiar la posibilidad de inducir reacciones termonucleares mediante el empleo de ondas de choque. De entre todos ellos, quizás el  más heterodoxo fuese Ronald Richter, de origen austriaco, quien propuso como método para conseguirlo el lanzamiento de partículas de alta velocidad sobre un plasma de deuterio, sin que ni el gobierno alemán ni sus colegas le hiciesen demasiado caso.
 
Pero, al acabar la guerra, entre los muchos nazis que se exiliaron a Argentina se encontraban tanto Richter como Kurt Tank, el prestigioso diseñador de aviones de la Luftwaffe. Por alguna razón, Tank creyó las afirmaciones de Richter acerca de la viabilidad de la fusión, y se lo recomendó al general Perón, quien creía a cierra ojos que cualquier científico procedente de Alemania debía ser una lumbrera, tipo Heisenberg o Von Braun. De esta forma, el populista presidente aprobó los fondos para la construcción, a partir de 1949, de un reactor experimental de fusión en la isla, en la confianza de que Richter le proporcionaría en breve una fuente de energía barata e inagotable con la que Argentina se pondría a la cabeza del mundo en materia de tecnología nuclear.  Por lo demás, el proyecto se desarrolló bajo un ocultismo absoluto, no pudiendo los científicos argentinos tener acceso a ningún aspecto del mismo.
 
Por desgracia, Richter no tenía ni mucho menos el genio que se le suponía. De hecho,  era poco más que un científico extravagante con delirios de grandeza. Los conceptos, métodos y tecnologías que utilizaba no podían en modo alguno proporcionarle las temperaturas necesarias para alcanzar la ignición del deuterio, lo cual no fue obstáculo para que, en Marzo de 1951, informase al gobierno de que había alcanzado el éxito. Entusiasmado, el crédulo Perón comunicó a la opinión pública mundial que pronto distribuiría al pueblo argentino energía de fusión dentro del equivalente a las botellas del reparto de la leche.
 
Sin embargo, al ver que el tiempo pasaba y la prometida energía no llegaba, Perón comenzó a preocuparse y envió a la isla una comisión fiscalizadora que destapó el fiasco, mostrando la inviabilidad del proyecto y el fraude al que había sido sometido el gobierno de la nación. El proyecto fue inmediatamente cancelado, con Richter y Perón convirtiéndose en el hazmerreir de la comunidad científica internacional, no obstante lo cual hay que decir que parte de la maquinaria utilizada por el alemán fue posteriormente empleada por los físicos argentinos para trabajar de forma más seria en el desarrollo de reactores nucleares.
 
Curioso, ¿verdad?
 
¡Hasta la semana que viene!
 
(*) El antiguo Hauptsturmführer de las SS, Erich Priebke, tristemente célebre por su participación en la Masacre de las Fosas Ardeatinas, residió en esta localidad desde el final de la guerra y hasta 1994, fecha en la que fue detenido. Otros supuestos casos de nazis ocultos en la zona han sido muy controvertidos, habiéndose llegado a afirmar que el lugar sirvió de refugio... ¡al mismísimo Hitler!.

viernes, 4 de octubre de 2013

 

El enigmático “disco de Sabu”


En Enero de 1936, el eminente egiptólogo británico Walter Bryan Emery descubrió, en una mastaba al norte de la necrópolis de Saqqara, a unos 30 kmts del Cairo, un curioso objeto que reposaba al lado de los restos de Sabu, un alto funcionario egipcio a quien Emery consideraba como posible hijo de Adyib, sexto faraón de la I Dinastía egipcia, allá por 2900 a.c.
El objeto en cuestión es un extraño disco de esquisto metamórfico pulido, tallado a partir de un único bloque de piedra, que tiene el aspecto de un volante cóncavo, con tres segmentos en forma de solapa o pala curva en los que la piedra da la impresión de haber sido doblada sobre sí misma, apuntando hacia un saliente central horadado. Con poco más de 60 cm. de diámetro y 10 de grosor, la enigmática pieza de unos 5000 años de antigüedad presenta varias características cuando menos sorprendentes.
Al margen de su extraño diseño, muy diferente de cualquier otra cosa que se haya encontrado procedente de la I Dinastía, lo primero que llama la atención es la primorosa calidad del trabajo de talla lítica, especialmente en lo relativo a las asombrosas palas curvadas. Pero, sobre todo, el misterio se centra en cual pudo ser el propósito de este objeto. La presencia del orificio interior en forma de tubo sugiere que el disco se montaba sobre un eje, tal vez formando parte de un candelabro, una lámpara o un incensario, aunque también podría pertenecer a algún tipo de bandeja o herramienta, ya que no se ha encontrado en él resto alguno de ceniza. De hecho, la fragilidad del esquisto apuntaría más bien hacia un uso ornamental. Sin embargo, algunos investigadores heterodoxos han mencionado la posibilidad de que se tratase de la copia en piedra de un artefacto metálico, tal vez de cobre, o incluso de que estuviésemos ante el remedo de una pieza perteneciente a una máquina compleja, tal como una hélice o un mezclador de palas, algo de lo que no existe el menor indicio hasta la fecha.
El hecho de que el objeto se encontrase justo al lado del cadáver parece indicar que se trataba de algo muy querido por Sabu, o que quizás pensase que podría utilizar de alguna forma en el más allá. Por lo demás, el resto de los objetos encontrados en la tumba no tienen nada de particular, tratándose de vasijas de piedra o cerámica, huesos y fragmentos de cobre, marfil y pedernal, formando parte del típico ajuar funerario de un alto dignatario de la I Dinastía. En este entorno, la enigmática “vasija”  con palas curvadas y eje parece totalmente fuera de lugar.
¿Qué es realmente el “disco de Sabu” (también llamado “disco de Saqqara”) y para que servía? ¿Se trata de parte de un objeto ornamental, de uno de carácter religioso o, tal vez, de una herramienta?  Tal vez nunca lo sepamos. En cualquier caso, si pasáis por el Museo del Cairo, no dejéis de visitar la urna de cristal en la que está expuesto, en la primera planta, no lejos de la sala de las momias. Merece la pena verlo.
¡Hasta la semana que viene!

jueves, 26 de septiembre de 2013

Estatua de Ramón Llull
 

El "agua de vida" de Arnau y Ramón

 
Por curioso que pueda resultar, el alcohol etílico, que había sido descubierto por los alquimistas árabes al destilarlo en el siglo XI (*), no fue utilizado para preparar bebidas alcohólicas  hasta mucho más tarde. Las primeras aplicaciones de esta sustancia, denominada como “aqua ardens” o “aqua vitae” según el grado de alcohol obtenido en la destilación, fueron principalmente medicinales, tal y como atestiguan los escritos de la época.
 
La tradición occidental atribuye al aragonés Arnau de Vilanova y al catalán Ramón Llull el origen de la destilación del alcohol con fines de consumo, a finales del siglo XIII o en los albores del siglo XIV. En concreto, y aunque con el tiempo se ha discutido la autoría de muchas de las obras que se le atribuyen, de Vilanova habría conseguido destilar alcohol prácticamente puro, habiendo sido, asimismo, el primero en publicar en Occidente un tratado detallado acerca de la destilación del vino. Por su parte, Llull, o quizá alguien que escribía bajo su nombre (el llamado "pseudo-Llull") y que andaba buscando el famoso "elixir" de los alquimistas, habría sido pionero en fomentar la utilización del “aqua ardens” para la preparación de bebidas alcohólicas de alta graduación.
 
Por supuesto, tanto el vino como la cerveza y otras bebidas con contenido alcohólico eran conocidos desde tiempo inmemorial, pero se trataba de bebidas fermentadas, por lo general con un contenido de alcohol relativamente bajo, raramente superior al 15%. Ocasionalmente, ya desde la antigüedad se habían destilado bebidas fermentadas procedentes de cereales, frutas, leche o miel, pero siempre con carácter limitado y sin un conocimiento adecuado del papel del alcohol. Sin embargo, como consecuencia de la publicación y difusión de los primeros tratados sobre el tema, a finales de la Edad Media se comenzó a utilizar la destilación en gran escala para obtener bebidas impregnadas de “aqua vitae”.
Como el alcohol era muy volátil, los alquimistas medievales lo incluían dentro de la lista de los vapores y las sustancias gaseosas que ellos consideraban como una suerte de “espíritus” encerrados en la materia. Por este motivo, a las bebidas mezcladas con “aqua vitae” se las pasó a llamar “bebidas espirituosas”.
En España pronto se popularizó la voz “aguardiente” para referirse de forma genérica a cualquier bebida destilada. En la misma línea, en las Islas Británicas, la expresión “aqua vitae” fue traducida al gaélico “"usquebaugh", que fonéticamente se convirtió en “usky” y después en el inglés “whisky”.  En la Europa continental, la expresión holandesa “brandewijn”, que significa “vino quemado”, pasó a convertirse en “brandy” y en Rusia, a partir del siglo XVII, al compuesto de etanol y agua comenzó a llamársele “vodca”, que significa “agüita”.
De modo que, a fin de cuentas, no es tan raro que en España haya tantos bares, dado que es muy probable que la industria de bebidas de alta graduación la inventásemos nosotros.
¡Hasta la semana que viene!
(*) La palabra “alcohol” procede del vocablo árabe “Al Kohl”, que designaba al producto de la destilación del vino por analogía con el sistema de obtención del “Kohl”, un tipo de maquillaje de origen mineral y color negro que todavía se utiliza hoy en día.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Carta de navegación de las Islas Marshall
 

Navegantes de leyenda

 
Cuando, en el año 1769 y durante el transcurso de sus legendarias exploraciones,  el capitán británico James Cook se topó en el archipiélago de Tahití con un navegante polinesio llamado Tupaia, apenas pudo creer lo que estaba viendo. Tupaia era capaz de alejarse cientos de kilómetros de tierra firme sin perder la orientación y sin ayuda técnica aparente. Además, cuando los oficiales del Endeavour pudieron comprobar la información suministrada por su interlocutor, se dieron cuenta de que, de forma increíble, éste disponía de un conocimiento preciso de la situación relativa de casi todas las islas que se encontraban extendidas a lo largo de una zona del océano mayor que los Estados Unidos.

Pero el magnífico navegante polinesio no hacía magia. Tan solo continuaba con una tradición marinera que desde hacía milenios había permitido a sus ancestros descubrir y colonizar la mayor parte de los archipiélagos que jalonan el inmenso Océano Pacífico, guiándose únicamente por las señales del cielo, del mar y por el movimiento de las olas. Unos conocimientos tan asombrosos que los primeros españoles que cartografiaron Oceanía creyeron que los indígenas habían sido creados directamente en aquellas islas, puesto que no entendían como podían haber sido capaces de llegar hasta ellas.
Los antiguos navegantes polinesios disponían de grandes canoas de doble casco que podían transportar docenas de pasajeros junto con sus provisiones durante largos viajes. Estas embarcaciones portaban velas para la navegación por alta mar, e incluso disponían de estructuras cerradas, a modo de cabañas. Podían mantener velocidades medias de hasta 8 nudos. Para orientarse, y por extraordinario que pueda parecer, aquellos intrépidos exploradores calculaban la distancia recorrida únicamente observando el sol, las estrellas, el mar de fondo y el régimen del oleaje, además de utilizar como referencia las islas que iban dejando atrás. Los viajes podían llegar a durar semanas, y como consecuencia de ellos los navegantes construían auténticos mapas “mentales” que cubrían sectores enormes.
Las hazañas técnicas de los navegantes polinesios desafían a la imaginación. En sus mentes, creaban una especie de “brújulas estelares” utilizando la posición de estrellas fácilmente reconocibles para mantener el rumbo. Conocían perfectamente los diferentes regímenes de vientos que soplaban según qué zona y, lo más asombroso de todo, eran capaces de distinguir las características del mar de fondo, compuesto por corrientes combinadas provocadas por vientos que soplaban a cientos o incluso miles de kilómetros de distancia, mediante la observación de los movimientos de la embarcación, algo difícil de entender para los navegantes occidentales. Las alteraciones casi imperceptibles del mar de fondo delataban incluso la presencia de islas relativamente cercanas cuando estas todavía no resultaban visibles. Tan importante era este sistema para estos extraordinarios marinos, que los “mapas” que utilizaban, fabricados con nervios de hojas de palmera, fibra de coco y conchas, no mostraban la posición relativa de las islas, sino las de los nodos de las corrientes oceánicas, así como los modelos típicos de las olas.
Increíble, ¿verdad? Pues así es como llegaron  a colonizar medio planeta.
¡Hasta la semana que viene!

 

 

 

miércoles, 24 de julio de 2013


 

El sismómetro de Zhang Heng


Los anales recopilados en el “Hou Hanshu” (“El libro de la dinastía Han Posterior”), aseguran que, hacia 132 d.C., el científico, ingeniero y artista chino Zhang Heng (78-140 d.C.), una especie de Leonardo del celeste imperio, inventó un detector de terremotos que, según la tradición, era capaz de detectar movimientos sísmicos que tenían lugar a gran distancia.
Al parecer, y a diferencia de la mayoría de sus coetáneos a lo largo y ancho del planeta, Zhang Heng opinaba que los terremotos no eran obra de unos dioses enfadados, ni de turbulencias entre el “yin” y el “yang”, sino que tenían un origen natural. Para intentar detectarlos, diseñó un aparato consistente en una especie de jarrón de unos 2,5 mts. de alto con ocho dragones pegados boca abajo en el exterior a intervalos regulares y en los que se colocaba una bola. En su interior, un péndulo vertical sujeto a una barra estaba conectado a los dragones a través de un juego de brazos horizontales, de forma que podía oscilar en cualquier dirección. En la base del aparato, enfrente de cada dragón, había un sapo con la boca abierta. Al parecer, todo el conjunto estaba hecho de bronce.
 
El aparato, conocido como “Houfeng didong yi”, se colocaba orientado al norte, de modo que cada uno de los dragones apuntaba aproximadamente hacía cada uno de los puntos cardinales, incluyendo los cuatro principales más el nordeste, el noroeste, el sudeste y el sudoeste. Cuando se producía un seísmo, el dragón que se encontraba en la dirección aproximada del terremoto dejaba supuestamente caer la bola en la boca del sapo correspondiente. Según la tradición, se trataba de un aparato muy sensible, capaz de detectar incluso temblores muy lejanos (hay referencias que hablan de cientos de kilómetros), aunque no servía para medir la intensidad del seísmo, por lo que en realidad no se trataba de un auténtico sismógrafo.
Aunque ninguna de las réplicas que hasta la fecha se han construido del ingenioso instrumento son verdaderamente funcionales (*), la mayor parte de los expertos está de acuerdo en que el objeto era real, faltando únicamente algunos detalles específicos del sistema de funcionamiento interno. Sea como fuere, la mera descripción del aparato en los textos antiguos (el “Hou Hanshu” fue escrito en el siglo V a partir de documentos anteriores) atestigua cuando menos una forma de pensar que se adelantó en casi 1800 años a los esfuerzos de John Milne y el resto de los científicos que desarrollaron el primer sismógrafo de péndulo horizontal a finales del siglo XIX.
 
¡Felices vacaciones!
 
 (*) En 2005 un equipo de investigadores chinos afirmó haber construido una réplica plenamente funcional del aparato.

martes, 9 de julio de 2013

 
Bertoldo el Negro: ¿El monje alquimista que nunca existió?


En un principio, la pólvora, introducida en Europa por los árabes y los bizantinos durante el siglo XIII, solamente se usaba para disparar metralla mediante tubos de madera, de un modo parecido al que se utiliza hoy en día para los fuegos artificiales. Entonces, según la tradición alemana, a principios o mediados del siglo XIV Bertoldo el Negro (Bertholdus Niger o Berthold Schwarz), un monje alemán originario de Colonia o Friburgo que practicaba la alquimia, habría experimentado con ella como impelente para armas de mayor calibre y potencia, dando de esta forma el último paso decisivo para el desarrollo de las armas de la artillería.
Bertoldo habría intentado obtener oro a partir de salitre, azufre, plomo  y aceite, pero al no conseguirlo habría sustituido el plomo por carbón vegetal, pasando a experimentar con los explosivos. Lo cierto es que los anales de la ciudad de Gante mencionan el empleo de armas de fuego en Alemania en 1313, mientras que el primer relato fidedigno de su utilización en combate por parte de militares de origen germano procede de un asedio que tuvo lugar en el noreste de Italia en 1331, todo lo cual daría credibilidad a la responsabilidad del monje-alquimista.

Sin embargo, cuando se bucea un poco en el tema todo resulta confuso. En primer lugar, los primeros escritos conservados que atribuyen a Bertoldo el descubrimiento y aplicación de la pólvora de forma independiente son ya del siglo XV, es decir, posteriores al menos en varias décadas al supuesto monje alemán, no existiendo ninguna fuente contemporánea al mismo. En segundo lugar, hay muchas discrepancias en las fechas que se han sugerido para el supuesto descubrimiento, y que se extienden a lo largo de casi todo el siglo XIV. Por otra parte, si bien algunos investigadores identifican a Bertoldo con personajes históricos, como Bertold von Lützelstetten o Konstantin Angeleisen (ejecutado en Praga por alquimista en 1388), otros muchos consideran que se trata de un personaje totalmente ficticio. En este sentido, apuntan a que el sobrenombre “el negro” es una referencia bien al color de su hábito, bien a la pólvora negra o a la práctica de las “artes negras”, cuando no un símbolo de la llamada “preparación de las tinieblas”, un legendario procedimiento empleado por los alquimistas medievales.
Sea cual sea la verdad, conviene recordar que el empleo de armas de fuego en combate por parte de los andalusíes también está documentado en España desde mediados del siglo XIV, habiendo quien sugiere que hay indicios de su presencia desde finales del siglo anterior.

¡Hasta la semana que viene!

 

 

viernes, 28 de junio de 2013


Dicen que el mundo es plano

 
¿Pensáis que a estas alturas queda alguien que crea que la Tierra no es redonda? Pues sí. Según la información que proporciona su propia página web (*), en Agosto del año pasado la “Sociedad de la Tierra Plana”, con sede en Lancaster, California, contaba con 421 miembros en activo. Según ellos, nuestro planeta no tendría forma esférica, sino plana, con el centro en lo que llamamos el Polo Norte y los continentes alrededor. Además, estaría rodeado por un muro de hielo de unos 45 metros de altura que es lo que llamamos la Antártida.
 
Las creencias de este grupo desafían muchos de los conceptos aceptados por el común de los mortales. Según ellos, el Sol giraría alrededor de la Tierra y distaría tan solo unos pocos miles de kilómetros de ella, al igual que la Luna y las estrellas. Además, estos astros serían muy pequeños, del orden de tan solo unas decenas de kilómetros. Con respecto a las exploraciones llevadas a cabo durante siglos, la sociedad afirma que la humanidad está siendo objeto de uno de los mayores engaños de todos los tiempos. En este sentido, los viajes espaciales serían un montaje, al igual que las fotos de la Tierra tomadas desde el exterior. En cuanto a la Antártida, nunca habría sido cruzada en realidad, sino que los exploradores habrían recorrido simplemente un arco glacial dentro del cinturón que rodearía el planeta. La Tierra sería plana y sus dirigentes lo sabrían. La bandera de la ONU sería prueba de ello.

Aunque la idea original es tan vieja como el linaje humano, la moderna teoría de la tierra plana fue creada en el siglo XIX por un seguidor acérrimo de la interpretación literal de la Biblia, el inventor inglés Samuel Birley Rowbotham, quien después de unos experimentos mal realizados llego a la conclusión de que la ciencia estaba equivocada. Durante más de cien años la teoría se mantuvo más o menos en el candelero, en forma de sociedades cuyas actividades eran más propias de una secta. Finalmente, en 1956 el norteamericano Samuel Shenton creó la “International Flat Earth Society”, que bajo la batuta de su sucesor, Charles K. Johnson, llegó a tener más de 3000 miembros oficiales. Después de los años setenta su actividad decayó, siendo oficialmente relanzada a finales de 2009.
La sociedad acepta nuevos miembros desde hace más de 3 años, así que cuando queráis podéis afiliaros. Eso sí, debéis tener cuidado con vuestra reputación. En inglés, “flat-earther” significa algo así como “fanático obtuso anticientífico”, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que algunos de los panfletos publicados por esta sociedad se titulan: “Galileo era un mentiroso”, “El mundo es PLANO, y punto” o “La tierra no es una pelota; la gravedad no existe”. Eso sí, la página web de la organización da acceso a la mayor colección de literatura y otros recursos acerca de la teoría de la tierra plana que hay en el mundo.
¡Hasta la semana que viene!
(*) http://theflatearthsociety.org/cms/



martes, 18 de junio de 2013

 

La "Estela del Hambre"

 
Durante el V Congreso Internacional de Egiptología, celebrado en Octubre de 1988 en El Cairo, Joseph Davidovits, un reconocido científico francés especialista en química de geopolímeros, presentó un famoso y polémico trabajo según el cual la llamada “Estela del Hambre”, un antiguo texto jeroglífico grabado en una roca al norte de Assuan, en Egipto, mostraba el nombre de minerales y productos químicos utilizados por los antiguos egipcios para preparar una especie de cemento que utilizaban en sus construcciones de piedra.
Davidovits opina que para moldear, por ejemplo, muchos de los enormes bloques de las pirámides, los egipcios disolvían cierto tipo de piedra caliza con otros compuestos de calcio y natrón (*), que al evaporarse formaban una especie de arcilla húmeda con las características del cemento actual. Además de llevar una década experimentando con cierto éxito en su laboratorio con materiales similares, el francés argumentaba en su ponencia que la “Estela del Hambre” estaba mal traducida, conteniendo evidencias de que los egipcios conocían métodos de procesar los minerales con ciertos compuestos químicos.
 Descubierta en 1889, la “Estela del Hambre” fue grabada en época ptolemaica (alrededor del 200 a.c.), pero hace referencia a sucesos supuestamente acaecidos durante el decimoctavo año del reinado del faraón Djoser, hacia 2,670 a.c. En ella se narra cómo, afligido por la terrible hambruna que azota el país, Djoser habla con su consejero, el enigmático Imhotep, quien le recomienda restablecer el culto del dios Knhum en la isla Elefantina. El texto, complejo de leer, incluye una descripción de los minerales y piedras preciosas que se podían encontrar en la zona, así como un sueño durante el cual el dios se aparece a Djoser, prometiéndole, entre otras cosas, proporcionarle los materiales necesarios para seguir construyendo y reparando templos.

Para ilustrar la polémica, mostramos a continuación el pasaje donde se detallan los minerales, según la traducción al inglés que hizo Lichtheim en 1973 (los minerales identificados aparecen con su nombre en castellano, mientras que los no identificados están en egipcio, en el original. Recordad que los egipcios no escribían las vocales):
 
“Aprende los nombres de las piedras que se encuentran allí en la frontera: ... bhn, mthy, mhtbtb, r’gs, wtsy, prdn, tsy. Aprende los nombres de las piedras preciosas de las canteras que están en la región superior:... oro, cobre, hierro, lapislázuli, turquesa, thnt, jaspe rojo, k’, mnw, esmeralda, tm-ikr, nsmt, t-mhy, hmgt, ibht, bks-’nh, maquillaje verde, maquillaje negro, cornalina, shrt, mm y ocre,...”
 
Davidovits opina que, por ejemplo, “mthy” puede traducirse como “granito muerto” (una forma de granito desagregado), “wtsy” como “piedra que huele a cebolla” (un reactivo químico), “k´” como “piedra que huele a rábano” (otro reactivo), “tm-ikr” como “piedra que huele a ajo” (un tercer reactivo), y que en otras partes del texto la palabra “ari-kat”  debe traducirse como “manufacturar”, en lugar de “trabajar”, que la expresión "rwdt uteshui" significa "piedras agregadas" y que un determinado ideograma debe ser identificado con “producto reactivo”.
 
¡Fascinante!, ¿verdad? Sin embargo, aunque algunos investigadores apoyan las tesis del francés, la mayoría no lo hacen, sobre la base de que la composición de los bloques utilizados en las pirámides presenta muchas diferencias con respecto a los materiales hasta ahora fabricados por el equipo de Davidovits, mientras que es perfectamente consistente con la piedra de origen natural. Además, y con respecto a la “Estela del Hambre”, argumentan que Davidovits fuerza una interpretación muy discutible de los jeroglíficos, valiéndose, entre otras cosas, de la dificultad de identificar muchos de los materiales mencionados en el texto.
 
¡Hasta la semana que viene!
 
(*) El natrón es una mezcla natural de carbonato de sodio hidratado y bicarbonato, con pequeñas cantidades de otras sales. Fue profusamente utilizado por los egipcios, en particular en el tratamiento de los cadáveres.

jueves, 6 de junio de 2013

Equipo expedicionario de Marsh en 1870. Marsh es el del centro, con barba.

A tortas por los dinosaurios


Edward Drinker Cope (1840-1897) y Othniel Charles Marsh (1831-1899) fueron dos extraordinarios naturalistas. Pero también dos auténticos desaprensivos. En la segunda mitad del siglo XIX, llevaron su profunda animadversión personal al extremo de desencadenar una auténtica guerra que duró más de 30 años y que tuvo graves consecuencias para el desarrollo de la paleontología.
Su trayectoria profesional está íntimamente ligada a la “edad de oro” de dicha disciplina,  una época en la que en los Estados Unidos  se descubrieron y catalogaron la mayoría de las familias de dinosaurio conocidas, incluyendo los famosos Estegosaurio, Brontosaurio (ahora llamado Apatosaurio) y Alosaurio. Cope y Marsh tuvieron mucho que ver en este esfuerzo, ya que entre los dos catalogaron 136 especies de  dinosaurio, una cifra impresionante si tenemos en cuenta que con anterioridad  a su particular disputa se conocían menos de 10.
 
El problema es que ambos eruditos se odiaban terriblemente, entregándose a interminables peleas con objeto de desprestigiarse mutuamente. En su afán por superar y ningunear al contrario, no solamente criticaban ferozmente la calidad de los trabajos de su rival sino que intentaban entorpecerlos por todos los medios, incluyendo el robo, el soborno y la destrucción de materiales de gran valor científico. Por ejemplo, si uno de los dos se enteraba de que el otro estaba recibiendo materiales de un yacimiento, inmediatamente interfería enviando agentes que intentaban comprar a los trabajadores para su causa y no les importaba acumular huesos que no tenían tiempo de estudiar, o incluso eliminarlos, con tal de que no le llegasen a su enemigo.

Para ilustrar el odio que se profesaban, valga la siguiente anécdota: Una noche que Marsh pernoctaba en Fort Laramie (Wyoming) durante un viaje en el que transportaba una de las colecciones que había conseguido, un intruso entro en la pensión donde se encontraba y registró cuidadosamente las cajas. Después se marchó sin darse cuenta de que un testigo le estaba observando. A la mañana siguiente, el testigo fue a contarle a Marsh el incidente, a lo que este respondió: “Oh, lo había previsto. Ese era Cope. A él le gustan los cráneos, y todos los buenos cráneos que he conseguido esta temporada los he escondido en la estufa”.

Cuando la guerra de los dinosaurios, conocida en el mundo anglosajón como “The Bone Wars”, finalizó debido a la muerte natural de Cope, ambos paleontólogos se habían quedado completamente arruinados y, lo que es peor, a pesar de todas sus contribuciones habían conseguido enmarañar esta rama de la ciencia con conceptos y conclusiones erróneas que generaron confusión durante décadas.

¡Hasta la semana que viene!

jueves, 30 de mayo de 2013

Recetas para "duplicar oro" en el país de la tierra negra


El dios Thoth (a la derecha), señor de la ciencia y de la magia egipcias

 

Recetas para “duplicar oro” en el país de la tierra negra

 
Tal y como es sabido, es probable que la palabra “química” proceda originariamente de “kmt”, que según Plinio y otras fuentes clásicas es el nombre que los antiguos egipcios daban a su propio país, y que hace referencia a la “tierra negra”, es decir, al limo fértil y de color oscuro que el Nilo regalaba a los mortales después de su crecida anual. Y ello es así porque la tradición griega señala al país de los faraones como el lugar de origen de las prácticas alquímicas, con sus procedimientos para embalsamar a los cadáveres, fabricar vidrio y tintes o manipular los metales.
 
Con respecto a esto último, los griegos estaban fascinados con los misteriosos textos egipcios que parecían aludir a la transformación de metales inferiores en oro, textos cuya influencia se encuentra sin duda detrás de la expansión que experimentó la alquimia en la zona del Mediterráneo oriental a partir del siglo II a.c. Como ejemplo de ello, y aunque casi no se conservan documentos egipcios sobre manipulaciones alquímicas, los papiros llamados “de Leyden” y “de Estocolmo”, probablemente escritos en el siglo II o III de nuestra era, contienen curiosas fórmulas que confirman la existencia en aquella época de considerables conocimientos químicos de naturaleza práctica y de origen tan incierto como posiblemente remoto.
 
En concreto, merece la pena echar un vistazo al siguiente procedimiento para “aumentar el  oro” (sic) que se describe en el Papiro X de Leyden, siguiendo la traducción que el químico Marcellin Berthelot expuso en su obra “Les origines de L’alchimie” publicada en 1885:
 
“Para aumentar el oro, toma cadmia de Tracia, haz una mezcla con la cadmia en mendrugos, o cadmia de Gaul, junto con misy y rojo sinopia, a partes iguales a la del oro. Cuando el oro ha sido puesto en el horno y ha tomado buen color, echa estos ingredientes. Luego remueve el oro y déjalo enfriar. El oro se habrá duplicado.”
 
En cristiano, esto significa mezclar el oro con un óxido de cinc con impurezas procedente de la fundición de cobre o de bronce (cadmia), una pirita (misy) y hematita (rojo sinopia). Por efecto del calor, esto da una aleación de oro y cinc con algunas impurezas, fundamentalmente algo de cobre, obviamente de peso mucho mayor que el oro original (“duplicado”) y con un aspecto muy similar al auténtico metal noble…
 
Visto lo visto, ¡cualquiera compraba oro en una tienda de Alejandría en el siglo III! No es de extrañar que, en el año 290, Diocleciano promulgase un decreto que ordenaba quemar “los antiguos escritos de los egipcios que tratan sobre el arte de fabricar oro y plata”, por si acaso alguien se hacía lo suficientemente rico como para desafiar el poder del emperador…
 
¡Hasta la semana que viene!

martes, 21 de mayo de 2013

Los misterios del primer mapa donde América es América

 

Los misterios del primer mapa donde América es América

En 1507, Martin Waldseemüller, un oscuro profesor de cosmografía de una escuela de la región de Los Vosgos, en Francia, publicó uno de los mapas más famosos de la historia, Universalis Cosmographia secundum Ptholomei Traditionem et Americi Vespucci aliorum Lustrationes, en el cual, como su propio nombre indica, combinaba los conocimientos e ideas tradicionales acerca de la geografía de la Tierra con los recientes descubrimientos realizados por españoles y portugueses. De forma revolucionaria, y en línea con las opiniones de Amérigo Vespucci, Waldseemüller representó por primera vez en un mapa las nuevas tierras de occidente en forma de un nuevo continente, al que dio el nombre de América en honor al explorador italiano.
Extraordinario en muchos aspectos, este impresionante mapa elaborado en proyección cordiforme es también el primero conocido que representa, en una pequeña inserción en su parte superior, el mundo dividido en dos hemisferios, oriental y occidental, además de ser el primero que muestra un nuevo océano separando América de Asia. A pesar de sus muchos errores, se trata del mapamundi más exacto hasta la fecha de su publicación, y su influencia en la cartografía de la primera mitad del siglo XVI fue sencillamente colosal.

Pero, al margen de todo ello, este mapa contiene unos cuantos detalles enigmáticos que siempre han desconcertado a los expertos. Aunque hacia 1507 mucha gente empezaba a aceptar que América era en realidad un nuevo continente, nadie supuestamente había explorado todavía su costa occidental. De hecho, en los planisferios inmediatamente anteriores al que nos ocupa  las nuevas tierras aparecen con esa zona difuminada, sin contorno alguno, ya que no fue hasta 1513 cuando Núñez de Balboa descubrió el llamado Mar del Sur. Pero, entonces, ¿cómo pudo Waldseemüller intuir 6 años antes la forma aproximada del continente, en especial de Centroamérica y Sudamérica? ¿Cómo llegó a la conclusión de que Centroamérica no era más que una estrecha franja de terreno y que existía un océano mayor que el Atlántico entre América y Asia? ¿Y por qué muestra, de forma errónea, un estrecho entre América del Norte y América del Sur en el mapa principal pero no en el pequeño mapa hemisférico, en el que el contorno de la costa occidental americana es misteriosamente parecido al real?
La explicación habitual de que estamos ante una serie de conjeturas afortunadas por parte del autor parece poco convincente, dadas las extrañas semejanzas entre el mapa y la realidad. Por otra parte, y de forma enigmática, después de 1507 Waldseemüller pareció renegar de sus ideas, volviendo a los mapas de corte tradicional en los que incluso llegó a retirar el nombre de América, sustituyéndolo por el típico “Terra Incógnita”.

¿Qué fue lo que sucedió? ¿Tuvo Waldseemüller una intuición asombrosa u obtuvo información de alguna fuente desconocida? ¿Renegó después de su intuición o dejó de confiar en la información que alguien le había facilitado?
Tal vez nunca lo sepamos con certeza, pero lo cierto es que el planisferio de Waldseemüller se convirtió en la inspiración de cartógrafos y exploradores durante décadas, inmortalizando el nombre de América  y cambiando para siempre la forma de representar nuestro planeta.

¡Hasta la semana que viene!

martes, 14 de mayo de 2013

 

La fabulosa fortuna de Nicolás Flamel

 
Uno de los casos más famosos de supuestos alquimistas que aparentemente tuvieron éxito en la búsqueda de la “piedra filosofal” es el de Nicolás Flamel, un librero francés que murió en Paris en 1418 y que ha sido popularizado por la saga de “Harry Potter”.

En una obra atribuida a él, “Exposición de las figuras jeroglíficas”, Flamel narra cómo, en su búsqueda por descifrar un extraño libro que había llegado a sus manos,  conoció en España a un médico y alquimista judío que le puso sobre la pista del secreto de la transmutación. Tras tres años de estudio y trabajo, Flamel nos explica que, “En el año de restauración de la humanidad, 1382, proyecté la Piedra Roja sobre una cantidad equivalente de mercurio (*) el día 25 de Abril… transmutándolo en casi la misma cantidad de oro puro, mejor sin duda que el oro común, más blando y maleable”.
La explicación detallada de como lo hizo resulta muy confusa, envuelta en el típico lenguaje alegórico de los alquimistas, por lo que nadie ha conseguido descifrarla. Pero lo cierto es que, a partir de 1385, este personaje se convirtió en un hombre inmensamente rico que se compró una mansión en Paris y financió durante años la construcción de asilos, hospitales e iglesias, a las que únicamente exigía que grabasen su nombre en los muros exteriores de los edificios. Se dice que llegó incluso a ser requerido por el rey de Francia para que le ayudase a reponer las arcas del reino y, por si fuera poco, la tradición cuenta que poco después de su muerte y de la de su esposa se exhumaron sus cuerpos, comprobándose que en las tumbas sólo había troncos de árbol. Como consecuencia de ello, se ha especulado largo y tendido con la inmortalidad de Flamel, tal vez fruto de haber sabido encontrar el legendario “Elixir de la vida”.
Sin embargo, es muy posible que la realidad sea más prosaica. De entrada, es probable que la fortuna del supuesto alquimista fuera, al menos en parte, fruto de su labor como escribano y librero, un oficio que resultaba muy lucrativo en una época donde escaseaban los hombres letrados. Además, su mujer había estado casada dos veces con anterioridad, por lo que debió aportar una notable herencia a su nuevo matrimonio.  A tenor del testamento de Flamel, y a pesar de mostrar en él una buena dosis de generosidad, no parece que su fortuna fuese realmente tan inmensa como se ha especulado, aunque pudo ocultar parte de la misma. Por otra parte, la autoría real del famoso libro que se le atribuye viene siendo cuestionada desde hace tiempo, ya que el original no apareció hasta el siglo XVII, siendo publicado como una obra perdida de Flamel cuando, en realidad, nunca había sido mencionada con anterioridad y no existe ninguna prueba de que fuese suya. De hecho, ni siquiera hay pruebas fehacientes de que se dedicase a la alquimia. Por lo demás, se ha insinuado en repetidas ocasiones que el propio editor del libro pudo ser el autor del mismo, en un intento por enriquecerse a base de atraer el interés de los lectores hacia un hallazgo extraordinario.
De modo que, después de todo, el potentado librero, al no disponer de un reactor nuclear ni de un acelerador de partículas, quizás no fabricase oro ni alcanzase la inmortalidad, salvo en los sueños de sus seguidores y en las fantásticas aventuras de “Harry Potter”.  
¡Hasta la semana que viene!

(*) Los alquimistas medievales no denominaban mercurio al auténtico mercurio, sino a cierta sustancia o sustancias que se generaban durante el proceso de manipulación.

jueves, 2 de mayo de 2013


Lysenko y Stalin en el Kremlin , en 1935. Lysenko es el que habla...
 

Algunas décadas en la agricultura del “más allá”

 
Por extraño que pueda parecer, muchos de los primeros dirigentes soviéticos rechazaban las ideas de Mendel y de Darwin y abrazaban las obsoletas ideas de Lamarck acerca de la herencia de los caracteres adquiridos. Además, y por razones tanto ideológicas como pragmáticas, hombres como Stalin o Nikita Khrushchev desconfiaban de ciertos aspectos de la “ciencia burguesa”, alentando alternativas que sirvieron de caldo de cultivo para el advenimiento de algunos charlatanes tan estrafalarios como peligrosos.

Sin duda, el más dañino de estos personajes fue Trofim D. Lysenko, un antiguo campesino con estudios de ingeniero agrónomo quién, tras la política de colectivización de las granjas decretada por Stalin en 1929, en la que millones de personas murieron de hambre como consecuencia del irresponsable cambio en los métodos de cultivo, progresó hasta llegar a dirigir la Academia de Ciencias Agrícolas de la Unión Soviética. El bueno de Lysenko denunció la genética moderna como una impostura, hasta el punto de convertir la biología de su país en una especie de pseudociencia que defendía una confusa mezcla de ideas lamarquianas y darwinistas, oponiéndose virulentamente a la genética de Mendel. Apoyado por Stalin, y convertido en el “gurú” de la agricultura soviética, intentó aplicar el materialismo a la biología, promoviendo en toda la URSS una serie de extravagantes prácticas agrícolas.

Lysenko aseguraba que era posible tratar las semillas para provocar cambios que luego se transmitían entre generaciones, una extraña reminiscencia de las viejas ideas de Lamarck. Además, opinaba que los experimentos de laboratorio eran inútiles, y que sus teorías había que ponerlas en práctica en cosechas enteras para mejorar la producción agrícola. Embaucando al campesinado por medio de la propaganda oficial, afirmaba ser capaz de obtener prodigiosos resultados para la agricultura soviética, multiplicando las cosechas y reduciendo su periodo de maduración. De esta forma, en una curiosa mezcla de tecnología y magia, las granjas colectivas experimentaron un incremento fenomenal del número de tractores (*) al mismo tiempo que recibían instrucciones para, por ejemplo, enfriar las semillas antes de plantarlas como método de mejorar la producción.
Como efecto colateral, los científicos “mendelianos” fueron perseguidos por todo el país (incluyendo al gran biólogo Nikolái Vavílov, que fue asesinado por la NKVD), de manera que en el país del ¨Sputnik¨ y la bomba de hidrógeno el nivel de la biología retrocedió varias décadas. No fue sino después de la muerte de Khrushchev cuando la situación cambió. Tras tres décadas de dominar la agricultura y la genética en el imperio soviético, Lysenko fue desacreditado y destituido de todos sus cargos a mediados de la década de los 60.

Entonces, y solo entonces, la agricultura soviética regresó del "más allá".

¡Hasta dentro de dos semanas!

(*) El nº de tractores en la URSS pasó de tan solo unos 66.000 en 1930 a más de 483.000 en 1939.

lunes, 22 de abril de 2013

¡Una camarera automática!




¡Una camarera automática!


¿Os imagináis que en una fiesta un robot os sirviese el gin-tonic? Esto, que hoy en día aún suena un poco a ciencia-ficción pudo muy bien pasar cientos de años antes de nuestra era, si nos atenemos a lo descrito en su obra pneumática por Filón de Bizancio, un personaje del que sabemos muy poco, y que debió vivir a finales del siglo III o a principios del II a.c. El tal Filón escribió varias obras sobre mecánica, desaparecidas en gran parte. Aunque lo más probable es que la mayoría de su obra no sea sino una recopilación de los logros de otros inventores, lo cierto es que en los fragmentos que se conservan se demuestra la existencia, al menos entre ciertos grupos de filósofos de la zona del Mediterráneo Oriental, de unos asombrosos conocimientos  acerca de cómo utilizar la presión del aire y del agua para mover dispositivos.
Y entre todos los artilugios descritos, destaca sin duda un autómata capaz de escanciar en una copa primero vino y después agua a continuación, a gusto del consumidor.
Según lo descrito, el robot sujetaba en la mano derecha una jarra de vino. En su cuerpo, había dos depósitos con vino y agua, respectivamente, conectados mediante tubos a la jarra. Cada depósito estaba atravesado por un tubo conectado con otro vertical que tenía un orificio que funcionaba a modo de válvula. La mano izquierda estaba unida por una articulación al hombro, así como a los dos tubos-válvula. Cuando el visitante ponía una copa en la palma de la mano, el brazo izquierdo bajaba, tirando de los tubos hasta que el orificio quedaba en la posición que permitía al aire entrar en los depósitos, empujando el líquido hacia abajo. La diferente altura y recorrido de los tubos hacía que el depósito de vino vertiese primero su contenido. Una vez la copa estaba medio llena, la mano bajaba más por causa del peso, desplazando el tubo del vino de manera que el orificio se cerraba, mientras que el orificio correspondiente al tubo del agua se colocaba para permitir la misma operación a partir del otro depósito. De esta forma, el autómata pasaba a escanciar agua que diluía el vino. Cuando la copa estaba llena, el mayor peso cerraba la válvula del agua, dejando la copa lista para su consumo. Al retirar la copa, el brazo regresaba a su posición original, haciendo el vacío en los depósitos que, de este modo, paraban de escanciar. El dispositivo permitía, por tanto, retirar la copa en cualquier momento, en función del grado de dilución con que nos gustase el vino.
Asombroso, ¿verdad? ¿Y si los antiguos tenían más recursos de los que pensamos?

Aquí os dejo una dirección que incluye información muy detallada, además de un excelente vídeo sobre el funcionamiento del autómata (está en inglés).