sábado, 15 de abril de 2017

Göring, la "selección inversa" y el retorno de los uros


Grabado decimonónico que muestra el aspecto del uro
 

Göring, la "selección inversa" y el retorno de los uros


Dicen que la realidad supera la ficción, y aunque esa aseveración se haya utilizado a veces alegremente, en pocas ocasiones lo ha sido de forma tan acertada como a la hora de describir las actividades de unos oscuros científicos alemanes con vistas a resucitar el uro, el antiguo y casi mítico bóvido salvaje que hace miles de años llenaba los bosques europeos y que el mismísimo Julio César describió como «no mucho más pequeño que un elefante, extraordinario en tamaño y fuerza, que no temía al hombre ni a bestia alguna». Un animal extinto a partir del siglo XVII, antepasado de todas las razas de bovinos que pululan por los campos de Europa y que, involuntariamente, protagonizaría una de la historias más extrañas de la Segunda Guerra Mundial.
 
Los hermanos Lutz y Heinz Heck, que eran hijos del que fuera prestigioso director del zoo de Berlín, se habían sentido fascinados desde pequeños por las historias de los viejos guerreros germanos, altos y de cabelleras rubias, quienes al estilo del mítico Sigfrido se habían enfrentado a aquellas legendarias bestias en el interior de los impenetrables bosques de la Alemania primitiva. Tras estudiar y convertirse en competentes zoólogos por derecho propio, en la década de los veinte los hermanos concibieron la posibilidad de recrear a los perdidos animales utilizando la ciencia moderna. Para ello, idearon un programa de «selección inversa», en el que cruzarían ejemplares que mostrasen alguna de las características de los enormes y agresivos bóvidos con vistas a terminar por reproducir la especie.
 
Decididos a resucitar el uro, los intrépidos hermanos recorrieron Europa desde Escocia hasta Cerdeña recolectando ejemplares de distinta razas, incluyendo por supuesto al toro de lidia, para a continuación poner en marcha su programa y llegar a obtener de esta manera una raza nueva, hoy conocida como «bovino de Heck», que recordaba en muchos aspectos al extinto animal, a pesar de ser mucho más pequeño, con los cuernos más cortos y menos agresivo. Animados por lo que ellos consideraban un completo éxito, los Heck ampliaron su catálogo intentando recrear al tarpan, un antiguo caballo de los tiempos ancestrales. Así, cuando los nazis llegaron al poder en 1933, se encontraron con una serie de experimentos biológicos que encajaban de forma espléndida en su propio sueño de recrear la pureza del mundo germánico, apoyando de forma entusiasta los esfuerzos de los dos hermanos, uno de los cuales, Lutz, se convirtió en un nazi convencido que pronto ingresó en las SS. Imbuido de fanatismo, el zoólogo del nacionalsocialismo se hizo íntimo amigo de Hermann Göring, figura prominente del nuevo régimen y amante de la caza y de la vida salvaje. A Göring, Hetz le suministró muchos animales de su zoológico hasta que, hacia 1938, los nuevos «uros» recreados pasaron a corretear por la reserva privada del megalómano comandante de la Luftwaffe.
 
Pero cuando estalló la guerra, Göring vió en el bosque polaco de Bialowieza la posibilidad de recrear los antiguos bosques germanos donde solo los arios de raza pura podrían cazar. Ni corto ni perezoso, hablo con su correligionario, el siniestro Heinrich Himmler, quien en julio de 1941 envió un batallón que arrasó 34 pueblos, deportó a siete mil personas y asesinó a varios cientos más con el único objeto de dejar el lugar despoblado, libre de presencia humana para que los cazadores arios de Göring pudiesen poner en práctica su sueño de perseguir al uro en sus bosques ancestrales. Naturalmente, Hetz suministró los «uros» y otros especímenes que hicieron las delicias de los animales de dos piernas.
 
Pero la historia no acabó mal ni para los Hetz ni para sus engendros. Para cuando Alemania hubo perdido la guerra, el bosque de Bialowieza había caído en poder del Ejército Rojo, el ganado de Lutz había perecido bajo las bombas aliadas y el zoo de Berlín había sido destruido, pero el ex-zoólogo nazi fue absuelto de crímenes de guerra y los ejemplares propiedad de su hermano fueron repartidos por zoológicos y granjas de Europa, donde décadas después sus descendientes siguen siendo objeto de estudio y de explotación turística*. Por desgracia, los bovinos de Heck están lejos de ser auténticos uros, ya que únicamente mediante selección artificial no es posible recuperar todos los genes silenciados o perdidos por el genuino ancestro, pero siguen siendo tan agresivos que requieren una vigilancia especial. Como les pasaba a sus valedores, los nazis.
 
¡Hasta pronto!

*No sin bastante polémica, los bovinos de Heck están siendo recientemente introducidos en reservas naturales de Alemania y los Países Bajos.

viernes, 31 de marzo de 2017

Testículos de mono para la eterna juventud

Grabado que muestra a Voronoff con un mono
 

Testículos de mono para la eterna juventud


La posible existencia de un elixir de la eterna juventud, o de la inmortalidad, es uno de las obsesiones más enraizadas en la memoria de los hombres. Su búsqueda ha llenado muchas páginas de historia, no en vano se remonta a tiempos casi inmemoriales, pues ya en el siglo V a.C. Heródoto contaba la extraña historia de los embajadores persas a los que el rey de Etiopía mostró una fuente en la que se encontraba el secreto de la larga vida. De igual modo, el emperador chino Qín Shǐ Huáng, obsesionado con vivir eternamente, enviaba expediciones hasta los confines de su mundo en busca del mágico elixir, cayendo finalmente envenenado por los remedios a base de mercurio que a tal fin sus médicos le suministraban.
 
En los siglos medievales, los alquimistas creían a pies juntillas en la existencia del elixir, el cual buscaban con tanto ahínco como a la mismísima piedra filosofal, y durante la conquista de América es célebre la leyenda de Ponce de León y sus tribulaciones en búsqueda de una misteriosa fuente de la eterna juventud que, a decir de los indígenas, se encontraba en la isla de Bímini. También es famosa la historia de Elisabeth Báthory, la condesa húngara que, según la tradición, se bañaba en la sangre de jóvenes asesinadas con vistas a recuperar su juventud. Más tarde, tanto a la electricidad como a la radiactividad se les atribuyó la propiedad de poder prolongar la vida, no siendo hasta mediados del siglo XX cuando la obsesión por el viejo elixir pareció decaer un poco.
 
Y decimos a mediados del siglo pasado, porque pocos años antes tuvo lugar uno de los más famosos y descabellados intentos de rejuvenecer los tejidos humanos artificialmente, nada menos que trasplantando láminas de testículo de monos jóvenes a los adinerados clientes que podían permitírselo. El protagonista de semejante extravagancia fue Serge Abrahamovitch Voronoff, un cirujano francés de ascendencia rusa que creía firmemente en el poder de las hormonas para sanar a los ancianos y prolongar su existencia. Voronoff era un ferviente seguidor de Charles-Édouard Brown-Séquard, uno de los primeros fisiólogos en estudiar las hormonas que había llegado a inyectarse a si mismo un extracto de testículo de cobayas y perros con vistas a rejuvenecer.
 
Durante una larga estancia en Egipto, el cirujano francés había llegado a la conclusión de que los achaques de los eunucos se debían básicamente a que habían sido castrados, de modo que a su regreso a Europa el intrépido Serge había comenzado sus propias pruebas en animales. Una vez se hubo convencido de la utilidad de su técnica, intentó trasplantar a sus primeros clientes testículos de jóvenes criminales ejecutados, pero al aumentar la demanda se pasó a los monos, llegando a montar una granja para criarlos en plena Riviera italiana. Por extraño que pueda parecer, cosechó un éxito más que significativo, hasta el punto de que hacia 1930 había llevado a cabo semejante trasplante a varios miles de hombres, muchos de los cuales declaraban sentirse más jóvenes y vigorosos. Entre sus clientes más renombrados y satisfechos se encontraban el poeta y premio Nobel de literatura William Butler Yates y el mismísimo Sigmund Freud. Entre operación y operación, Voronoff mostraba orgulloso las fotografías de caballeros de edad avanzada que supuestamente habían recuperado el vigor de su antigua juventud.
 
No obstante, la cosa no terminó bien para el heterodoxo galeno. Aunque al principio convenció a muchos de sus colegas, que incluso llegaron a aplaudirle y aclamarle en público, con el tiempo todo el estamento científico le dio la espalda, acusándole de que sus prácticas carecían de fundamento y que la única mejoría de sus clientes, si es que la había, se debía como de costumbre al efecto placebo. De hecho, la única consecuencia razonable de los injertos no era otra que la inflamación de los testículos producida por el rechazo de las “láminas de mono” por parte del sistema inmunitario. Hacia el final de su vida, Voronoff tuvo la esperanza de que la recién descubierta testosterona pudiese apoyar de algún modo sus postulados, pero pronto quedó muy claro que la hormona masculina por excelencia no servía para prolongar la vida, y los extraños experimentos del excéntrico cirujano cayeron para siempre en el olvido.
 
No sin que antes el bueno de Voronoff intentase, entre otras lindezas, trasplantar ovarios de mujeres a hembras de mono con objeto de intentar fecundarlas con esperma de varón humano.
 
¡Hasta pronto!

domingo, 12 de marzo de 2017

Armas de pesadilla...para sus dueños

Grabado que representa al Nóvgorod "navegando" como buenamente puede 
 

Armas de pesadilla...para sus dueños


A lo largo del tiempo, el desarrollo de nuevas armas ha protagonizado cambios en el devenir de los conflictos bélicos que han influido profundamente en la historia de la humanidad, contribuyendo como pocas cosas a construir y derribar imperios, a sustentar ideologías y, en definitiva, a transformar la sociedad. La introducción de las armas de hierro, por ejemplo, modificó hace milenios toda la organización política del mundo conocido, la invención del arco largo inglés alteró parte de la historia de la Baja Edad Media y el advenimiento de las armas de fuego está sin duda detrás del fin de la época medieval y del nacimiento del estado moderno.
 
Sin embargo, no siempre la introducción de armamento novedoso ha venido acompañada del éxito, ya que en demasiadas ocasiones las expectativas no se correspondieron con la realidad. Y si no, que se lo digan a las tripulaciones de los bombarderos británicos que sobrevolaban Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que fueron testigo de como casi la mitad de las nuevas bombas de alta capacidad, apodadas como “blockbusters”, se estrellaban contra el suelo sin llegar a detonar. O a los soldados del ejército de Federico el Grande, cuyos mosquetes -teóricamente de última generación- tenían tanto peso desplazado hacia la boquilla que a menudo los disparos alcanzaban el objetivo por debajo del blanco.
 
Una de las cosas que mas problemas han ocasionado a lo largo de la historia ha sido la tendencia, típica de muchas carreras de armamento, a incrementar el tamaño de las armas hasta el punto de terminar entregando mastodontes sin ningún valor operativo. En este sentido, es muy conocido el caso del Maus, un carro de combate desarrollado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial que pesaba más de 180 toneladas y del que solo se llegaron a construir dos prototipos, pero la costumbre es muy anterior, tal como atestiguan algunas de las descomunales quinquerremes del periodo helenístico que con frecuencia volcaban o directamente se hundían en el momento de su botadura, debido al enorme peso que desplazaban. El colmo de la fantasía tuvo lugar en el Renacimiento, donde el afán de los comandantes italianos por competir en materia de equipamiento condujo al diseño de máquinas tan extravagantes como el Ribaudo de Antonio della Scala, una especie de ametralladora gigantesca integrada por 144 cañones, de los cuales doce podían dispararse al mismo tiempo. El problema es que resultaba tan pesada que necesitaba cuatro caballos solo para moverla, lo que imposibilitaba su uso en el campo de batalla ya que nunca daba tiempo a colocarla en posición.
 
En otras ocasiones, lo que convertía a las armas en un costoso fiasco no era tanto su tamaño como el diseño, aparentemente revolucionario pero en la práctica completamente absurdo. Quizá el paradigma de ésto fuesen los dos famosos acorazados «circulares» de la flota rusa, el Almirante Popov y el Novgorod, construidos en la década de 1860 con el casco redondo, que resultaban imposibles de gobernar ya que no había forma de que avanzasen en línea recta y que acabaron sus días convertidos en atracción turística. Tampoco los aviones se salvaban de la pesadilla de algunos diseñadores que no parecían estar en sus cabales, como es el caso de los responsables del Royal Aircraft Factory BE.9, un avión británico de la Primera Guerra Mundial al que apodaban «el púlpito» porque el ametrallador se situaba en una especie de púlpito en la nariz del aeroplano, en frente del motor, en una posición en la que durante el vuelo corría el riesgo de ser absorbido y despedazado por este último. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los desesperados ingenieros nazis entregaron, junto a verdaderas maravillas de la técnica, algunos engendros incalificables, como el desastroso Sack AS-6, un avión de hélice ¡con las alas circulares!
 
Pero si hablamos de este tipo de objetos, nada más costoso que el célebre VZ-9 Avrocar, el muy secreto platillo volante que la USAAF intentó poner en marcha en la década de los cincuenta del siglo XX y cuyo proyecto se fue al garete después de docenas de ensayos fallidos y millones de dólares en pérdidas, dado que el aparato apenas conseguía despegar y sus problemas de aerodinámica impedían completamente el poder gobernarlo. Algo que los norteamericanos podían haberse ahorrado simplemente recordando la historia de los acorazados redondos del zar.
 
¡Hasta pronto!

miércoles, 22 de febrero de 2017

Arsénico, por compasión

Arsénico, el peor de los venenos
 

Arsénico, por compasión (*)

 
Una de las sustancias que a lo largo de la historia ha tenido la peor de las famas como veneno es sin duda el arsénico. Los romanos ya lo usaban para tales menesteres y desde hace cincuenta años hay un debate abierto acerca de si Napoleón fue asesinado con él durante su exilio en la isla de Santa Elena. Aunque lo más probable es que el célebre emperador muriese por las complicaciones de una úlcera, la verdad es que se han encontrado niveles elevados de arsénico en algunos cabellos suyos que se han conservado para la posteridad, lo que ha llevado a especular con la posibilidad de que sus carceleros le hubiesen envenenado.
 
En cualquier caso, el arsénico fue muy utilizado como veneno durante toda la época victoriana. El personaje de la novela de Flaubert, Madame Bovary, se suicida con él y un buen número de casos de envenenamiento que en su día fueron célebres pueden achacarse a esta causa. El trióxido de arsénico, conocido en Francia como el «polvo para heredar», era considerado la panacea de los envenenadores, ya que era fácil de echar en la comida o la bebida, no olía a nada y no era posible seguir su rastro en el cuerpo. Por fortuna, en 1836 el químico James Marsh desarrolló el célebre test para detectar arsénico que lleva su nombre, con objeto de desquitarse de la frustración que le produjo el que John Bodle, un asesino que había envenenado a su abuelo con la temible sustancia, se saliese de rositas cuando el jurado no consideró como concluyente el resultado de las pruebas en aquel entonces disponibles. Con su nuevo método, Marsh acabó con el reinado de los «cazadores de herencias» para siempre. En 1840, y por primera vez en la historia, la química forense sirvió para lograr un veredicto de culpabilidad en un juicio por asesinato, al demostrarse mediante el análisis del cadáver y de los restos de comida que una tal Marie Lafarge había utilizado arsénico para matar al bueno de su marido.
 
Siendo así que en el siglo XIX las propiedades tóxicas del arsénico eran tan bien conocidas que sus sales se utilizaban como matarratas y para cobrar por la vía rápida, podría parecer que nadie en su sano juicio lo usaría para hacer pintura, pero nada más lejos de la realidad. El “verde de París” era un pigmento tan hermoso que se utilizó durante décadas para fabricar las mejores pinturas, los más costosos tintes y los más bellos papeles pintados. El mismísimo William Morris, el árbitro de la moda victoriana, abogaba por su uso en detrimento de otros pigmentos, a pesar de que la prensa empezaba a hacerse eco de su toxicidad. En efecto, en los húmedos inviernos del norte el moho convertía el pigmento en arsina (hidruro de arsénico), un gas incoloro que resulta muy efectivo a la hora de matar gente.
 
Como de costumbre, la industria se resistió todo lo posible a abandonar el pigmento hasta que no hubo encontrado un sustituto adecuado, condenando a miles de personas a una grave intoxicación. De hecho, hasta comienzos del siglo XX no empezó a restringirse el libre acceso de la gente al arsénico, un producto que, por extraño que pueda parecer, se utilizaba en un gran número de remedios para combatir enfermedades. Parte de la responsabilidad de esto último la tuvo Paul Ehrlich, el eminente médico alemán que fue el primero en encontrar un agente antimicrobiano eficaz cuando se le ocurrió emplear el arsénico para curar la sífilis, en forma de un medicamento llamado salvarsán. El salvarsán no era tóxico, pero desató la moda de usar muchos compuestos que sí lo eran, hasta que las autoridades sanitarias decidieron acabar con el despropósito.
 
No se sabe a ciencia cierta por qué el arsénico resulta tan tóxico, aunque parece que su metabolización produce moléculas que interfieren con las hormonas y con el ADN. El problema actual es que este elemento se encuentra un poco por todas partes, concentrándose con relativa facilidad en determinados tipos de suelo. En Bangladesh, por ejemplo, más de 70 millones de personas están sometidas a peligro de envenenamiento debido a los elevados niveles de arsénico presentes en las aguas subterráneas y, de hecho, cientos de miles sufren de envenenamiento crónico. La arsenicosis, fruto del consumo de agua contaminada durante años, origina diabetes, cáncer, y graves daños en el hígado y el riñón. La OMS, el Banco Mundial y el gobierno del país asiático llevan décadas buscando soluciones, pero dado el grado de pobreza del país y la dificultad de la tarea es probable que se tarde décadas en resolver el problema.
 
¡Hasta pronto!
 
(*) ¿Te ha gustado esta entrada? Pues no es sino un extracto de nuestro libro, El secreto de Prometeo y otras historias sobre la tabla periódica de los elementos. ¡No te lo pierdas! ¡Está en todas las librerías!


viernes, 3 de febrero de 2017

La información "imposible" de Los viajes de Gulliver


Gulliver descubre la isla voladora. Ilustración de J.J.Grandville
 
 

La información "imposible" de Los viajes de Gulliver



A consecuencia de los continuos avances de la astronomía, a mediados del siglo XVIII había mucha gente que creía en la posibilidad real de que existiese vida inteligente en otros lugares del Sistema Solar, y no nos referimos únicamente al gran público sino también a eminencias como Voltaire, Laplace o Kant. El mismísimo William Herschel, el célebre descubridor del planeta Urano, opinaba no solo que existían los selenitas sino que incluso el Sol debía estar habitado, siendo las manchas solares unas «ventanas» en la superficie del Astro Rey que podían permitirnos ver un interior desde donde los seres solares quizá también nos observasen a nosotros.

Es en este contexto en el que comenzaron a publicarse importantes obras de ficción como el Micromegas de Voltaire, en el que se nos cuenta como un gigante exiliado de un planeta que orbita la estrella Sirio y un habitante de Saturno llegan montados en un cometa hasta la Tierra, poniéndose a charlar sobre filosofía y ciencia con un pequeño grupo de sabios. Además, en su pequeño libro el gran escritor francés adjudica al planeta Marte dos satélites que nadie había visto nunca, aunque, en realidad, Voltaire no era el primero en imaginar que el planeta rojo dispusiese de esta compañía, pues ya un cuarto de siglo antes Jonathan Swift había hecho mención a lo mismo en su célebre novela, Los viajes de Gulliver. Lo más probable es, por tanto, que Voltaire simplemente adoptase la idea sugerida por el irlandés.

Ahora bien, como resulta que Fobos (del griego Φóβoς, «miedo») y Deimos (de Δείμος, «terror») son reales pero no serían descubiertos hasta 1877, muchos partidarios de que los extraterrestres nos visitan vienen advirtiendo desde hace décadas de que estamos ante la prueba incontestable de que Swift tuvo que recibir esta información de alguna fuente desconocida, quizá a partir de un contacto directo o bien de un documento perdido que narrase una auténtica visita alienígena a nuestro planeta. Como evidencia adicional, apuntan a que en la obra los habitantes de la isla imaginaria de Laputa proporcionan al protagonista información acerca de la distancia y el período orbital de ambos satélites con respecto al planeta, algo que, aseguran, Swift no habría sido capaz de inventar.

Sin embargo, un sencillo examen de los detalles proporcionados en Los viajes de Gulliver muestra que los aparentemente extraños datos en realidad carecen de precisión. Fobos está situado a 9.377 km de Marte y completa su órbita en 7 horas y 39 minutos, mientras que Deimos se encuentra a 23.459 km y tarda poco más de 30 horas y media. Sin embargo, en la novela se dice que el primero está a 20.000 km del planeta y tarda 10 horas en rodearlo y que el segundo se aleja hasta los 34.000 Km, tardando 21 horas. Por tanto, la disparidad es tan grande que no permite pensar en una información fidedigna, sino más bien en una extraordinaria intuición acompañada de unos datos ideados por el propio autor.

¿Cuál es, por tanto, la explicación del misterio? Sin duda, una bastante menos excitante que la del supuesto contacto alienígena. Como Venus no tiene satélites, la Tierra tiene uno, y en aquella época se pensaba que Júpiter tenía cuatro, Swift habría adjudicado dos a Marte para mantener la progresión. Esta conjetura estaba basada en algunas ideas de Kepler que partían de una teoría relacionada con los sólidos perfectos entroncada, a su vez, con la vieja idea pitagórica de la «música de las esferas». Por otra parte, y como no podían verse con el telescopio, el autor estimó correctamente que ambos satélites debían ser pequeños y encontrarse cerca del planeta, por lo que sus períodos orbitales serían cortos. Por el contrario, las distancias que indicó fueron totalmente especulativas, aunque a partir de ellas probablemente utilizase las ya conocidas leyes de Kepler para calcular el periodo de las órbitas.

Como suele suceder en estos casos, un simple análisis superficial de un pretendido enigma permite descartar de inmediato las hipótesis extravagantes, aunque siempre quedarán personas que sigan pensando que hay algo raro detrás de todo esto. En el caso que nos ocupa, y por extraño que pueda parecer, la imaginación de dos grandes escritores del Siglo de las Luces ha desembocado en pleno siglo XXI en una miríada de páginas en internet en donde se especula con la naturaleza de la misteriosa fuente que habría informado a Swift de los detalles de los satélites de Marte muchas décadas antes de que se descubriesen. Y es que, a fin de cuentas, ¿a quién le interesa una explicación prosaica si tal vez pueda existir otra sensacional?

¡Hasta pronto!

 

 
 

viernes, 13 de enero de 2017

Gases misteriosos y recetas para fabricar ratones


Grabado  que representa a Van Helmont y a su hijo en Ortus Medicinae
 
 

Gases misteriosos y recetas para

fabricar ratones

 
 
Nacido en 1580, el flamenco Jan Baptist Van Helmont fue una de las figuras más extraordinarias de las décadas que precedieron al advenimiento de la Revolución científica. Químico, fisiólogo y médico, es considerado como uno de los padres fundadores de la «química neumática», no en vano fue el primero en utilizar la palabra «gas» (del griego Χάος). Aunque era médico de formación y practicó dicha disciplina durante mucho tiempo, su verdadera pasión era la química, a la cual pudo dedicarse por completo tras jubilarse a temprana edad, gracias al hecho de que tanto sus padres como su esposa eran de noble linaje y su posición era, por tanto, acomodada. Combinando sus conocimientos de medicina y fisiología con las ideas de Paracelso, aplicó los principios de la química a la investigación de procesos como la respiración o la digestión, llegando a intuir incluso el concepto de enzima, razón por la cual también se le tiene por el gran precursor de los bioquímicos

Algunos de los experimentos de Van Helmont fueron muy avanzados para la época. A partir de la observación de la combustión del carbón vegetal y de la fermentación del vino fue capaz de identificar lo que él llamó el gas sylvestre, que no era otro que el dióxido de carbono, uno de los compuestos más importantes de la naturaleza. Se cree que el gran estudioso nacido en Bruselas era consciente de las grandes cantidades de gas que se desprenden al quemar la materia orgánica, aunque no llegó a darse cuenta de todas las implicaciones que eso tenía. De hecho, como consecuencia de uno de sus experimentos más famosos, consistente en cultivar un sauce llorón durante cinco años suministrándole únicamente agua, llegó a la errónea conclusión de que el árbol había ganado toda su masa gracias al líquido elemento, sin percatarse del papel que jugaba el gas que había descubierto.

Sin embargo, al igual que sucedía con otros investigadores de su época, el pensamiento de Van Helmont era en realidad una desconcertante mezcla de ciencia con misticismo y magia, una especie de via de transición entre la vieja tradición de supersticiones medievales y la nueva filosofía natural de carácter experimental y positivista. De hecho, parte de la razón de que se equivocase en el experimento del árbol tuvo que ver con su adhesión a cierta versión de la trasnochada teoría de los cuatro elementos de Aristóteles, según la cual el agua siempre jugaba un papel primordial. Incluso para algunos ilustres contemporáneos, como el célebre químico Robert Boyle, Van Helmont combinaba de manera irritante un gran número de descubrimientos relevantes con toda una sarta de tonterías. Por ejemplo, en sus escritos a menudo divagaba sobre oscuros conceptos metafísicos de naturaleza religiosa que después aplicaba a la cosmología. También era un profundo creyente en la naturaleza real de la piedra filosofal, herencia de los alquimistas que la habían puesto de moda durante el Renacimiento, así como en otras ideas aún más extrañas. Una de las más extravagantes era su convicción de que aplicar un ungüento a un cañón ayudaba a curar las heridas que producía.

Pero, adepto como era de la antiquísima teoría de la generación espontánea, que hundía sus raíces más allá de los tiempos de la Grecia clásica, y según la cual los seres vivos podían surgir espontáneamente de lugares tales como las charcas o el barro, quizá la actividad más pintoresca que nos haya legado el genio de Flandes es una delirante receta para producir ratones a partir de unos granos de trigo mezclados con ropa sucia. En muchos sitios de internet pueden encontrase referencias simplificadas al espectacular texto de Van Helmont, pero la traducción completa más difundida del original reza así (van Helmont, Ortus Medicinae, p 92, 1667):
 
"…Las criaturas tales como los piojos, garrapatas, pulgas y gusanos son nuestros miserables huéspedes y vecinos, pero nacen de nuestras entrañas y excrementos. Porque si colocamos ropa interior llena de sudor, con trigo, en un recipiente de boca ancha, al cabo de veintiún días el olor cambia y el fermento, surgiendo de la ropa interior y penetrando a través de las cáscaras de trigo, transforma el trigo en ratones; pero lo que es más notable aún es que se forman ratones de ambos sexos, y que éstos se pueden cruzar con ratones que hayan nacido de manera normal… Pero lo que es verdaderamente increíble es que los ratones que han surgido del trigo y la ropa intima sudada no son pequeñitos ni deformes, ni defectuosos, sino que son adultos perfectos..."
 
Por qué al bueno de Van Helmont no se le ocurrió que los ratones no salieron del recipiente, sino que entraron en él desde fuera, dice mucho de la peculiar forma de pensar del por otra parte gran pionero de la ciencia moderna.
 
¡Hasta la próxima!

domingo, 18 de diciembre de 2016

Scott, Napoleón y la leyenda de la maldición del estaño


Los miembros del equipo de Scott en el Polo Sur, el 18 de enero de 1912.
 

Scott, Napoleón, y la leyenda de la maldición del estaño


En el mundo de los metales el estaño es un caso muy raro. No solo se funde a una temperatura bastante reducida (232ºC), sino que cuando se enfría por debajo de 13,2ºC su estructura cristalina cambia, haciendo que el material engorde, se vuelva frágil y acabe por desmenuzarse en una especie de polvo blanco. Además, y por si esto fuera poco, cuando se dobla una barra de estaño el metal produce un chirrido característico causado por el rozamiento interno, que parece literalmente un grito.
 
Estas curiosas propiedades del estaño nunca impidieron que en la antigüedad fuese un auténtico material estratégico, buscado por todas partes para fabricar el omnipresente bronce -los fenicios se atrevieron a cruzar el estrecho de Gibraltar y llegar hasta las islas Casitéridas (¿Gran Bretaña?) - ni que haya sido utilizado durante milenios para fabricar todo tipo de objetos, desde juguetes hasta latas de conserva. La razón de esto último tiene que ver con su resistencia a la corrosión, una propiedad que, como hemos visto, desaparece sin embargo por completo en cuanto hace un poco de frío.
 
La extraña tendencia de este metal a descomponerse a temperaturas bajas, en lo que ha venido a conocerse como la “peste del estaño”, ha ocasionado todo tipo de problemas a lo largo de la historia, alguno de los cuales ha llegado a convertirse en célebre. En ese sentido, entre los más comentados en libros, artículos de divulgación y páginas web, se encuentran los acaecidos al infortunado capitán Scott y a su condenada expedición al Polo Sur de 1912, así como los que supuestamente habrían aquejado al ejército de Napoleón unos cien años antes, durante la desastrosa campaña de Rusia del invierno de 1812. Ahora bien, ¿sucedieron de verdad ambos incidentes o se trata más bien de leyendas urbanas?
 
En el caso de la frustrada hazaña del explorador británico, la desafortunada intervención del estaño habría tenido que ver con las soldaduras de las latas que contenían el queroseno que servía para alimentar el motor de dos trineos, además de para calentarse y preparar la comida. En su diario, el capitán Scott revela como en el último tramo de su viaje se encontraron con varias latas vacías, algo que durante mucho tiempo ha sido atribuido a que la “peste del estaño” destruyó las soldaduras hechas a base del metal y sometidas a temperaturas de muchos grados bajo cero. Sin embargo, no existen pruebas concluyentes de que esto fuese así. Algunas de las latas supervivientes tienen los sellos intactos y un análisis de las mismas ha mostrado que el combustible no estaba contaminado por el estaño, algo a lo que también se atribuyó en su día el mal comportamiento de los motores. De hecho, las soldaduras podrían no haberse estropeado de forma significativa, ya que el estaño utilizado probablemente no fuese de gran pureza. No obstante, lo relatado en el diario del infortunado explorador deja la puerta abierta a que la corrosión de las soldaduras pudiese haber intervenido de alguna manera en el desastre.
 
Por el contrario, caben pocas dudas de que la historia de lo sucedido a la Grande Armeé de Napoleón sea poco más que una leyenda urbana. Aunque es muy posible que los botones de estaño de las guerreras de los soldados franceses se viesen afectados por las inclementes temperaturas del terrible invierno ruso, hay muchas formas de atar, coser o mantener cerrada una prenda de tela, por lo que no parece probable que la fragilidad del estaño fuese demasiado responsable de las congelaciones. No está claro cual es el origen de este mito, que ha sido repetido hasta la saciedad en las últimas décadas, pero probablemente su veracidad sea similar a la de los relatos que circulan en algunos países nórdicos – de modo particular en Noruega – acerca de cómo los órganos de las iglesias se desmenuzaban literalmente en invierno por culpa de esta peculiaridad. En cualquier caso, es una realidad que la insólita capacidad del estaño para estropearse a bajas temperaturas ha ocasionado tantos problemas que su famosa “peste” ha dañado irremediablemente la imagen de este sorprendente metal, pagado en la antigüedad a precio de oro y que convive con nosotros a diario en forma de hoja de lata.
 
¡Hasta pronto!