viernes, 13 de enero de 2017

Gases misteriosos y recetas para fabricar ratones


Grabado  que representa a Van Helmont y a su hijo en Ortus Medicinae
 
 

Gases misteriosos y recetas para

fabricar ratones

 
 
Nacido en 1580, el flamenco Jan Baptist Van Helmont fue una de las figuras más extraordinarias de las décadas que precedieron al advenimiento de la Revolución científica. Químico, fisiólogo y médico, es considerado como uno de los padres fundadores de la «química neumática», no en vano fue el primero en utilizar la palabra «gas» (del griego Χάος). Aunque era médico de formación y practicó dicha disciplina durante mucho tiempo, su verdadera pasión era la química, a la cual pudo dedicarse por completo tras jubilarse a temprana edad, gracias al hecho de que tanto sus padres como su esposa eran de noble linaje y su posición era, por tanto, acomodada. Combinando sus conocimientos de medicina y fisiología con las ideas de Paracelso, aplicó los principios de la química a la investigación de procesos como la respiración o la digestión, llegando a intuir incluso el concepto de enzima, razón por la cual también se le tiene por el gran precursor de los bioquímicos

Algunos de los experimentos de Van Helmont fueron muy avanzados para la época. A partir de la observación de la combustión del carbón vegetal y de la fermentación del vino fue capaz de identificar lo que él llamó el gas sylvestre, que no era otro que el dióxido de carbono, uno de los compuestos más importantes de la naturaleza. Se cree que el gran estudioso nacido en Bruselas era consciente de las grandes cantidades de gas que se desprenden al quemar la materia orgánica, aunque no llegó a darse cuenta de todas las implicaciones que eso tenía. De hecho, como consecuencia de uno de sus experimentos más famosos, consistente en cultivar un sauce llorón durante cinco años suministrándole únicamente agua, llegó a la errónea conclusión de que el árbol había ganado toda su masa gracias al líquido elemento, sin percatarse del papel que jugaba el gas que había descubierto.

Sin embargo, al igual que sucedía con otros investigadores de su época, el pensamiento de Van Helmont era en realidad una desconcertante mezcla de ciencia con misticismo y magia, una especie de via de transición entre la vieja tradición de supersticiones medievales y la nueva filosofía natural de carácter experimental y positivista. De hecho, parte de la razón de que se equivocase en el experimento del árbol tuvo que ver con su adhesión a cierta versión de la trasnochada teoría de los cuatro elementos de Aristóteles, según la cual el agua siempre jugaba un papel primordial. Incluso para algunos ilustres contemporáneos, como el célebre químico Robert Boyle, Van Helmont combinaba de manera irritante un gran número de descubrimientos relevantes con toda una sarta de tonterías. Por ejemplo, en sus escritos a menudo divagaba sobre oscuros conceptos metafísicos de naturaleza religiosa que después aplicaba a la cosmología. También era un profundo creyente en la naturaleza real de la piedra filosofal, herencia de los alquimistas que la habían puesto de moda durante el Renacimiento, así como en otras ideas aún más extrañas. Una de las más extravagantes era su convicción de que aplicar un ungüento a un cañón ayudaba a curar las heridas que producía.

Pero, adepto como era de la antiquísima teoría de la generación espontánea, que hundía sus raíces más allá de los tiempos de la Grecia clásica, y según la cual los seres vivos podían surgir espontáneamente de lugares tales como las charcas o el barro, quizá la actividad más pintoresca que nos haya legado el genio de Flandes es una delirante receta para producir ratones a partir de unos granos de trigo mezclados con ropa sucia. En muchos sitios de internet pueden encontrase referencias simplificadas al espectacular texto de Van Helmont, pero la traducción completa más difundida del original reza así (van Helmont, Ortus Medicinae, p 92, 1667):
 
"…Las criaturas tales como los piojos, garrapatas, pulgas y gusanos son nuestros miserables huéspedes y vecinos, pero nacen de nuestras entrañas y excrementos. Porque si colocamos ropa interior llena de sudor, con trigo, en un recipiente de boca ancha, al cabo de veintiún días el olor cambia y el fermento, surgiendo de la ropa interior y penetrando a través de las cáscaras de trigo, transforma el trigo en ratones; pero lo que es más notable aún es que se forman ratones de ambos sexos, y que éstos se pueden cruzar con ratones que hayan nacido de manera normal… Pero lo que es verdaderamente increíble es que los ratones que han surgido del trigo y la ropa intima sudada no son pequeñitos ni deformes, ni defectuosos, sino que son adultos perfectos..."
 
Por qué al bueno de Van Helmont no se le ocurrió que los ratones no salieron del recipiente, sino que entraron en él desde fuera, dice mucho de la peculiar forma de pensar del por otra parte gran pionero de la ciencia moderna.
 
¡Hasta la próxima!

domingo, 18 de diciembre de 2016

Scott, Napoleón y la leyenda de la maldición del estaño


Los miembros del equipo de Scott en el Polo Sur, el 18 de enero de 1912.
 

Scott, Napoleón, y la leyenda de la maldición del estaño


En el mundo de los metales el estaño es un caso muy raro. No solo se funde a una temperatura bastante reducida (232ºC), sino que cuando se enfría por debajo de 13,2ºC su estructura cristalina cambia, haciendo que el material engorde, se vuelva frágil y acabe por desmenuzarse en una especie de polvo blanco. Además, y por si esto fuera poco, cuando se dobla una barra de estaño el metal produce un chirrido característico causado por el rozamiento interno, que parece literalmente un grito.
 
Estas curiosas propiedades del estaño nunca impidieron que en la antigüedad fuese un auténtico material estratégico, buscado por todas partes para fabricar el omnipresente bronce -los fenicios se atrevieron a cruzar el estrecho de Gibraltar y llegar hasta las islas Casitéridas (¿Gran Bretaña?) - ni que haya sido utilizado durante milenios para fabricar todo tipo de objetos, desde juguetes hasta latas de conserva. La razón de esto último tiene que ver con su resistencia a la corrosión, una propiedad que, como hemos visto, desaparece sin embargo por completo en cuanto hace un poco de frío.
 
La extraña tendencia de este metal a descomponerse a temperaturas bajas, en lo que ha venido a conocerse como la “peste del estaño”, ha ocasionado todo tipo de problemas a lo largo de la historia, alguno de los cuales ha llegado a convertirse en célebre. En ese sentido, entre los más comentados en libros, artículos de divulgación y páginas web, se encuentran los acaecidos al infortunado capitán Scott y a su condenada expedición al Polo Sur de 1912, así como los que supuestamente habrían aquejado al ejército de Napoleón unos cien años antes, durante la desastrosa campaña de Rusia del invierno de 1812. Ahora bien, ¿sucedieron de verdad ambos incidentes o se trata más bien de leyendas urbanas?
 
En el caso de la frustrada hazaña del explorador británico, la desafortunada intervención del estaño habría tenido que ver con las soldaduras de las latas que contenían el queroseno que servía para alimentar el motor de dos trineos, además de para calentarse y preparar la comida. En su diario, el capitán Scott revela como en el último tramo de su viaje se encontraron con varias latas vacías, algo que durante mucho tiempo ha sido atribuido a que la “peste del estaño” destruyó las soldaduras hechas a base del metal y sometidas a temperaturas de muchos grados bajo cero. Sin embargo, no existen pruebas concluyentes de que esto fuese así. Algunas de las latas supervivientes tienen los sellos intactos y un análisis de las mismas ha mostrado que el combustible no estaba contaminado por el estaño, algo a lo que también se atribuyó en su día el mal comportamiento de los motores. De hecho, las soldaduras podrían no haberse estropeado de forma significativa, ya que el estaño utilizado probablemente no fuese de gran pureza. No obstante, lo relatado en el diario del infortunado explorador deja la puerta abierta a que la corrosión de las soldaduras pudiese haber intervenido de alguna manera en el desastre.
 
Por el contrario, caben pocas dudas de que la historia de lo sucedido a la Grande Armeé de Napoleón sea poco más que una leyenda urbana. Aunque es muy posible que los botones de estaño de las guerreras de los soldados franceses se viesen afectados por las inclementes temperaturas del terrible invierno ruso, hay muchas formas de atar, coser o mantener cerrada una prenda de tela, por lo que no parece probable que la fragilidad del estaño fuese demasiado responsable de las congelaciones. No está claro cual es el origen de este mito, que ha sido repetido hasta la saciedad en las últimas décadas, pero probablemente su veracidad sea similar a la de los relatos que circulan en algunos países nórdicos – de modo particular en Noruega – acerca de cómo los órganos de las iglesias se desmenuzaban literalmente en invierno por culpa de esta peculiaridad. En cualquier caso, es una realidad que la insólita capacidad del estaño para estropearse a bajas temperaturas ha ocasionado tantos problemas que su famosa “peste” ha dañado irremediablemente la imagen de este sorprendente metal, pagado en la antigüedad a precio de oro y que convive con nosotros a diario en forma de hoja de lata.
 
¡Hasta pronto!
 

viernes, 2 de diciembre de 2016

Los orígenes enigmáticos del primer portulano de Occidente

La Carta Pisana en el pergamino original
 

Los orígenes enigmáticos del primer portulano de Occidente

 
En la Biblioteca Nacional de París se conserva desde 1839 una legendaria carta náutica, la Carta Pisana, sobre la que se han vertido auténticos ríos de tinta. Y no es para menos. Supuestamente confeccionada en la segunda mitad del siglo XIII (no puede ser anterior a 1256 ni posterior a 1290 debido a ciertos detalles de la información que proporciona), es el primer ejemplo que se conserva de los llamados portulanos medievales, una colección de extraordinarios mapas en los que se representan por primera vez las costas del Mediterráneo y del Mar Negro, así como parte del Océano Atlántico, con un aspecto extrañamente moderno, muy alejado de las rudimentarias representaciones hasta entonces habituales en la cartografía medieval.
 
El sorprendente mapa, bautizado con ese nombre debido a que fue encontrado en Pisa, en Italia, muestra con todo lujo de detalle los accidentes costeros así como muchos de los puertos que en aquella época jalonaban los mares mencionados, pero carece de información alguna acerca del interior, lo que prueba que se trata con toda probabilidad de una carta de navegación, la primera conocida en Occidente. Es también el primer mapa que se conserva en el que se introducen los círculos de rumbos, en concreto dos, con dieciséis divisiones correspondientes a las direcciones de la rosa de los vientos, algo que, junto con su orientación, parece estar relacionado con la difusión del uso de la brújula en la zona del Mediterráneo.
 
Tradicionalmente, se cree que la Carta Pisana y sus posibles predecesoras fueron desarrolladas en el área de influencia genovesa, entre otras cosas porque la densidad de puertos que muestra es mayor en la zona del Mar Tirreno, difundiéndose después la nueva cartografía hacia Venecia y Mallorca, donde se confeccionaron muchos de los ejemplares de los siglos XIV y XV que guardan un estrecho parecido tanto entre sí como con su ilustre precursor de Génova. Pero el verdadero misterio reside en saber cuales pudieron ser las fuentes originales de este extraordinario mapa, cuya precisión, especialmente en lo tocante a las longitudes geográficas, hace que no se encuentre nada ni remotamente parecido entre el resto de la cartografía antigua o medieval.
 
Por un lado, es evidente que gran parte de la información reflejada en la carta es de carácter eminentemente práctico, probablemente obtenida a través de la experiencia de los marineros. Además, el uso de dialectos en los nombres de algunos lugares apunta a que los detalles fueron recopilados a partir de diversas fuentes regionales. Sin embargo, a lo largo del tiempo se han sugerido otras alternativas, como la posible influencia sobre la carta de la antigua cartografía grecorromana, o como la propuesta por parte del geógrafo y explorador sueco Otto Nordenksjöld acerca de la supuesta existencia de un original perdido de origen español, posiblemente obra de Ramón Llull. También existen hipótesis más especulativas e incluso disparatadas, como la que asegura que la carta es copia de un mapa muy antiguo y extraordinariamente preciso, en el que algunos han visto la huella de una civilización desaparecida.
 
La idea de Nordenksjöld partía de la base de que todos los portulanos posteriores no eran sino copias retocadas de la Carta Pisana o de un ejemplar anterior que, según los partidarios del origen antiguo del mapa, podría haber llegado hasta Italia procedente de los archivos bizantinos tras el saqueo de Constantinopla en 1204. Sin embargo, y a pesar del indudable parecido entre todas ellas, un examen detallado de las cartas náuticas de los dos siglos posteriores muestra una cierta evolución que hace pensar en un desarrollo paulatino de la idea original a partir de su origen incierto, no existiendo prueba alguna que relacione a la Carta Pisana con las vicisitudes de la Cuarta Cruzada ni con ninguno de los cartógrafos de la antigüedad. Bien es verdad que algunos estudiosos han respaldado con ciertos argumentos que los artesanos que la confeccionaron pudieron haberse visto influenciados por los trabajos del geógrafo fenicio Marino de Tiro, esto último probablemente a través de fuentes musulmanas, o por los viejos mapas de la red de calzadas costeras del Imperio romano que se conservaban en los archivos de Constantinopla. En este último caso, una vez más sería el célebre saqueo la fuente del enigmático mapa.
 
Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que la Carta Pisana es, por derecho propio, uno de los trabajos de cartografía más influyentes de la historia y, al mismo tiempo, uno de los que más controversias ha despertado. Desde los que no ven en el más que la cristalización de las nuevas ideas acerca de la navegación y la cartografía que se desarrollaron en el área del Mediterráneo durante el transcurso de la Baja Edad Media hasta los que piensan que se trata de un documento de origen templario que contiene instrucciones secretas, pasando por los que opinan sin ningún tipo de prueba que el mapa es copia de un original mucho más completo y confeccionado por una misteriosa civilización perdida de la edad del Hielo que algunos identifican con la Atlántida, nadie parece indiferente a la fascinación que suscita uno de los documentos más extraordinarios de toda la ciencia medieval.
 
¡Hasta pronto!

viernes, 11 de noviembre de 2016

Orffyreus y el movimiento perpetuo*

Diagrama de la célebre máquina de Orffyreus
 

Orffyreus y el "movimiento perpetuo"

 
Desde el principio de los tiempos, las personas de mente despierta observaron con curiosidad el movimiento sin descanso de los ríos, de las nubes o de los astros. El Sol, por ejemplo, salía y se ponía todos los días, sin excepción, una y otra vez, desde tiempo inmemorial, sin que nadie pareciese empujarle. Este aparente “movimiento perpetuo natural” no parecía ser obra de los dioses, sino de algún tipo de mecanismo intrínseco a las cosas naturales. ¿No sería posible remedar este mecanismo de algún modo? ¡Qué fácil sería la vida si las máquinas se pudiesen mantener siempre en movimiento, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo!
 
El más notorio de los defensores del movimiento perpetuo fue Johann Ernst Elias Bessler, más conocido como Orffyreus (1680-1745). Aunque había estudiado teología y medicina, Orffyreus era un apasionado de la mecánica y, en concreto, de los mecanismos de relojería. Parece ser que experimentó durante años con cientos de modelos de móvil perpetuo, y aseguraba haber construido al menos cuatro que funcionaban perfectamente. En 1717 publicó un panfleto titulado Perpetuum Mobile Triumphans by Orffyreus, donde afirmaba haber conseguido que “un material muerto no solamente se mueva a si mismo, sino que levante peso y haga trabajo”. Sus máquinas tuvieron tanto éxito que legiones de curiosos pagaban por verlas en funcionamiento, aunque se dice que el bueno de Orffyreus empleaba a menudo el dinero en obras de caridad. En una ocasión, llegó a poner su secreto a la venta por el equivalente a unos 25,000 Euros. Al enterarse de lo lucrativo del negocio, el Príncipe de Hessen-Kassel, del que llegó a ser consejero, estableció un impuesto sobre el dinero recolectado, lo cual se dice que enfadó tanto a Bessler que en un arranque de cólera destrozó uno de sus fascinantes modelos.
 
Pero el mayor éxito de Bessler, y quizás el más enigmático de todos los intentos de construir un móvil perpetuo, tuvo lugar el 12 de Noviembre de 1717, cuando bajo los auspicios del Landgrave de Hessen el mecánico aficionado construyó una rueda de buen tamaño que fue puesta en movimiento y encerrada en una habitación sellada. Según las crónicas, el 26 de Noviembre y posteriormente el 4 de Enero de 1718, la habitación fue abierta, encontrándose, para sorpresa de todos, que la misteriosa rueda parecía seguir girando a la misma velocidad que al principio. Sin embargo, solamente algunas personas tuvieron ocasión de examinar el mecanismo en secreto, y solo lo hicieron en parte. En verdad impresionado, el Landgrave envió al filósofo y matemático holandés Willem Gravesande a examinar el artefacto, y el profesor quedó igualmente convencido de estar ante un ejemplo genuino de movimiento perpetuo. Por desgracia, el Landgrave no había informado a Orffyreus acerca de este examen, y éste, montando de nuevo en cólera, destruyó el mecanismo.
 
De hecho, la explicación del misterio podría ser sencilla. Como excelente relojero que era, Orffyreus había desarrollado un mecanismo de engranajes capaz de mantener el movimiento durante un tiempo prolongado, algo nada extraordinario ya en aquella época. Por descontado, si la rueda se hubiese dejado funcionar durante el tiempo suficiente, habría terminado por pararse. Otra posibilidad nada desdeñable es que se tratase de un fraude, ya que el hecho de que la habitación estuviese cerrada impedía observar lo que sucedía en su interior. De hecho, el intrépido relojero fue acusado de ello en muchas ocasiones, llegando a decirse que había otras personas que manipulaban los instrumentos.
 
En cualquier caso, Orffyreus, que había destruido todos sus dibujos y modelos cuando pensó que iba a ser arrestado por este motivo, murió en 1745 al caerse de uno de sus aparatos, llevándose a la tumba su secreto para siempre. En las décadas que siguieron, la creencia en la posibilidad de que existiese el movimiento perpetuo languideció, hasta que el desarrollo de la nueva ciencia de la termodinámica durante la primera mitad del siglo XIX enterró el sueño para siempre.
 
¡Hasta pronto!
 
*Extractado y adaptado de El científico que derrotó a Hitler

 

lunes, 24 de octubre de 2016

El astrólogo omeya que pudo volar

Representación figurada del "vuelo" de ibn-Firnas


El astrólogo omeya que pudo volar

 


La Córdoba de los siglos IX y X debió ser, sin duda, un lugar fascinante, lleno de tipos extraordinarios que se afincaron allí atraídos por la reputación de la brillante capital de al-Andalus, por aquel entonces una de las cuatro ciudades mayores y más avanzadas del planeta. Uno de esos personajes fabulosos fue Abbas ibn Firnas (Abbas Abu al-Qasim ibn Firnas ibn Wirdas al-Takurini), un auténtico Leonardo que, si atendemos a todo lo que se dice de el, practicaba con maestría la medicina, la alquimia, la ingeniería, la astrología, la prestidigitación, la música y la poesía.
 
Nacido en lo que hoy es Ronda, en la provincia de Málaga, se sabe que Abbas era un mawlá omeya de origen bereber que trabajó al servicio de tres emires cordobeses, incluido Abderramán II, hasta 887, que fue el año en el que murió. Su gran habilidad como poeta y como astrólogo le valió el aprecio de los gobernantes cordobeses durante muchas décadas, pero ha pasado a la historia sobre todo por sus inventos y sus contribuciones a la ciencia. Una de las principales fue el traerse desde Irak las tablas astronómicas indias del Sind Hind, que con el tiempo resultarían fundamentales para el desarrollo de la ciencia en Europa. Entre los muchos artilugios que inventó, es célebre un “simulacro del cielo” que montó en una habitación de su casa para solaz de sus invitados, en el que se representaban los astros y las nubes y hasta se simulaban con luz y sonido los relámpagos y los truenos. También diseñó y construyó una magnífica esfera armilar, así como la primera clepsidra de flujo constante conocida hasta la fecha en al-Andalus. Según parece, descubrió asimismo un novedoso método para tallar el cristal de cuarzo que permitió a los andalusíes el no tener que importarlo, lo que supuso un gran impulso económico para los hornos cordobeses.
 
Pero la principal hazaña que se recuerda del extraordinario sabio andalusí es su supuesto intento de volar, algo que perduró en la memoria colectiva durante siglos, sirviendo de inspiración a romances y relatos a lo largo de la España hispano-musulmana. En efecto, y según una de las dos únicas fuentes conocidas, el Nafh at-tib del argelino Al-Maqqari, escrito a principios del siglo XVII:
 
«Se las ingenió para que su cuerpo volara. Se revistió con plumas y se colocó dos alas. Voló por el aire una gran distancia; pero el ingenio no le sirvió en la caída, ya que se daño el trasero. No tuvo en cuenta que el ave solamente cae sobre el arranque de su cola y no se fabricó ninguna» (Al-Maqqari, 1986: IV, 348-349)
 
Parece claro que Al-Maqqari se inspiró en el Mugrib, un texto del siglo XIII del historiador ibn Sa´id, quien apunta a que el intrépido aeronauta dió «...un salto en el cielo de la zona de Ruşãfa, alzarse por el aire y planear sobre él hasta que cayó a una considerable distancia» (Ibn Sa´id, 1953-55: 333)
 
Por lo que se vé, el “vuelo” debió ser algo parecido a un salto con ala delta empleando un artilugio construido con madera y tela, aunque los historiadores no mencionan cuanta distancia recorrió el bueno de Abbas. Por otra parte, algunas fuentes secundarias indican que el sabio cordobés se inspiró en el salto previo de un tal Armen Firman, quien se habría tirado desde una torre cordobesa unos veinte años antes utilizando un armazón de madera, pero la mayoría de los especialistas creen que el tal Firman no sería otro que el propio ibn Firnas, ya que no solo ambos nombres son muy parecidos sino que Abbas, del que se dice que fue un “joven” testigo del salto de Armen, habría tenido en realidad por aquel entonces no menos de cuarenta años, lo que parece apuntar hacia una confusión.
 
Fuesen cuales fuesen los auténticos detalles del extraordinario suceso, la fama de Abbas ibn Firnas ha trascendido el tiempo y el espacio para convertirle en uno de los símbolos más queridos de la luminosa Córdoba del siglo IX, así como en uno de los héroes favoritos de las modernas historiografía y literatura musulmanas. No en vano, en su honor hoy en día se han bautizado un centro astronómico en su ciudad natal, Ronda, un puente en la Córdoba de sus amores y hasta un cráter de la Luna. Por no hablar de las muchas representaciones figuradas del famoso “vuelo” que jalonan varios museos y edificios a lo largo del mundo islámico, ese que se enorgullece de contar entre sus antepasados nada menos que con un legendario pionero de la aviación.
 
¡Hasta pronto!

domingo, 9 de octubre de 2016

Ovnis, cosmonautas, y la invasión de la prensa amarilla

El astronauta L. Gordon Cooper Jr., antes del lanzamiento del Mercury
 

Ovnis, cosmonautas, y la invasión de la prensa amarilla

 
Es un hecho que por internet circulan innumerables bulos que narran los extraños avistamientos de los que, supuestamente, fueron testigo los astronautas de los años sesenta del siglo pasado durante el transcurso de la carrera espacial, incluyendo el célebre alunizaje de 1969. Ciertamente, muchos de los astronautas de los proyectos Gemini y Apollo se tropezaron con objetos que a la postre no resultaron ser sino satélites artificiales, piezas de sus cohetes propulsores y cosas por el estilo pero, a lo largo de los años, muchas revistas de temática ufológica o sensacionalista han publicado informes falsos, fotografías retocadas y conversaciones tergiversadas o que nunca llegaron a ocurrir como si hubiesen sido ciertas, alimentando la leyenda de que los cosmonautas de los años sesenta trabajaban literalmente rodeados de extraterrestres.
 
Sin embargo, es menos conocido que, por extraño que pueda parecer, algunos de los héroes que protagonizaron aquella época llegaron a ser firmes partidarios de los extraterrestres. Es el caso de Gordon Cooper, uno de los miembros originales del proyecto Mercury, quien se pasó media vida asegurando que el gobierno americano estaba ocultando información. Aunque a menudo hacía referencia a «cientos» de avistamientos realizados tanto por él como por otros pilotos, su principal argumento era que, en 1957, unos trabajadores de su equipo que hacían un seguimiento de los aviones que aterrizaban en la base Edwards de la fuerza aérea en California le entregaron una película y varias fotografías de un extraño objeto con pinta de platillo que había aterrizado a menos de cincuenta metros de ellos antes de volver a despegar. Según Cooper, el Pentágono le reclamó el asombroso material y él nunca llegó a volver a verlo. Por el contrario, la versión oficial de este incidente es que lo que se observó y fotografió fue un globo meteorológico. En cualquier caso, Cooper tardó veinte años en relatar lo sucedido en una entrevista, lo que sin duda restó precisión a sus recuerdos.
 
Otros astronautas, como Donald “Deke” Slayton, o el ruso Vladimir Kovalenok (este último ya en 1981) declararon en su día haber visto cosas raras, y según una leyenda urbana Joe Walker habría admitido que tenía instrucciones de detectar ovnis. También Edgar Mitchell, uno de los tripulantes del Apollo 14, aseguró durante una entrevista telefónica en el año 2008 que el gobierno norteamericano estaba ocultando que los extraterrestres nos habían visitado. Mitchell llevaba ya mucho tiempo denunciando una conspiración al respecto, aunque el hecho de que el antiguo héroe creyese en la telepatía y en otros fenómenos paranormales, así como que hubiese fundado en su día el “Instituto de Estudios Noéticos”, no ayudó demasiado a que le tomasen en serio. Además, Mitchell siempre reconoció no haber sido nunca un testigo presencial en un incidente ovni, estando su convicción más basada en el testimonio de terceras personas que en el suyo propio.
 
Por supuesto, estas cosas encantaban a la prensa, que siempre que pudo intentó sacarles partido. Prueba de ello es una anécdota relatada por Frank Borman, uno de los tripulantes de la Gemini 7, que al ofrecerse en 1997 para acudir al programa de televisión Unsolved Mysteries con objeto de desmentir que hubiese visto un ovni en 1965, se encontró con la impagable respuesta: “Bueno, no estamos seguros de quererle en el programa”. Y años más tarde, “Buzz” Aldrin, uno de los dos astronautas que pisaron la Luna por primera vez en 1969, fue objeto de una mala pasada cuando su explicación de como un objeto misterioso que observaron él y sus compañeros no era a su juicio más que uno de los pequeños paneles que se habían desprendido de la nave, fue suprimida a propósito en la entrevista publicada por el Science Channel para dar la impresión de que la tripulación del Apollo 11 se había topado con un objeto de naturaleza desconocida. Bastante molesto, Aldrin se puso en contacto con los gestores del programa para que rectificasen su postura, pero, como era de esperar, no le hicieron ni el más mínimo caso.
 
Después de todo, ¿a quién le importa una verdad prosaica si puede ganarse audiencia vendiendo una noticia sensacional?
 
¡Hasta pronto!
 
Nota: Este artículo es una adaptación ampliada del texto incluido en uno de los capítulos del libro "Los vikingos de Marte", obra del autor del blog.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Areteo, el litio, y los orígenes del tratamiento del trastorno bipolar

Grabado que representa a Areteo de Capadocia
 

Areteo, el litio, y los orígenes del tratamiento del trastorno bipolar

 
El litio es un metal extraordinario. Su átomo es muy pequeño, pues tan solo cuenta con tres protones, lo que le convierte en el único elemento químico que, junto con el hidrógeno y el helio, se produjo durante el Big Bang. Es también el elemento sólido más ligero y, junto al sodio, el único metal que flota en el agua. Además, el tamaño de su átomo le confiere propiedades eléctricas muy especiales. Por ejemplo, las baterías de iones de litio son ligeras, potentes y resistentes, además de recargables un gran número de veces, resultando ideales para equipos portátiles como teléfonos móviles, tabletas y otros objetos imprescindibles en la vida moderna. De hecho, el consumo de litio ha aumentado tanto que asegurar su suministro en el futuro es fuente de preocupación, sobre todo porque el 85% de la producción mundial procede de una única región, compartida por Argentina, Bolivia y Chile y conocida como el “Triángulo del Litio”.
 
Sin embargo, y por extraño que pueda parecer, una de las principales aplicaciones del pequeño metal alcalino tiene que ver con nuestro cerebro, y más concretamente con el tratamiento de mentes enfermas. En un tiempo tan lejano como el siglo I de nuestra era, Areteo de Capadocia, un notable médico del que se sabe muy poco, fue quizá el primero en percatarse de que los episodios intensos de manía y de depresión que afectaban a algunas personas eran dos manifestaciones de una misma enfermedad. Además, era tan observador que notó que beber ciertas aguas con fama de medicinales ayudaba a mejorar a estos enfermos. Aunque él no lo sabía, ni que decir tiene que se trataba de aguas con alto contenido en litio. Con esta y otras muchas observaciones, el genial galeno del mundo grecorromano escribió un tratado titulado Sobre las causas y los síntomas de las enfermedades, el cual se convirtió, por derecho propio, en uno de los mejores manuales clínicos de la antigüedad, en el que se describen, entre otros males, la epilepsia, la melancolía y la locura. El de Capadocia estaba convencido de que las enfermedades mentales obedecían a causas físicas, y así se propuso tratarlas.
 
Aunque seguramente en su época se trató de un médico bien valorado, los extraordinarios conocimientos de Areteo se perdieron en las brumas de los siglos, hasta que a finales del siglo XIX se reconoció la eficacia de ciertas sales de litio para calmar a los maníaco-depresivos y estabilizar sus estados de ánimo, sin tener la menor idea de por qué esto funcionaba. Con el tiempo, se ha descubierto que este ligero metal ejerce su acción estabilizante a través de varios mecanismos, uno de los cuales consiste en reemplazar al sodio en los canales sinápticos de las neuronas, pues tiene sus mismas propiedades químicas pero es más pequeño y, por tanto, se cuela. El pequeño intruso también activa la despolarización de las membranas pero, al hacerlo más lentamente que el sodio, la tormenta eléctrica desencadenada por el trastorno bipolar no puede tener lugar. Parece ser que el litio también bloquea otros mecanismos neuronales importantes, tales como el bombeo de calcio, habiéndose convertido en un fármaco completamente imprescindible en la psiquiatría de hoy en día.
 
Sin duda todo un homenaje a Areteo de Capadocia, ese contemporáneo de Nerón y Vespasiano del que puede decirse que fundó el estudio sistemático de las enfermedades neurológicas en un tiempo en que la medicina, todavía impregnada de magia y superstición, trataba las enfermedades mentales mediante conjuros y purificaciones.
 
¡Hasta pronto!
 
(*) Adaptado y ampliado a partir de un extracto de El secreto de Prometeo y otras historias sobre la tabla periódica de los elementos.