domingo, 12 de marzo de 2017

Grabado que representa al Nóvgorod "navegando" como buenamente puede 
 

Armas de pesadilla...para sus dueños


A lo largo del tiempo, el desarrollo de nuevas armas ha protagonizado cambios en el devenir de los conflictos bélicos que han influido profundamente en la historia de la humanidad, contribuyendo como pocas cosas a construir y derribar imperios, a sustentar ideologías y, en definitiva, a transformar la sociedad. La introducción de las armas de hierro, por ejemplo, modificó hace milenios toda la organización política del mundo conocido, la invención del arco largo inglés alteró parte de la historia de la Baja Edad Media y el advenimiento de las armas de fuego está sin duda detrás del fin de la época medieval y del nacimiento del estado moderno.
 
Sin embargo, no siempre la introducción de armamento novedoso ha venido acompañada del éxito, ya que en demasiadas ocasiones las expectativas no se correspondieron con la realidad. Y si no, que se lo digan a las tripulaciones de los bombarderos británicos que sobrevolaban Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que fueron testigo de como casi la mitad de las nuevas bombas de alta capacidad, apodadas como “blockbusters”, se estrellaban contra el suelo sin llegar a detonar. O a los soldados del ejército de Federico el Grande, cuyos mosquetes -teóricamente de última generación- tenían tanto peso desplazado hacia la boquilla que a menudo los disparos alcanzaban el objetivo por debajo del blanco.
 
Una de las cosas que mas problemas han ocasionado a lo largo de la historia ha sido la tendencia, típica de muchas carreras de armamento, a incrementar el tamaño de las armas hasta el punto de terminar entregando mastodontes sin ningún valor operativo. En este sentido, es muy conocido el caso del Maus, un carro de combate desarrollado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial que pesaba más de 180 toneladas y del que solo se llegaron a construir dos prototipos, pero la costumbre es muy anterior, tal como atestiguan algunas de las descomunales quinquerremes del periodo helenístico que con frecuencia volcaban o directamente se hundían en el momento de su botadura, debido al enorme peso que desplazaban. El colmo de la fantasía tuvo lugar en el Renacimiento, donde el afán de los comandantes italianos por competir en materia de equipamiento condujo al diseño de máquinas tan extravagantes como el Ribaudo de Antonio della Scala, una especie de ametralladora gigantesca integrada por 144 cañones, de los cuales doce podían dispararse al mismo tiempo. El problema es que resultaba tan pesada que necesitaba cuatro caballos solo para moverla, lo que imposibilitaba su uso en el campo de batalla ya que nunca daba tiempo a colocarla en posición.
 
En otras ocasiones, lo que convertía a las armas en un costoso fiasco no era tanto su tamaño como el diseño, aparentemente revolucionario pero en la práctica completamente absurdo. Quizá el paradigma de ésto fuesen los dos famosos acorazados «circulares» de la flota rusa, el Almirante Popov y el Novgorod, construidos en la década de 1860 con el casco redondo, que resultaban imposibles de gobernar ya que no había forma de que avanzasen en línea recta y que acabaron sus días convertidos en atracción turística. Tampoco los aviones se salvaban de la pesadilla de algunos diseñadores que no parecían estar en sus cabales, como es el caso de los responsables del Royal Aircraft Factory BE.9, un avión británico de la Primera Guerra Mundial al que apodaban «el púlpito» porque el ametrallador se situaba en una especie de púlpito en la nariz del aeroplano, en frente del motor, en una posición en la que durante el vuelo corría el riesgo de ser absorbido y despedazado por este último. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los desesperados ingenieros nazis entregaron, junto a verdaderas maravillas de la técnica, algunos engendros incalificables, como el desastroso Sack AS-6, un avión de hélice ¡con las alas circulares!
 
Pero si hablamos de este tipo de objetos, nada más costoso que el célebre VZ-9 Avrocar, el muy secreto platillo volante que la USAAF intentó poner en marcha en la década de los cincuenta del siglo XX y cuyo proyecto se fue al garete después de docenas de ensayos fallidos y millones de dólares en pérdidas, dado que el aparato apenas conseguía despegar y sus problemas de aerodinámica impedían completamente el poder gobernarlo. Algo que los norteamericanos podían haberse ahorrado simplemente recordando la historia de los acorazados redondos del zar.
 
¡Hasta pronto!

miércoles, 22 de febrero de 2017

Arsénico, por compasión

Arsénico, el peor de los venenos
 

Arsénico, por compasión (*)

 
Una de las sustancias que a lo largo de la historia ha tenido la peor de las famas como veneno es sin duda el arsénico. Los romanos ya lo usaban para tales menesteres y desde hace cincuenta años hay un debate abierto acerca de si Napoleón fue asesinado con él durante su exilio en la isla de Santa Elena. Aunque lo más probable es que el célebre emperador muriese por las complicaciones de una úlcera, la verdad es que se han encontrado niveles elevados de arsénico en algunos cabellos suyos que se han conservado para la posteridad, lo que ha llevado a especular con la posibilidad de que sus carceleros le hubiesen envenenado.
 
En cualquier caso, el arsénico fue muy utilizado como veneno durante toda la época victoriana. El personaje de la novela de Flaubert, Madame Bovary, se suicida con él y un buen número de casos de envenenamiento que en su día fueron célebres pueden achacarse a esta causa. El trióxido de arsénico, conocido en Francia como el «polvo para heredar», era considerado la panacea de los envenenadores, ya que era fácil de echar en la comida o la bebida, no olía a nada y no era posible seguir su rastro en el cuerpo. Por fortuna, en 1836 el químico James Marsh desarrolló el célebre test para detectar arsénico que lleva su nombre, con objeto de desquitarse de la frustración que le produjo el que John Bodle, un asesino que había envenenado a su abuelo con la temible sustancia, se saliese de rositas cuando el jurado no consideró como concluyente el resultado de las pruebas en aquel entonces disponibles. Con su nuevo método, Marsh acabó con el reinado de los «cazadores de herencias» para siempre. En 1840, y por primera vez en la historia, la química forense sirvió para lograr un veredicto de culpabilidad en un juicio por asesinato, al demostrarse mediante el análisis del cadáver y de los restos de comida que una tal Marie Lafarge había utilizado arsénico para matar al bueno de su marido.
 
Siendo así que en el siglo XIX las propiedades tóxicas del arsénico eran tan bien conocidas que sus sales se utilizaban como matarratas y para cobrar por la vía rápida, podría parecer que nadie en su sano juicio lo usaría para hacer pintura, pero nada más lejos de la realidad. El “verde de París” era un pigmento tan hermoso que se utilizó durante décadas para fabricar las mejores pinturas, los más costosos tintes y los más bellos papeles pintados. El mismísimo William Morris, el árbitro de la moda victoriana, abogaba por su uso en detrimento de otros pigmentos, a pesar de que la prensa empezaba a hacerse eco de su toxicidad. En efecto, en los húmedos inviernos del norte el moho convertía el pigmento en arsina (hidruro de arsénico), un gas incoloro que resulta muy efectivo a la hora de matar gente.
 
Como de costumbre, la industria se resistió todo lo posible a abandonar el pigmento hasta que no hubo encontrado un sustituto adecuado, condenando a miles de personas a una grave intoxicación. De hecho, hasta comienzos del siglo XX no empezó a restringirse el libre acceso de la gente al arsénico, un producto que, por extraño que pueda parecer, se utilizaba en un gran número de remedios para combatir enfermedades. Parte de la responsabilidad de esto último la tuvo Paul Ehrlich, el eminente médico alemán que fue el primero en encontrar un agente antimicrobiano eficaz cuando se le ocurrió emplear el arsénico para curar la sífilis, en forma de un medicamento llamado salvarsán. El salvarsán no era tóxico, pero desató la moda de usar muchos compuestos que sí lo eran, hasta que las autoridades sanitarias decidieron acabar con el despropósito.
 
No se sabe a ciencia cierta por qué el arsénico resulta tan tóxico, aunque parece que su metabolización produce moléculas que interfieren con las hormonas y con el ADN. El problema actual es que este elemento se encuentra un poco por todas partes, concentrándose con relativa facilidad en determinados tipos de suelo. En Bangladesh, por ejemplo, más de 70 millones de personas están sometidas a peligro de envenenamiento debido a los elevados niveles de arsénico presentes en las aguas subterráneas y, de hecho, cientos de miles sufren de envenenamiento crónico. La arsenicosis, fruto del consumo de agua contaminada durante años, origina diabetes, cáncer, y graves daños en el hígado y el riñón. La OMS, el Banco Mundial y el gobierno del país asiático llevan décadas buscando soluciones, pero dado el grado de pobreza del país y la dificultad de la tarea es probable que se tarde décadas en resolver el problema.
 
¡Hasta pronto!
 
(*) ¿Te ha gustado esta entrada? Pues no es sino un extracto de nuestro libro, El secreto de Prometeo y otras historias sobre la tabla periódica de los elementos. ¡No te lo pierdas! ¡Está en todas las librerías!


viernes, 3 de febrero de 2017


Gulliver descubre la isla voladora. Ilustración de J.J.Grandville
 
 

La información "imposible" de Los viajes de Gulliver



A consecuencia de los continuos avances de la astronomía, a mediados del siglo XVIII había mucha gente que creía en la posibilidad real de que existiese vida inteligente en otros lugares del Sistema Solar, y no nos referimos únicamente al gran público sino también a eminencias como Voltaire, Laplace o Kant. El mismísimo William Herschel, el célebre descubridor del planeta Urano, opinaba no solo que existían los selenitas sino que incluso el Sol debía estar habitado, siendo las manchas solares unas «ventanas» en la superficie del Astro Rey que podían permitirnos ver un interior desde donde los seres solares quizá también nos observasen a nosotros.

Es en este contexto en el que comenzaron a publicarse importantes obras de ficción como el Micromegas de Voltaire, en el que se nos cuenta como un gigante exiliado de un planeta que orbita la estrella Sirio y un habitante de Saturno llegan montados en un cometa hasta la Tierra, poniéndose a charlar sobre filosofía y ciencia con un pequeño grupo de sabios. Además, en su pequeño libro el gran escritor francés adjudica al planeta Marte dos satélites que nadie había visto nunca, aunque, en realidad, Voltaire no era el primero en imaginar que el planeta rojo dispusiese de esta compañía, pues ya un cuarto de siglo antes Jonathan Swift había hecho mención a lo mismo en su célebre novela, Los viajes de Gulliver. Lo más probable es, por tanto, que Voltaire simplemente adoptase la idea sugerida por el irlandés.

Ahora bien, como resulta que Fobos (del griego Φóβoς, «miedo») y Deimos (de Δείμος, «terror») son reales pero no serían descubiertos hasta 1877, muchos partidarios de que los extraterrestres nos visitan vienen advirtiendo desde hace décadas de que estamos ante la prueba incontestable de que Swift tuvo que recibir esta información de alguna fuente desconocida, quizá a partir de un contacto directo o bien de un documento perdido que narrase una auténtica visita alienígena a nuestro planeta. Como evidencia adicional, apuntan a que en la obra los habitantes de la isla imaginaria de Laputa proporcionan al protagonista información acerca de la distancia y el período orbital de ambos satélites con respecto al planeta, algo que, aseguran, Swift no habría sido capaz de inventar.

Sin embargo, un sencillo examen de los detalles proporcionados en Los viajes de Gulliver muestra que los aparentemente extraños datos en realidad carecen de precisión. Fobos está situado a 9.377 km de Marte y completa su órbita en 7 horas y 39 minutos, mientras que Deimos se encuentra a 23.459 km y tarda poco más de 30 horas y media. Sin embargo, en la novela se dice que el primero está a 20.000 km del planeta y tarda 10 horas en rodearlo y que el segundo se aleja hasta los 34.000 Km, tardando 21 horas. Por tanto, la disparidad es tan grande que no permite pensar en una información fidedigna, sino más bien en una extraordinaria intuición acompañada de unos datos ideados por el propio autor.

¿Cuál es, por tanto, la explicación del misterio? Sin duda, una bastante menos excitante que la del supuesto contacto alienígena. Como Venus no tiene satélites, la Tierra tiene uno, y en aquella época se pensaba que Júpiter tenía cuatro, Swift habría adjudicado dos a Marte para mantener la progresión. Esta conjetura estaba basada en algunas ideas de Kepler que partían de una teoría relacionada con los sólidos perfectos entroncada, a su vez, con la vieja idea pitagórica de la «música de las esferas». Por otra parte, y como no podían verse con el telescopio, el autor estimó correctamente que ambos satélites debían ser pequeños y encontrarse cerca del planeta, por lo que sus períodos orbitales serían cortos. Por el contrario, las distancias que indicó fueron totalmente especulativas, aunque a partir de ellas probablemente utilizase las ya conocidas leyes de Kepler para calcular el periodo de las órbitas.

Como suele suceder en estos casos, un simple análisis superficial de un pretendido enigma permite descartar de inmediato las hipótesis extravagantes, aunque siempre quedarán personas que sigan pensando que hay algo raro detrás de todo esto. En el caso que nos ocupa, y por extraño que pueda parecer, la imaginación de dos grandes escritores del Siglo de las Luces ha desembocado en pleno siglo XXI en una miríada de páginas en internet en donde se especula con la naturaleza de la misteriosa fuente que habría informado a Swift de los detalles de los satélites de Marte muchas décadas antes de que se descubriesen. Y es que, a fin de cuentas, ¿a quién le interesa una explicación prosaica si tal vez pueda existir otra sensacional?

¡Hasta pronto!

 
 
 

viernes, 13 de enero de 2017

Gases misteriosos y recetas para fabricar ratones


Grabado  que representa a Van Helmont y a su hijo en Ortus Medicinae
 
 

Gases misteriosos y recetas para

fabricar ratones

 
 
Nacido en 1580, el flamenco Jan Baptist Van Helmont fue una de las figuras más extraordinarias de las décadas que precedieron al advenimiento de la Revolución científica. Químico, fisiólogo y médico, es considerado como uno de los padres fundadores de la «química neumática», no en vano fue el primero en utilizar la palabra «gas» (del griego Χάος). Aunque era médico de formación y practicó dicha disciplina durante mucho tiempo, su verdadera pasión era la química, a la cual pudo dedicarse por completo tras jubilarse a temprana edad, gracias al hecho de que tanto sus padres como su esposa eran de noble linaje y su posición era, por tanto, acomodada. Combinando sus conocimientos de medicina y fisiología con las ideas de Paracelso, aplicó los principios de la química a la investigación de procesos como la respiración o la digestión, llegando a intuir incluso el concepto de enzima, razón por la cual también se le tiene por el gran precursor de los bioquímicos

Algunos de los experimentos de Van Helmont fueron muy avanzados para la época. A partir de la observación de la combustión del carbón vegetal y de la fermentación del vino fue capaz de identificar lo que él llamó el gas sylvestre, que no era otro que el dióxido de carbono, uno de los compuestos más importantes de la naturaleza. Se cree que el gran estudioso nacido en Bruselas era consciente de las grandes cantidades de gas que se desprenden al quemar la materia orgánica, aunque no llegó a darse cuenta de todas las implicaciones que eso tenía. De hecho, como consecuencia de uno de sus experimentos más famosos, consistente en cultivar un sauce llorón durante cinco años suministrándole únicamente agua, llegó a la errónea conclusión de que el árbol había ganado toda su masa gracias al líquido elemento, sin percatarse del papel que jugaba el gas que había descubierto.

Sin embargo, al igual que sucedía con otros investigadores de su época, el pensamiento de Van Helmont era en realidad una desconcertante mezcla de ciencia con misticismo y magia, una especie de via de transición entre la vieja tradición de supersticiones medievales y la nueva filosofía natural de carácter experimental y positivista. De hecho, parte de la razón de que se equivocase en el experimento del árbol tuvo que ver con su adhesión a cierta versión de la trasnochada teoría de los cuatro elementos de Aristóteles, según la cual el agua siempre jugaba un papel primordial. Incluso para algunos ilustres contemporáneos, como el célebre químico Robert Boyle, Van Helmont combinaba de manera irritante un gran número de descubrimientos relevantes con toda una sarta de tonterías. Por ejemplo, en sus escritos a menudo divagaba sobre oscuros conceptos metafísicos de naturaleza religiosa que después aplicaba a la cosmología. También era un profundo creyente en la naturaleza real de la piedra filosofal, herencia de los alquimistas que la habían puesto de moda durante el Renacimiento, así como en otras ideas aún más extrañas. Una de las más extravagantes era su convicción de que aplicar un ungüento a un cañón ayudaba a curar las heridas que producía.

Pero, adepto como era de la antiquísima teoría de la generación espontánea, que hundía sus raíces más allá de los tiempos de la Grecia clásica, y según la cual los seres vivos podían surgir espontáneamente de lugares tales como las charcas o el barro, quizá la actividad más pintoresca que nos haya legado el genio de Flandes es una delirante receta para producir ratones a partir de unos granos de trigo mezclados con ropa sucia. En muchos sitios de internet pueden encontrase referencias simplificadas al espectacular texto de Van Helmont, pero la traducción completa más difundida del original reza así (van Helmont, Ortus Medicinae, p 92, 1667):
 
"…Las criaturas tales como los piojos, garrapatas, pulgas y gusanos son nuestros miserables huéspedes y vecinos, pero nacen de nuestras entrañas y excrementos. Porque si colocamos ropa interior llena de sudor, con trigo, en un recipiente de boca ancha, al cabo de veintiún días el olor cambia y el fermento, surgiendo de la ropa interior y penetrando a través de las cáscaras de trigo, transforma el trigo en ratones; pero lo que es más notable aún es que se forman ratones de ambos sexos, y que éstos se pueden cruzar con ratones que hayan nacido de manera normal… Pero lo que es verdaderamente increíble es que los ratones que han surgido del trigo y la ropa intima sudada no son pequeñitos ni deformes, ni defectuosos, sino que son adultos perfectos..."
 
Por qué al bueno de Van Helmont no se le ocurrió que los ratones no salieron del recipiente, sino que entraron en él desde fuera, dice mucho de la peculiar forma de pensar del por otra parte gran pionero de la ciencia moderna.
 
¡Hasta la próxima!

domingo, 18 de diciembre de 2016

Scott, Napoleón y la leyenda de la maldición del estaño


Los miembros del equipo de Scott en el Polo Sur, el 18 de enero de 1912.
 

Scott, Napoleón, y la leyenda de la maldición del estaño


En el mundo de los metales el estaño es un caso muy raro. No solo se funde a una temperatura bastante reducida (232ºC), sino que cuando se enfría por debajo de 13,2ºC su estructura cristalina cambia, haciendo que el material engorde, se vuelva frágil y acabe por desmenuzarse en una especie de polvo blanco. Además, y por si esto fuera poco, cuando se dobla una barra de estaño el metal produce un chirrido característico causado por el rozamiento interno, que parece literalmente un grito.
 
Estas curiosas propiedades del estaño nunca impidieron que en la antigüedad fuese un auténtico material estratégico, buscado por todas partes para fabricar el omnipresente bronce -los fenicios se atrevieron a cruzar el estrecho de Gibraltar y llegar hasta las islas Casitéridas (¿Gran Bretaña?) - ni que haya sido utilizado durante milenios para fabricar todo tipo de objetos, desde juguetes hasta latas de conserva. La razón de esto último tiene que ver con su resistencia a la corrosión, una propiedad que, como hemos visto, desaparece sin embargo por completo en cuanto hace un poco de frío.
 
La extraña tendencia de este metal a descomponerse a temperaturas bajas, en lo que ha venido a conocerse como la “peste del estaño”, ha ocasionado todo tipo de problemas a lo largo de la historia, alguno de los cuales ha llegado a convertirse en célebre. En ese sentido, entre los más comentados en libros, artículos de divulgación y páginas web, se encuentran los acaecidos al infortunado capitán Scott y a su condenada expedición al Polo Sur de 1912, así como los que supuestamente habrían aquejado al ejército de Napoleón unos cien años antes, durante la desastrosa campaña de Rusia del invierno de 1812. Ahora bien, ¿sucedieron de verdad ambos incidentes o se trata más bien de leyendas urbanas?
 
En el caso de la frustrada hazaña del explorador británico, la desafortunada intervención del estaño habría tenido que ver con las soldaduras de las latas que contenían el queroseno que servía para alimentar el motor de dos trineos, además de para calentarse y preparar la comida. En su diario, el capitán Scott revela como en el último tramo de su viaje se encontraron con varias latas vacías, algo que durante mucho tiempo ha sido atribuido a que la “peste del estaño” destruyó las soldaduras hechas a base del metal y sometidas a temperaturas de muchos grados bajo cero. Sin embargo, no existen pruebas concluyentes de que esto fuese así. Algunas de las latas supervivientes tienen los sellos intactos y un análisis de las mismas ha mostrado que el combustible no estaba contaminado por el estaño, algo a lo que también se atribuyó en su día el mal comportamiento de los motores. De hecho, las soldaduras podrían no haberse estropeado de forma significativa, ya que el estaño utilizado probablemente no fuese de gran pureza. No obstante, lo relatado en el diario del infortunado explorador deja la puerta abierta a que la corrosión de las soldaduras pudiese haber intervenido de alguna manera en el desastre.
 
Por el contrario, caben pocas dudas de que la historia de lo sucedido a la Grande Armeé de Napoleón sea poco más que una leyenda urbana. Aunque es muy posible que los botones de estaño de las guerreras de los soldados franceses se viesen afectados por las inclementes temperaturas del terrible invierno ruso, hay muchas formas de atar, coser o mantener cerrada una prenda de tela, por lo que no parece probable que la fragilidad del estaño fuese demasiado responsable de las congelaciones. No está claro cual es el origen de este mito, que ha sido repetido hasta la saciedad en las últimas décadas, pero probablemente su veracidad sea similar a la de los relatos que circulan en algunos países nórdicos – de modo particular en Noruega – acerca de cómo los órganos de las iglesias se desmenuzaban literalmente en invierno por culpa de esta peculiaridad. En cualquier caso, es una realidad que la insólita capacidad del estaño para estropearse a bajas temperaturas ha ocasionado tantos problemas que su famosa “peste” ha dañado irremediablemente la imagen de este sorprendente metal, pagado en la antigüedad a precio de oro y que convive con nosotros a diario en forma de hoja de lata.
 
¡Hasta pronto!
 

viernes, 2 de diciembre de 2016

Los orígenes enigmáticos del primer portulano de Occidente

La Carta Pisana en el pergamino original
 

Los orígenes enigmáticos del primer portulano de Occidente

 
En la Biblioteca Nacional de París se conserva desde 1839 una legendaria carta náutica, la Carta Pisana, sobre la que se han vertido auténticos ríos de tinta. Y no es para menos. Supuestamente confeccionada en la segunda mitad del siglo XIII (no puede ser anterior a 1256 ni posterior a 1290 debido a ciertos detalles de la información que proporciona), es el primer ejemplo que se conserva de los llamados portulanos medievales, una colección de extraordinarios mapas en los que se representan por primera vez las costas del Mediterráneo y del Mar Negro, así como parte del Océano Atlántico, con un aspecto extrañamente moderno, muy alejado de las rudimentarias representaciones hasta entonces habituales en la cartografía medieval.
 
El sorprendente mapa, bautizado con ese nombre debido a que fue encontrado en Pisa, en Italia, muestra con todo lujo de detalle los accidentes costeros así como muchos de los puertos que en aquella época jalonaban los mares mencionados, pero carece de información alguna acerca del interior, lo que prueba que se trata con toda probabilidad de una carta de navegación, la primera conocida en Occidente. Es también el primer mapa que se conserva en el que se introducen los círculos de rumbos, en concreto dos, con dieciséis divisiones correspondientes a las direcciones de la rosa de los vientos, algo que, junto con su orientación, parece estar relacionado con la difusión del uso de la brújula en la zona del Mediterráneo.
 
Tradicionalmente, se cree que la Carta Pisana y sus posibles predecesoras fueron desarrolladas en el área de influencia genovesa, entre otras cosas porque la densidad de puertos que muestra es mayor en la zona del Mar Tirreno, difundiéndose después la nueva cartografía hacia Venecia y Mallorca, donde se confeccionaron muchos de los ejemplares de los siglos XIV y XV que guardan un estrecho parecido tanto entre sí como con su ilustre precursor de Génova. Pero el verdadero misterio reside en saber cuales pudieron ser las fuentes originales de este extraordinario mapa, cuya precisión, especialmente en lo tocante a las longitudes geográficas, hace que no se encuentre nada ni remotamente parecido entre el resto de la cartografía antigua o medieval.
 
Por un lado, es evidente que gran parte de la información reflejada en la carta es de carácter eminentemente práctico, probablemente obtenida a través de la experiencia de los marineros. Además, el uso de dialectos en los nombres de algunos lugares apunta a que los detalles fueron recopilados a partir de diversas fuentes regionales. Sin embargo, a lo largo del tiempo se han sugerido otras alternativas, como la posible influencia sobre la carta de la antigua cartografía grecorromana, o como la propuesta por parte del geógrafo y explorador sueco Otto Nordenksjöld acerca de la supuesta existencia de un original perdido de origen español, posiblemente obra de Ramón Llull. También existen hipótesis más especulativas e incluso disparatadas, como la que asegura que la carta es copia de un mapa muy antiguo y extraordinariamente preciso, en el que algunos han visto la huella de una civilización desaparecida.
 
La idea de Nordenksjöld partía de la base de que todos los portulanos posteriores no eran sino copias retocadas de la Carta Pisana o de un ejemplar anterior que, según los partidarios del origen antiguo del mapa, podría haber llegado hasta Italia procedente de los archivos bizantinos tras el saqueo de Constantinopla en 1204. Sin embargo, y a pesar del indudable parecido entre todas ellas, un examen detallado de las cartas náuticas de los dos siglos posteriores muestra una cierta evolución que hace pensar en un desarrollo paulatino de la idea original a partir de su origen incierto, no existiendo prueba alguna que relacione a la Carta Pisana con las vicisitudes de la Cuarta Cruzada ni con ninguno de los cartógrafos de la antigüedad. Bien es verdad que algunos estudiosos han respaldado con ciertos argumentos que los artesanos que la confeccionaron pudieron haberse visto influenciados por los trabajos del geógrafo fenicio Marino de Tiro, esto último probablemente a través de fuentes musulmanas, o por los viejos mapas de la red de calzadas costeras del Imperio romano que se conservaban en los archivos de Constantinopla. En este último caso, una vez más sería el célebre saqueo la fuente del enigmático mapa.
 
Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que la Carta Pisana es, por derecho propio, uno de los trabajos de cartografía más influyentes de la historia y, al mismo tiempo, uno de los que más controversias ha despertado. Desde los que no ven en el más que la cristalización de las nuevas ideas acerca de la navegación y la cartografía que se desarrollaron en el área del Mediterráneo durante el transcurso de la Baja Edad Media hasta los que piensan que se trata de un documento de origen templario que contiene instrucciones secretas, pasando por los que opinan sin ningún tipo de prueba que el mapa es copia de un original mucho más completo y confeccionado por una misteriosa civilización perdida de la edad del Hielo que algunos identifican con la Atlántida, nadie parece indiferente a la fascinación que suscita uno de los documentos más extraordinarios de toda la ciencia medieval.
 
¡Hasta pronto!

viernes, 11 de noviembre de 2016

Orffyreus y el movimiento perpetuo*

Diagrama de la célebre máquina de Orffyreus
 

Orffyreus y el "movimiento perpetuo"

 
Desde el principio de los tiempos, las personas de mente despierta observaron con curiosidad el movimiento sin descanso de los ríos, de las nubes o de los astros. El Sol, por ejemplo, salía y se ponía todos los días, sin excepción, una y otra vez, desde tiempo inmemorial, sin que nadie pareciese empujarle. Este aparente “movimiento perpetuo natural” no parecía ser obra de los dioses, sino de algún tipo de mecanismo intrínseco a las cosas naturales. ¿No sería posible remedar este mecanismo de algún modo? ¡Qué fácil sería la vida si las máquinas se pudiesen mantener siempre en movimiento, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo!
 
El más notorio de los defensores del movimiento perpetuo fue Johann Ernst Elias Bessler, más conocido como Orffyreus (1680-1745). Aunque había estudiado teología y medicina, Orffyreus era un apasionado de la mecánica y, en concreto, de los mecanismos de relojería. Parece ser que experimentó durante años con cientos de modelos de móvil perpetuo, y aseguraba haber construido al menos cuatro que funcionaban perfectamente. En 1717 publicó un panfleto titulado Perpetuum Mobile Triumphans by Orffyreus, donde afirmaba haber conseguido que “un material muerto no solamente se mueva a si mismo, sino que levante peso y haga trabajo”. Sus máquinas tuvieron tanto éxito que legiones de curiosos pagaban por verlas en funcionamiento, aunque se dice que el bueno de Orffyreus empleaba a menudo el dinero en obras de caridad. En una ocasión, llegó a poner su secreto a la venta por el equivalente a unos 25,000 Euros. Al enterarse de lo lucrativo del negocio, el Príncipe de Hessen-Kassel, del que llegó a ser consejero, estableció un impuesto sobre el dinero recolectado, lo cual se dice que enfadó tanto a Bessler que en un arranque de cólera destrozó uno de sus fascinantes modelos.
 
Pero el mayor éxito de Bessler, y quizás el más enigmático de todos los intentos de construir un móvil perpetuo, tuvo lugar el 12 de Noviembre de 1717, cuando bajo los auspicios del Landgrave de Hessen el mecánico aficionado construyó una rueda de buen tamaño que fue puesta en movimiento y encerrada en una habitación sellada. Según las crónicas, el 26 de Noviembre y posteriormente el 4 de Enero de 1718, la habitación fue abierta, encontrándose, para sorpresa de todos, que la misteriosa rueda parecía seguir girando a la misma velocidad que al principio. Sin embargo, solamente algunas personas tuvieron ocasión de examinar el mecanismo en secreto, y solo lo hicieron en parte. En verdad impresionado, el Landgrave envió al filósofo y matemático holandés Willem Gravesande a examinar el artefacto, y el profesor quedó igualmente convencido de estar ante un ejemplo genuino de movimiento perpetuo. Por desgracia, el Landgrave no había informado a Orffyreus acerca de este examen, y éste, montando de nuevo en cólera, destruyó el mecanismo.
 
De hecho, la explicación del misterio podría ser sencilla. Como excelente relojero que era, Orffyreus había desarrollado un mecanismo de engranajes capaz de mantener el movimiento durante un tiempo prolongado, algo nada extraordinario ya en aquella época. Por descontado, si la rueda se hubiese dejado funcionar durante el tiempo suficiente, habría terminado por pararse. Otra posibilidad nada desdeñable es que se tratase de un fraude, ya que el hecho de que la habitación estuviese cerrada impedía observar lo que sucedía en su interior. De hecho, el intrépido relojero fue acusado de ello en muchas ocasiones, llegando a decirse que había otras personas que manipulaban los instrumentos.
 
En cualquier caso, Orffyreus, que había destruido todos sus dibujos y modelos cuando pensó que iba a ser arrestado por este motivo, murió en 1745 al caerse de uno de sus aparatos, llevándose a la tumba su secreto para siempre. En las décadas que siguieron, la creencia en la posibilidad de que existiese el movimiento perpetuo languideció, hasta que el desarrollo de la nueva ciencia de la termodinámica durante la primera mitad del siglo XIX enterró el sueño para siempre.
 
¡Hasta pronto!
 
*Extractado y adaptado de El científico que derrotó a Hitler