sábado, 7 de abril de 2018


Pintura que muestra el episodio del submarino navegando por el Támesis

CORNELIUS DREBBEL Y EL SUBMARINO QUE SE PASEÓ POR EL TÁMESIS (CON EL REY DENTRO)


¿Cuál es el primer submarino del que se tiene información fidedigna? Por lo que sabemos, dos siglos antes de los prototipos de Narciso Monturiol e Isaac Peral, allá por el siglo XVII, Cornelius Drebbel, un extraordinario polímata holandés comparable a Edison o incluso Da Vinci, fue el responsable de construir los primeros sumergibles operativos que registra la historia.
Hacia la segunda década del siglo, Drebbel ya era toda una celebridad que se rifaban las cortes de media Europa. Pintor, grabador, cartógrafo, alquimista e ingeniero, había fabricado toda suerte de artilugios que producían asombro a propios y extraños. Entre sus invenciones, se encuentran modelos de máquinas de “movimiento perpetuo”, fuentes, una linterna mágica, una cámara oscura, microscopios compuestos con lentes convexas, un horno portátil equipado con termostato (uno de los primeros mecanismos de regulación automática de la historia), y aparatos precursores del barómetro y del termómetro. Además, participó activamente en el desarrollo de explosivos y detonadores, así como en el diseño y ejecución de numerosas obras públicas y de sistemas rudimentarios de aire acondicionado.
Pero, además de todo eso, entre 1620 y 1624, mientras trabajaba en Inglaterra para la Royal Navy, Drebbel construyó un total de tres submarinos dirigibles de madera recubiertos de cuero, cada uno mayor que el anterior, hasta el punto de que, según la documentación disponible, el último era capaz de transportar hasta dieciséis pasajeros. La propulsión era a remo (doce de los pasajeros eran remeros), con los remos asomando fuera del casco a través de orificios sellados con cuero impermeable. De acuerdo con las descripciones contemporáneas, la nave contaba con una escotilla, un timón y un sistema de depósitos de agua hechos con piel de cerdo que servían para hacer ascender o descender el submarino, además de ir equipado con tubos sostenidos por flotadores que permitían el suministro de aire.
Según las crónicas, el genial inventor hizo una demostración pública de este tercer modelo en el río Támesis, delante de miles de personas y con el mismísimo rey James I como testigo. A tenor de lo relatado, el artefacto habría permanecido sumergido durante tres horas, realizando el viaje de ida y vuelta de Westminster a Greenwich a una profundidad de entre cuatro y cinco metros. Además, habría tenido lugar una prueba de inmersión con el rey como pasajero, de modo que puede decirse que el bueno de James fue el primer monarca de la historia que navegó por debajo del agua. Al rey, la experiencia debió resultarle satisfactoria, ya que se sabe que durante mucho tiempo mantuvo a Cornelis bajo su protección.
Con todo, el episodio está envuelto en las brumas de la leyenda, y de hecho hay estudiosos que estiman que las referencias de la época pueden estar muy exageradas, y que el famoso submarino pudo no ser más que una nave semi-sumergible que se habría desplazado rio abajo impulsada por la corriente. Otros, por el contrario, hablan de la posibilidad de que los conocimientos químicos de Drebbel le permitiesen incluso desarrollar un sistema para producir oxígeno a partir de nitrato potásico, una especulación originada en su día por un comentario del químico Robert Boyle, a quien un pasajero del submarino le habría narrado que el holandés tenía "un licor químico" capaz de sustituir "la quintaesencia del aire".
En cualquier caso, y a pesar de las numerosas pruebas a las que se sometió al submarino, el Almirantazgo no le vio mucha utilidad a la idea, de modo que el sorprendente sumergible no llegó nunca a ser producido en masa ni a entrar en combate. Por lo demás, y por extraño que pueda parecer, las maravillosas cualidades del genial holandés no le sirvieron para terminar su vida envuelto en riquezas. Por el contrario, murió en Londres en 1633 en medio de la pobreza, sin llegar a sospechar que sus asombrosos inventos serían recordados para siempre y que, varios siglos más tarde, un cráter de la Luna sería bautizado en su honor.
¡Hasta pronto!

jueves, 1 de marzo de 2018

Una flota fantasma para alcanzar las estrellas


Las chimeneas del Hindenburg asomando por encima del agua


Una flota fantasma para alcanzar las estrellas


El 21 de noviembre de 1918, y siguiendo las condiciones del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, la Flota de Alta Mar alemana se entregaba en bloque a sus rivales británicos y anclaba en la costa de la Isla de May, en las afueras del fiordo de Forth. En total, se rindieron 74 naves de guerra, que poco después quedaron internadas en la base de Scapa Flow, en las islas Orcadas.
Pero en la mañana del 21 de junio de 1919, y ante la perspectiva de que los barcos se convirtiesen en propiedad del gobierno británico o fuesen repartidos entre sus antiguos enemigos, el contraalmirante Ludwig von Reuter ordeno el hundimiento inmediato de toda la escuadra. De este modo, quince acorazados y cruceros de batalla, cinco cruceros y treinta y dos destructores fueron echados a pique.
En los años de entreguerras, casi todos los navíos fueron recuperados por motivos fundamentalmente económicos, muchos de ellos por el empresario Ernest Cox, quien se retiró siendo conocido como “el hombre que compró una armada”. Sin  embargo, los siete pecios que se encontraban en aguas más profundas, los acorazados König,  Kronprinz Wilhelm y Markgraf, junto con cuatro cruceros ligeros, nunca fueron reflotados y permanecen en Scapa Flow. En la actualidad, están protegidos bajo el Acta 1979 de áreas arqueológicas y antiguos monumentos, y son una buena fuente de ingresos para la zona debido el interés que despiertan entre los turistas aficionados al buceo.
¿Hundidos para siempre? No. Resulta que los dispositivos sensibles a la radiación, tales como los contadores Geiger y los detectores de radiación que van a bordo de las naves que enviamos fuera de nuestro planeta han de utilizar materiales no contaminados, con objeto de que las lecturas que arrojen sean en todo momento correctas. Pero sucede que TODO el acero producido en nuestro planeta después de 1945, cuando comenzaron las pruebas nucleares, está contaminado con una cierta cantidad de material radiactivo que, aunque resulta insignificante a casi todos los efectos, es suficiente para interferir en el funcionamiento de los delicados instrumentos.
Entonces, a alguien se le ocurrió que en las oscuras aguas del fondeadero de las Orcadas se conservaban miles de toneladas de acero de la mejor calidad, fabricadas en una época en la que las armas nucleares brillaban por su ausencia. Así, todos los años pequeñas cantidades del codiciado metal son extraídas de los fantasmales restos de los barcos y puestas a disposición de la comunidad científica, que gracias a eso ve como se reducen sus quebraderos de cabeza a la hora de poner a punto sus instrumentos de alta precisión, esos que sobrevuelan nuestro planeta, se acercan a la Luna o a otros cuerpos de nuestro Sistema Solar.
Y así, de esta forma inesperada, el acero del König o del Markgraf anda dando vueltas por el espacio mientras los acorazados a los que pertenece reposan en su tumba líquida de Scapa Flow. Una extraña manera de inmortalizar aquellos navíos cuyo acero ha pasado de surcar los mares en la batalla de Jutlandia a navegar por el firmamento, quizá durante toda la eternidad.
¡Hasta pronto!

miércoles, 31 de enero de 2018

¡Te desafío a identificarla!


Imagen: Freepik from www.flaticon.com



¡Te desafío a identificarla!


Vamos a aprovechar que el próximo 11 de febrero es el Día Internacional de la mujer y la niña en la ciencia para lanzaros el siguiente desafío: a ver si sois capaces de identificar a una eminente científica con las cinco pistas que vamos a daros:

1- Entre los muchos galardones que le han sido concedidos, es nada menos que Comandante de la Orden del Imperio Británico (¡como suena!).

2- Por muchas veces que mirase el reloj y le pareciese que el tiempo se le podía hacer muy largo o muy corto según las circunstancias, su vida está indisolublemente unida a un período de 1,33730113 segundos.

3- Aunque no tiene que ver con la zoología, su principal aportación a la ciencia está muy relacionada con un animal, o más bien con algo con pinta de animal (una raposa, para más detalles...)

4- Sus siglas favoritas fueron LGM. ¿Que qué significan? ¡Tampoco te lo voy a decir todo! ¿no?... Bueno... que sepas que tienen que ver con un color, una estatura y algo que, de haber sido cierto, hubiese sido el mayor descubrimiento de la historia.

5- Los mayores laureles se los llevó su director de tesis, a pesar de que tuvo mucho menos que ver que ella en el hallazgo que les catapultó a ambos hacia la gloria. Y es que, si ahora todavía hay machismo, fíjate entonces…

Ánimo, tienes diez días para pillarlo. Esta entrada participa en el #RetoNaukas11F. Recordad que podéis acceder al resto de los retos desde http://naukas.com/2018/02/01/retonaukas11f/ y que cuando sepáis quienes son estas científicas a las que merece la pena conocer tenéis que rellenar el formulario de respuestas en https://goo.gl/forms/1BBhMVcfkM4AeBTi2

Alejandro Navarro y Marisol Martin

jueves, 18 de enero de 2018

Pioneros de la Guerra Química


Grupo de soldados equipados con máscaras antigás


Pioneros de la Guerra Química


Es una creencia extendida que el empleo de gases tóxicos con fines bélicos tiene su origen en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, está afirmación debe matizarse pues, por ejemplo, existen pruebas documentales del empleo de este tipo de arma en la antigua China en una época tan temprana como el primer milenio antes de Cristo. Así, en ciertos asedios se llegaron a quemar bolas confeccionadas con plantas ponzoñosas que se introducían en los refugios construidos por los defensores con el ánimo de asfixiarlos. En el Celeste Imperio se conocían cientos de recetas para producir humos ponzoñosos o de efectos irritantes, incluidas algunas que contenían arsénico. En Europa, a su vez, las primeras noticias nos llegan de la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), y nos hablan de cómo durante el asedio de una ciudad ateniense, los espartanos prendieron junto a las murallas una mezcla de madera, carbón y azufre con la esperanza de debilitar a los defensores.

Las pruebas arqueológicas más antiguas que se conservan de una intervención con gases tóxicos proceden de Siria, en concreto de Dura-Europos, una antigua ciudad que fue abandonada cuando en el año 256 de nuestra Era el Imperio sasánida se la arrebató a los romanos. Durante el asedio, los persas utilizaron en uno de los túneles una mezcla con contenido de azufre que provocó una nube tóxica en la que fallecieron veinte soldados (19 romanos y 1 sasánida, seguramente el que hizo arder la mezcla) en pocos minutos. Durante la Edad Media y la Edad Moderna hay referencias de la utilización de ciertas mezclas que al incendiarse desprendían gases que cegaban al enemigo, y ya en el siglo XVII se extendió la costumbre de lanzar en los asedios proyectiles incendiarios con sustancias como azufre, grasa, resinas o nitrato potásico con la intención de chinchar a los defensores tanto como fuese posible.

Sin embargo, los orígenes de la moderna guerra química hay que buscarlos a mediados del siglo XIX, cuando el desarrollo de la ciencia y de la industria dieron paso a las primeras propuestas que iban en serio. La persona que ostenta el dudoso honor de haber puesto la primera piedra en el ignominioso camino fue el escocés Lyon Playfair, científico y a la vez secretario del Departamento de Ciencia y Arte de su graciosa majestad, quien en 1854 sugirió el empleo de cianuro de cacodilo durante la Guerra de Crimea, con objeto de acabar con el sitio de Sebastopol. Su propuesta fue finalmente rechazada como inhumana, a lo que Playfair contestó, no sin cierta razón, que cual era la diferencia entre rellenar los proyectiles con gas ponzoñoso o con metal fundido. Nuevas propuestas avivaron el debate, hasta que la creciente preocupación por la posibilidad de emplear este tipo de armas desembocó en el acuerdo al que se llegó en la Conferencia de la Haya en 1899, en el que se prohibía equipar los proyectiles con cualquier tipo de gas asfixiante.

Pero como, digan lo que digan, los acuerdos están para incumplirlos, a pesar de la Declaración de la Haya sobre Gases Asfixiantes de 1899 y de su sucesora, la Convención de La Haya de 1907, las grandes potencias no renunciaron en absoluto a desarrollar gases ponzoñosos con fines militares, aunque fuese a la chita callando. Un esfuerzo que desembocó en la bien conocida utilización de cloro, fosgeno y gas mostaza a lo largo de la Primera Guerra Mundial.
¡Hasta pronto!
Nota- Esta entrada está adaptada a partir de uno de los capítulos del nuevo libro que está escribiendo el autor.

jueves, 21 de diciembre de 2017

El talio, la enfermera y El misterio de Pale Horse


La inmortal Agatha Christie


El talio, la enfermera y El misterio de Pale Horse


La enfermera Marsha Maitland estaba sentada al lado de la cama en una de las habitaciones del hospital de Hammersmith, en Londres, contemplando en silencio a la pequeña que respiraba con dificultad. La niña, de diecinueve meses, había llegado desde Qatar acompañada por sus padres, en estado de semi-inconsciencia y con la presión sanguínea en descenso. Los médicos habían intentado estabilizarla, pero nada parecía poder detener el proceso de deterioro que la estaba condenando. Simplemente, se moría. Y, lo que era más embarazoso, nadie sabía por qué.
Marsha Maitland no tenía en ese momento mucho que hacer, así que echó mano de la novela de Agatha Christie que estaba leyendo últimamente, El misterio de Pale Horse. Mientras lo hacía, sus pensamientos a menudo volvían al extraño caso de la niña, a cuyo misterioso mal nadie en todo el hospital parecía capaz de ponerle nombre. Los médicos se estaban devanando los sesos intentando averiguar de qué enfermedad se trataba, pero lo único que sabían con certeza es que la vida de la pequeña se apagaba poco a poco, que su respiración se volvía cada vez más débil y que empezaba a perder el pelo.
Marsha, de repente, dio un respingo. Acababa de leer en la novela que a una de las víctimas del asesino se le estaba cayendo el pelo… ¡y empezó a caer en la cuenta de que otros síntomas también encajaban! Agatha Christie era una autora con buenos conocimientos sobre toxicología… ¿Sería posible que la pequeña que yacía postrada en la cama de al lado estuviese sufriendo un envenenamiento por talio, la mortal sustancia con la que se cometían los asesinatos en El misterio de Pale Horse?
Inquieta y esperanzada, la intrépida enfermera compartió sus sospechas con Victor Dubowitz, el médico encargado del caso. Aunque incrédulo en un principio, Dubowitz se dio cuenta de que ante lo desesperado del caso había poco que perder. Entró en contacto con Scotland Yard, que le puso en contacto con un laboratorio capaz de analizar el talio y también con un delincuente que estaba en la cárcel por envenenar a su familia y a sus colegas de trabajo, y que conservaba un cuaderno de notas con los síntomas detallados del envenenamiento.
El resultado de la pintoresca investigación fue espectacular. Los atribulados padres no tenían la menor idea de cómo podía haberse intoxicado su hija, pero el hecho es que en la sangre de la niña había una cantidad de talio diez veces superior a la normal. Tras una serie de pesquisas, resultó evidente que la pequeña había ingerido un pesticida habitualmente utilizado en su barrio natal para combatir a las cucarachas y a los roedores. Al gatear por el suelo, la pequeña lo tocaba con los dedos y a continuación se lo llevaba a la boca. Una vez dentro del organismo, el ponzoñoso elemento se cuela por los canales celulares que utiliza el potasio e interfiere con un gran número de sistemas enzimáticos. Y lo peor es que no te enteras, porque el veneno tarda semanas en hacer efecto. Las disoluciones de sus sales son incoloras, inodoras e insípidas, y los síntomas que provoca pueden confundirse con los de muchas enfermedades, por lo que pasa prácticamente desapercibido. Es el veneno perfecto, y ha protagonizado muchas historias rocambolescas de asesinato.
El equipo de Dubowitz empezó a tratar a la niña con azul de Prusia, un agente químico que “secuestra” el talio, enlazándolo fuertemente y evitando que sea absorbido. A las pocas semanas la pequeña se había recuperado considerablemente y a los cuatro meses se le dio el alta. El extraordinario caso fue incluido en la edición de junio de 1977 del British Journal of Hospital Medicine y a partir de ahí dio la vuelta al mundo. Por desgracia, Agatha Christie había fallecido el año anterior, de modo que la inmortal escritora no pudo llegar a ver como su talento y su fabuloso conocimiento de los venenos había salvado la vida de una persona de verdad, una pequeña de poco más de año y medio que, a la postre, resultó ser una de las pocas supervivientes de El misterio de Pale Horse. Para que luego digan que la realidad no supera a la ficción...
¡Hasta pronto!

viernes, 17 de noviembre de 2017

El pronóstico del tiempo y el desastre de Balaclava


Entrada del puerto de Balaclava durante la Guerra de Crimea

El pronóstico del tiempo y el desastre de Balaclava


Que el tiempo atmosférico ha influido en algunos de los acontecimientos más relevantes de la historia es una realidad bien conocida por todos, baste para ello mencionar el episodio de la Armada Invencible o los intentos de los franceses de Napoleón y los alemanes de Hitler para sobrevivir al terrible invierno ruso, por no hablar de la fracasada invasión del Japón en 1281 por parte de las huestes de Kublai Kan (con una flota entera de cientos de barcos y miles de hombres destrozada en el transcurso de una espantosa tormenta). Sin embargo, menos conocido es el episodio que se encuentra detrás de los modernos esfuerzos por generalizar las predicciones meteorológicas.
Durante milenios, resultó muy costoso tratar de predecir en serio los vaivenes en las inclemencias del tiempo, primero porque se consideraban obra del capricho de los dioses y más tarde porque resultaba francamente difícil el estudiarlos, no existiendo ningún seguimiento sistemático de las tormentas, las sequías o los tifones. Los intentos llevados a cabo habían dado resultados muy limitados, e incluso los progresos de la Edad Moderna se veían frenados por la falta de medios adecuados para trasmitir los resultados de las observaciones meteorológicas con cierta rapidez. La invención del telégrafo en 1832 supuso una esperanza a este respecto, pero los avances en la materia se producían con bastante lentitud.
Este era el estado de cosas cuando, a mediados del siglo XIX, las potencias occidentales, con Francia e Inglaterra a la cabeza, se involucraron en la Guerra de Crimea, un conflicto centrado en el intento de detener las ambiciones territoriales del Imperio ruso en detrimento del cada vez más frágil Imperio otomano. Así, en septiembre de 1854 los aliados desembarcaron en Crimea, viéndose obligados a pasar el invierno en la zona. Pero, tras unos días de descenso continuado de las temperaturas, el 14 de noviembre se desencadenó una espectacular y violenta tormenta que arrasó el puerto de Balaclava, provocando el hundimiento de varios buques de la armada franco-británica y dañando de paso a muchos otros. Entre otras consecuencias, el desastre privó a los ingleses de los suministros de uniformes de abrigo que necesitaban para pasar el invierno, lo que causó enormes inconvenientes y entorpeció considerablemente las operaciones.
Entonces, el enojado emperador Napoleón III volvió sus ojos hacia la ciencia, esa cuya capacidad de predicción acababa de localizar pocos años antes nada menos que un nuevo planeta, Neptuno. Si la los científicos habían sido capaces de semejante hazaña, ¿cómo era posible que el ejército y la flota de dos de las mayores potencias del planeta se mantuviesen a merced de los elementos? Ni corto ni perezoso, Napoleón encargó a Urbain Le Verrier, director del Observatorio de París y uno de los principales científicos involucrados en el descubrimiento del octavo planeta del Sistema Solar, que averiguase si el desastre pudo de alguna forma haberse prevenido.
Puesto manos a la obra, Le Verrier recopiló los informes de diversos observatorios europeos y pronto puso en evidencia que la tormenta no solo había viajado por el continente en los días anteriores a la catástrofe, sino que su trayectoria podía haberse predicho. El subsiguiente aviso a la flota fondeada en Balaclava podría haber permitido a las naves prepararse para afrontar el temporal y, de esta forma, haber minimizado los daños. A la vista de esto, y con el beneplácito del emperador, Le Verrier estableció en Francia el primer servicio nacional de aviso de tormentas del mundo, utilizando informes meteorológicos comunicados a través del telégrafo, algo que pronto fue copiado por las otras potencias militares de la época y que desató el interés por el estudio sinóptico y el desarrollo de pronósticos relacionados con los sistemas meteorológicos, cambiando la ciencia de la meteorología para siempre.
Por lo demás, la Guerra de Crimea, a la que muchos consideran como la primera conflagración verdaderamente “moderna”, fue testigo de cosas como la introducción de la fotografía en los conflictos militares o el desarrollo de nuevos métodos para la higiene y tratamiento de los heridos en los hospitales de campaña, algo que supuso un hito en la reducción del número de bajas por enfermedad. Y es que no hay nada como pasarlas canutas para que se produzcan importantes avances con impacto a largo plazo sobre la sociedad.
¡Hasta pronto!


lunes, 23 de octubre de 2017

El molibdeno, el "Gran Berta" y el western de Colorado


Uno de los primeros modelos del gigantesco cañón "Gran Berta"


El molibdeno, el "Gran Berta" y el western de Colorado



En la larga historia de los conflictos bélicos, hay muchos casos de anécdotas relacionadas con el empleo repentino de una tecnología de nivel superior, pero posiblemente ninguna sea tan pintoresca como la protagonizada por una oscura mina situada en Bartlett Mountain, no lejos de Leadville, en Colorado, en tiempos de la Primera Guerra Mundial.

El origen del rocambolesco relato tiene que ver con las dificultades por las que a principios del siglo XX atravesaba la industria debido al aumento del calibre de los cañones. En efecto, a medida que este aumentaba, la cantidad de pólvora requerida para dispararlos era tan grande que el calor que se desprendía era suficiente para dañar paulatinamente la estructura del cañón hasta el punto de hacerlo inutilizable. Los alemanes, en concreto, llegaron a emplear durante la guerra monstruos como el “Gran Berta”, un gigantesco artefacto de más de 40 toneladas que disparaba enormes obuses de mil kilogramos y en los que el problema del calor se tornaba acuciante.

Agobiados por el asunto, los avispados teutones dieron con una vieja receta francesa, según la cual si añadías molibdeno al acero la resistencia de éste al calor aumentaba. La razón es que el molibdeno es un poderoso metal que no se funde a menos de 2.600º C, teniendo además la propiedad de aumentar la cohesión de los átomos de hierro.  De este modo, de cara a mejorar el rendimiento y duración de los cañones la producción de acero al molibdeno resultaba muy conveniente.

Pero el problema es que apenas había molibdeno en Alemania, de modo que los germanos tuvieron que dirigir sus miras hacia el único sitio en el mundo donde entonces se producía en cantidades industriales: Bartlett Mountain. La historia minera del lugar había comenzado durante el boom de la explotación de la plata en 1879, pero aunque se habían encontrado grandes cantidades de molibdenita (la principal mena del molibdeno), nadie se había propuesto aprovecharlo en serio, dada la casi nula demanda del metal por aquel entonces. Sin embargo, a comienzos de la Gran Guerra las técnicas de extracción habían mejorado mucho, llamando la atención de los alemanes. Estos decidieron crear una sucursal de la compañía Metallgesellschaft en Nueva York, bajo el engañoso nombre de American Metal.

Debido a su neutralidad, el despistado gobierno norteamericano no puso trabas en un principio a que la sucursal de patriótico nombre enviase a uno de sus ejecutivos a intentar negociar el suministro de molibdeno, sin reparar en que el directivo, de nombre Max Schott, era en realidad un peligroso agente que se puso a reclutar sicarios con vistas a apoderarse de toda la producción de la mina de Colorado. A partir de ese momento, en Bartlett Mountain se pudo asistir en vivo a una especie de western que incluía pistoleros, extorsiones y emboscadas, a consecuencia del cual el molibdeno era enviado de forma masiva a Alemania sin que los americanos tomasen cartas en el asunto.

Sin embargo, en el frente occidental los franceses y los ingleses terminaron por hacerse con algunas piezas de artillería germanas fabricadas con el excelente acero al molibdeno, con lo que uno puede imaginar su consternación al darse cuenta de que el enemigo les estaba machacando con unos cañones construidos a base de una materia prima que se encontraba en medio del territorio del que ya era su supuesto aliado. De este modo, y aunque la historia no ha registrado los gritos e insultos que debieron escucharse en las cancillerías y embajadas desde Paris hasta Washington, el caso es que los federales tomaron el control de la situación, cerrando las instalaciones de la pintoresca American Metal y acabando para siempre con sus actividades. La Clymax Molybdenum Company, por su parte, reanudó la explotación de molibdenita en 1924, pero la historia nunca volvió a concederle a la mina el protagonismo que había tenido antaño.

Y es que en la guerra ya no puedes fiarte ni de tus aliados.

¡Hasta pronto!